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Nacida para ser cazada — Parte 3

  La casa de Rodolfo era todo lo que Emily no esperaba.  Después de la mansión de campo —con sus luces amarillas, sus jaulas de metal y su olor a cerveza y sexo— había imaginado algo similar. Pero esto era distinto. Un departamento en el último piso de una torre en Puerto Madero, con ventanas de piso a techo que miraban al río, pisos de mármol negro y cuadros abstractos colgando de las paredes blancas. El lujo frío de alguien que no vive, sino que acecha desde las alturas.  Rodolfo la llevó de la mano por el pasillo. El collar seguía en su cuello —ya se había acostumbrado a su peso, a la forma en que el cuero se calentaba contra su piel— y el vestido floreado le quedaba ridículamente corto, mostrando la parte baja de sus nalgas cada vez que caminaba. Él no la miraba, pero ella sentía su presencia como un imán. Como si su cuerpo supiera exactamente dónde estaba el de él en todo momento.  —Esta va a ser tu habitación —dijo Rodolfo abriendo una puerta blanca.  Emil...

Nacida para ser cazada — Parte 2

  La jaula volvió a cerrarse con el mismo ruido metálico de la noche anterior, pero esta vez Emily sintió el candado diferente. Más pesado. Más definitivo.  Adentro, en cuclillas, desnuda, el collar de cuero negro le rodeaba el cuello como una segunda piel. No la habían atado —no hacía falta—, pero la cadena colgaba del eslabón delantero, arrastrándose por el piso de metal cada vez que ella se movía. Un recordatorio constante de lo que era ahora.  "Una presa" pensó, y la palabra le supo a sangre en la boca.  La sala de la mansión seguía igual. Luces amarillas, olor a cuero y cerveza, hombres en camuflaje recostados en los sillones como leones después de una cacería. Pero algo había cambiado. Las jaulas ya no estaban todas llenas.  Emily observó desde su encierro.  La morocha de los pezones oscuros estaba acostada en el regazo de un hombre grande, barbudo, que le acariciaba el pelo mientras tomaba whisky con la otra mano. La rubia de la cadera torcida estaba...

Nacida para ser cazada — Parte 1

  El taxi dejó a Emily frente a la entrada de la mansión campestre cuando el sol empezaba a dorar el horizonte. Se bajó con cuidado, ajustándose la falda corta negra que el viento del viaje había levantado más de la cuenta. El top fruncido le dejaba el ombligo al aire y una línea de sombra recorría el inicio de sus costillas. Había elegido ese conjunto pensando en quedar bien, en mostrar que era una mujer —no una niña—, aunque las piernas le temblaban por dentro.  Nunca la había invitado a nada. Ni al campo, ni a pescar, ni siquiera a comer un helado cuando era chica.  Rodolfo Bauer era un fantasma que aparecía cada dos meses, dejaba un sobre con billetes sobre la mesa de la cocina, miraba a su madre con una mezcla de desprecio y obligación cumplida, y se iba sin abrazarla. Cuatro hijas. Cuatro mujeres distintas. Todas embarazadas casi al mismo tiempo, como si hubiera sembrado campos diferentes en la misma temporada de lluvias. Emily era la mayor por unos meses nomás, la ...

El Mecánico y la Universitaria Sumisa - Final

  El paso de los días tras la última visita al taller adquirió para Agostina una cualidad onírica y, a la vez, desesperadamente mundana. La rutina de la universidad —las clases, las bibliotecas, los cafés con compañeros— se desarrollaba como una película plana, un decorado de cartón tras el cual su verdadera existencia palpitaba con un ritmo subterráneo y febril. Intentaba concentrarse en un texto de sociología, pero las palabras se desvanecían, reemplazadas por el recuerdo vívido del sabor salado en su garganta, de la aspereza del cemento bajo sus rodillas, del peso de la mirada de Armando grabándola. Su cuerpo, ya iniciado en un lenguaje de placer crudo, parecía haberse vuelto extraño para ella; un instrumento que solo cobraba su verdadera resonancia bajo las manos de ese hombre. Se sentaba en el patio de la facultad, el sol acariciando su melena rubia que ahora peinaba con una sencillez que antes no tenía, y sentía un vacío entre las piernas, un eco de la plenitud brutal que hab...

El Mecánico y la Universitaria Sumisa - Parte 3

  El gesto de extender el mate hacia Armando fue realizado con una sumisión que ya no era solo física, sino que parecía haber calado en los huesos de Agostina. Sus dedos, aún temblorosos por el orgasmo y la exposición, rodeaban la calabaza mientras él, sentado en el banco de trabajo como un rey en su trono de hierro y grasa, la aceptaba sin una palabra de agradecimiento. Bebió un sorbo, sus ojos oscuros nunca dejándola, clavados en la visión de su cuerpo desnudo, marcado y humedecido, de pie frente a él. El silencio solo era roto por el sonido leve de su sorbo y el latido, aún acelerado, que Agostina sentía en sus sienes. El contraste era surrealista: el ritual doméstico y casi campechano del mate, compartido en la intimidad cruda y soez del taller, con ella desnuda como una ofrenda viviente.  Armando terminó el mate, dejó la calabaza a un lado con un golpe seco, y su mirada se volvió aún más intensa, más cargada de una orden que aún no había formulado. Agostina sintió un esca...