El avión bajó entre las montañas como un pájaro metálico buscando su nido.
Emily miró por la ventanilla y vio cerros. Muchos cerros, unos detrás de otros, cubiertos de un verde oscuro que se perdía en la neblina. No había ciudades, no había luces, no había nada que le dijera en qué parte del mundo estaba. Sur de Chile, quizás. O Argentina, cerca de la cordillera. O tal vez Perú, Bolivia, algún lugar donde la ley llegaba tarde y los hombres con dinero llegaban temprano.
No preguntó.
Ya había aprendido que las respuestas no cambiaban nada. Solo añadían peso a una mochila que ya cargaba demasiado.
Rodolfo la tomó de la mano para bajar la escalerilla. El aire de la montaña golpeó a Emily en la cara, frío y limpio, tan distinto al aire viciado del avión que le dolió en los pulmones. Estaba descalza —había dejado las botas en el avión, no recordaba dónde— y sintió el pasto húmedo bajo sus pies. El collar de cuero le rozaba la clavícula, y el conjunto que había usado en la fiesta —la malla negra, la pollera de cuero— estaba tan arrugado que parecía un trapo.
Una camioneta negra los esperaba sobre la tierra. Rodolfo la ayudó a subir —una mano en su cintura, siempre en su cintura, como si fuera el lugar que le correspondía por derecho— y se sentó a su lado. El chofer era un hombre joven, silencioso, que no los miró ni una sola vez.
El camino hacia la cima era sinuoso, de tierra y piedras. Emily miraba por la ventana cómo los árboles se hacían más escasos a medida que subían, cómo la neblina se convertía en nubes bajas que les pasaban por encima como sábanas mojadas.
—¿Dónde estamos? —preguntó al final, porque la curiosidad pudo más que la indiferencia.
—Donde importa —respondió Rodolfo, y no dijo nada más.
La casa en la cima del cerro era enorme. No una mansión como la del campo, sino algo más sobrio, más funcional. Paredes de piedra gris, techos de pizarra, ventanas grandes que miraban hacia el valle. Dos galpones aún más grandes flanqueaban la construcción principal, con puertas metálicas cerradas y luces de seguridad que parpadeaban en rojo.
Emily se bajó de la camioneta y sintió la altura en las piernas. Un vértigo suave, como si el mundo estuviera un poco más inclinado de lo debido.
—Andá a comer algo y bañate —dijo Rodolfo mientras caminaba hacia los galpones sin mirarla atrás—. En un rato llegan los invitados.
Emily lo miró alejarse. Su espalda ancha, su paso firme, la seguridad de un hombre que construyó un mundo donde siempre era el dueño. Caminó hacia la casa principal sintiendo el pasto mojado bajo sus pies descalzos, el collar moviéndose con cada paso, el viento de la montaña metiéndose por los huecos de su ropa rota.
Adentro, una empleada silenciosa le señaló el baño. Emily se desnudó frente al espejo y se miró por primera vez en días. Tenía moretones en las caderas —dedos, siempre dedos— y marcas rojas en el cuello donde el cuero se había rozado contra su piel. Sus pezones estaban irritados, sus muslos manchados de tierra seca, y entre sus piernas una humedad que no era de la montaña.
"Esto soy ahora" pensó. "Esto soy."
El agua caliente le dolió en la piel, pero no se apuró. Dejó que el vapor llenara sus pulmones, que el jabón arrastrara los restos de la noche anterior, que el calor le ablandara los músculos. Cuando salió, seca y limpia, la ropa nueva ya la esperaba sobre la cama.
Emily la miró y sintió algo extraño en el estómago.
Un corpiño de encaje transparente, casi invisible. Una falda tan corta que parecía un cinturón ancho. Y un accesorio: una vincha con orejas de coneja, negras, con un pequeño moño rosa en el medio.
No había tanga.
Emily se vistió despacio. El corpiño no cubría nada —sus pezones se marcaban a través de la tenda como dos botones oscuros— y la falda le dejaba al descubierto la parte baja de las nalgas cada vez que se movía. Se miró en el espejo y tuvo ganas de reír.
"Una conejita" pensó. "Una conejita que va a la cacería."
