El mes pasó como un río subterráneo: oscuro, constante, llevándose pedazos de Emily que ella ya no recordaba haber tenido. Los días se llenaron de rutina. Las mañanas eran para entrenar a las otras cuatro. Lucía, la pelirroja, la amiga de la amiga, la morocha del tobillo torcido. Las cuatro estaban en la casa de Rodolfo, en habitaciones separadas, con collares de distintos colores, pero el mismo peso en el cuello. —Ellas son tu responsabilidad ahora —le había dicho Rodolfo al llegar, con la misma naturalidad con la que otro padre le pediría a su hija que cuidara las plantas—. Que aprendan a obedecer. Emily las entrenó. No fue difícil. Las chicas ya habían aprendido en el cerro que resistirse dolía más que rendirse. Emily solo les enseñó los detalles: cómo arrodillarse sin hacer ruido, cómo bajar la mirada sin parecer desafiante, cómo usar la boca y las manos y el cuerpo para mantener contento a un hombre que podía ser generoso o cruel según el día. "...