La casa de Rodolfo era todo lo que Emily no esperaba. Después de la mansión de campo —con sus luces amarillas, sus jaulas de metal y su olor a cerveza y sexo— había imaginado algo similar. Pero esto era distinto. Un departamento en el último piso de una torre en Puerto Madero, con ventanas de piso a techo que miraban al río, pisos de mármol negro y cuadros abstractos colgando de las paredes blancas. El lujo frío de alguien que no vive, sino que acecha desde las alturas. Rodolfo la llevó de la mano por el pasillo. El collar seguía en su cuello —ya se había acostumbrado a su peso, a la forma en que el cuero se calentaba contra su piel— y el vestido floreado le quedaba ridículamente corto, mostrando la parte baja de sus nalgas cada vez que caminaba. Él no la miraba, pero ella sentía su presencia como un imán. Como si su cuerpo supiera exactamente dónde estaba el de él en todo momento. —Esta va a ser tu habitación —dijo Rodolfo abriendo una puerta blanca. Emil...