Salió al exterior. El sol de la tarde le calentó los hombros desnudos, y el viento le levantó la falda apenas, mostrando lo que ya no tenía sentido esconder. Rodolfo estaba fuera de uno de los galpones, apoyado contra la pared de piedra, hablando con dos empleados que asentían sin decir palabra.
Cuando la vio, sus ojos recorrieron el atuendo de arriba abajo. Emily se quedó quieta, sintiendo esa mirada como un peso, como una caricia, como un castigo que todavía no entendía del todo. Rodolfo se acercó y sin decir nada le apretó una nalga. Los dedos se hundieron en la carne dura, redonda, y Emily sintió cómo su cuerpo respondía antes que su mente —una inclinación de cadera, un arqueo de espalda, una apertura invisible de sus piernas.
Después él metió la mano entre sus muslos. Tocó su entrepierna desnuda, sintió la humedad que ya empezaba a formarse, y sonrió.
—Así me gusta —dijo, y la voz era baja, apenas un susurro—. Que mi hija sea obediente.
Emily no respondió. Bajó la cabeza y se repitió a sí misma como un mantra, como una oración, como la única forma de no derrumbarse.
"Obedecé, obedecé, obedecé. Solo quedan menos días para tu libertad."
"¿Libertad?" se preguntó después, y la pregunta le quedó dando vueltas, porque ya no estaba segura de qué significaba esa palabra.
Un auto lujoso llegó subiendo por el camino de tierra. Un Mercedes antiguo, negro y brillante, con vidrios polarizados. Se detuvo frente a ellos y el chofer —un hombre de la edad de Rodolfo, gordito, con bigote gris— bajó primero para abrir la puerta trasera.
De adentro salieron dos mujeres jóvenes. Veinte años, tal vez menos. Las dos tenían collares de cuero idénticos al de Emily, y caminaban mirando al piso, con la sumisión de quien ya aprendió que levantar la vista cuesta caro.
Rodolfo estrechó la mano del hombre gordito. Se abrazaron como viejos amigos, como socios que comparten un secreto que los hace más ricos que cualquier banco.
—Rodolfo, querido —dijo el hombre, y su voz era una mezcla de respeto y familiaridad—. Las traje como pediste. Mis sobrinas. Las dos.
Rodolfo asintió sin sorpresa. Miró a las chicas, después a Emily.
—Estos grandes invitados —dijo, y la palabra "invitados" sonó a otra cosa— vienen al despertar.
Emily frunció el ceño.
—¿Qué es el despertar? —preguntó, y su voz sonó ingenua, casi infantil.
Rodolfo la miró con una paciencia infinita. Como quien explica algo obvio a alguien que todavía no entiende las reglas del juego.
—Donde las ciervas se despiertan en las jaulas —dijo—. Es un show único.
Emily bajó la cabeza. Sintió el collar apretándole el cuello, el viento frío metiéndose entre sus piernas desnudas, el peso de la mirada del hombre gordito recorriéndole el cuerpo como quien calcula el precio de una mercancía.
No dijo nada.
Siguieron llegando autos. Uno tras otro. Limusinas negras, 4x4 blindados, deportivos europeos que parecían fuera de lugar en el camino de tierra. De ellos bajaban hombres vestidos con trajes caros, algunos con escoltas, otros solos. Emily reconoció ciertos tipos sin saber sus nombres: políticos que había visto en noticieros, empresarios cuyas fotos aparecían en las tapas de revistas, militares con medallas que brillaban bajo el sol de la montaña. Muchos hablaban en otros idiomas —inglés, portugués, alemán— y todos, sin excepción, la miraban a ella antes de entrar.
Una mujer descalza, con orejas de coneja, el culo casi al aire y el collar de una mascota. Emily sintió sus miradas como dedos, como pinceles, como algo que la pintaba de un color que no existía antes.
Rodolfo la tomó del brazo.
—Vamos —dijo, y la guió hacia el galpón más grande.
Adentro, la luz era blanca y fría, como la de un quirófano.
Las jaulas estaban dispuestas en filas, cincuenta o más, cada una con una chica adentro. Todavía dormidas. Algunas estaban en cuclillas, otras recostadas contra los barrotes, otras en posiciones que parecían incómodas pero que el sueño profundo les impedía corregir. Estaban desnudas —todas desnudas— y sus cuerpos formaban un paisaje de carne y metal que a Emily se le clavó en la retina.
Los hombres fueron entrando detrás de ellas. Se ubicaron alrededor de las jaulas como espectadores en un teatro, con copas de whisky en las manos, con sonrisas que no llegaban a los ojos.
—Empecemos —dijo Rodolfo.
Uno de los empleados apretó un botón.
Las luces del galpón cambiaron. Se volvieron más tenues, anaranjadas, como un amanecer artificial. Y después, una a una, las chicas empezaron a moverse.
Emily sintió que el aire se le espesaba en los pulmones.
Los primeros movimientos eran pequeños: párpados que se abrían, dedos que se estiraban, labios que articulaban palabras sin sonido. Después venían los brazos, las piernas, la conciencia del cuerpo desnudo y encerrado. Y después, el grito.
No fue un solo grito. Fueron muchos, superponiéndose, rebotando en las paredes de metal como una sinfonía desafinada de horror.
—¡¿Dónde estoy?!
—¡Ayuda! ¡Por favor, alguien!
—¡No, no, no, no, no!
Las chicas se agarraban a los barrotes como náufragas a un salvavidas. Algunas se tapaban los pechos con los brazos, otras se encogían en posición fetal, otras orinaban en el piso de las jaulas, sintiendo el líquido caliente resbalar por sus muslos y no importándoles porque el miedo era más grande que la vergüenza.
Los hombres alrededor reían.
No todos, pero sí suficientes. Una risa baja, cómplice, que recorría el galpón como un rumor. Algunos señalaban a las chicas que más gritaban, otros a las que se quedaban calladas, otros a las que tenían los cuerpos más perfectos bajo la luz anaranjada.
—Esa va a durar poco —dijo uno, señalando a una morocha que ya estaba hiperventilando.
—Esa otra, en cambio —dijo otro, mirando a una rubia de piernas largas que estaba en silencio, abrazándose las rodillas—. Esa va a dar pelea.
Rodolfo caminaba entre las jaulas con las manos en los bolsillos, como quien pasea por un jardín botánico. Emily iba un paso detrás de él, como una sombra, como un perro que aprende a seguir sin correa. Las miradas de las chicas se clavaban en ella —en su ropa de conejita, en su collar, en sus orejas falsas— y Emily sentía el odio como un puñetazo en el pecho.
Pero no dijo nada. No podía.
Llegaron a la jaula de Sofía.
La callada. La del cuerpo perfecto. Estaba en el fondo de la jaula, de rodillas, con las manos apoyadas en los muslos. No gritaba. No lloraba. Solo miraba. Y cuando sus ojos encontraron los de Emily, algo se rompió en el aire entre ellas.
Odio.
Un odio puro, frío, que no necesitaba palabras. Los ojos de Sofía decían todo: "Vos hiciste esto. Vos nos trajiste acá. Vos eras mi amiga."
Emily quiso decir algo. Abrió la boca, pero no salió ninguna palabra. Porque ¿qué podía decir? ¿"Perdón"? ¿"No sabía lo que hacía"? ¿"Es mi papá, no puedo decirle que no"?
Todas las respuestas sonaban falsas, incluso en su cabeza.
Un grupo de hombres rodeó la jaula de Sofía. Sus cuerpos la taparon, y Emily solo alcanzó a ver un hombro, un codo, la curva de una nalga que desaparecía bajo las sombras de los cuerpos masculinos.
—No grita —dijo uno de los hombres, y su voz tenía una nota de admiración—. Nació para esto.
Los otros rieron. Asintieron. Como si fuera un cumplido.
Rodolfo siguió caminando, y Emily detrás de él. Pasaron por una jaula donde una chica pelirroja se aferraba a los barrotes con los nudillos blancos, los dedos sangrando por la fuerza. Pasaron por otra donde una chica gordita, de caderas anchas y tetas caídas, miraba al vacío con los ojos secos, como si ya hubiera llorado todo lo que tenía para llorar. Pasaron por otra donde dos chicas compartían jaula y se abrazaban desnudas, consolándose en un idioma que Emily no reconoció.
En cada jaula, un cuerpo distinto. Una historia distinta. Un terror distinto.
Y en todas, la misma desnudez. La misma carne expuesta. Las mismas miradas que se clavaban en Emily como cuchillos.
El segundo galpón era igual al primero. Las mismas jaulas, las mismas luces, las mismas chicas despertando del mismo sueño inducido. Emily caminaba en automático, los pies descalzos sobre el piso de cemento, la falda subiéndose con cada paso, las orejas de coneja ladeadas sobre su cabeza.
—¡Emily!
La voz la detuvo en seco.
Era Lucía. La rubia. La de las piernas largas. Estaba en una jaula cerca de la salida, apretada contra los barrotes, con los pechos aplastados contra el metal. Su cara estaba roja, llena de lágrimas, pero sus ojos tenían un brillo que no era solo miedo.
—¡Emily, por favor! —gritó, y su voz se quebraba—. ¿Por qué nos hiciste esto? ¡Somos tus amigas! ¡Te quiero, boluda, por qué!
Emily sintió las piernas flojas. Quiso correr hacia la jaula, abrazar a Lucía, pedirle perdón, aunque no hubiera palabras que pudieran pagar lo que había hecho. Pero no se movió. No podía. Los pies se le habían clavado al piso.
Rodolfo se acercó a la jaula. Se agachó hasta quedar a la altura de los ojos de Lucía, y su voz fue tranquila, casi tierna.
—Ahora no lo entendés —dijo—. Pero en un año se lo vas a agradecer.
Lucía lo escupió.
La saliva le cayó en la mejilla. Rodolfo no se limpió. Sonrió, se paró, y siguió caminando como si nada hubiera pasado. Emily lo siguió, sintiendo la mirada de Lucía perforándole la espalda.
"Se lo voy a agradecer" pensó, y la frase le sonó a algo que ya había escuchado antes. "Como yo. Como yo le agradezco."
La noche cayó sobre la montaña como una sábana negra.
Las luces de los galpones se apagaron. El silencio bajó con la oscuridad, roto solo por algún sollozo lejano, algún grito ahogado, algún ruido de cadenas moviéndose en la sombra. Las chicas seguían encerradas, ahora a oscuras, solas con su miedo y con el frío de la montaña que se colaba por las rendijas de las jaulas.
Adentro de la casa principal, en cambio, había luz, calor y música baja.
Los hombres estaban reunidos en el salón grande, sentados en sillones de cuero, con copas de vino y habanos que llenaban el aire de humo azulado. Emily estaba en un rincón, de pie, con una copa de agua en la mano que no tomaba, mirando cómo esos poderosos se felicitaban entre ellos como si hubieran cerrado el negocio del año.
—El reclutamiento de Rodolfo este año fue impecable —decía uno, un político canoso, con una mujer de su edad pegada a su costado que miraba al piso—. mas de cien piezas de primera calidad.
—Pusimos poca plata —decía otro, un empresario con anillos de oro en los dedos—. Por la mercancía que trajeron, deberíamos haber pagado el doble.
Rodolfo recibía los cumplidos con una sonrisa modesta, levantando la copa en agradecimiento, como un anfitrión que organizó una cena perfecta.
Emily escuchaba sin escuchar, mirando sin ver. Entendió todo en esa media hora de conversaciones fragmentadas. Los hombres con dinero y poder se juntaban para financiar las cacerías. Unos ponían los aviones, otros las propiedades, otros los sobornos para que la justicia nunca preguntara demasiado. Y Rodolfo... Rodolfo era el cazador jefe. El que encontraba a las presas. El que organizaba la fiesta. El que se llevaba la mayor parte del crédito y, presumiblemente, de la plata.
"Un negocio" pensó Emily, y la idea le dio náuseas. "Mis amigas son un negocio."
Los hombres se fueron retirando de a uno, subiendo las escaleras hacia las habitaciones que los esperaban con camas grandes y sábanas de satén. Algunos se llevaban a las chicas de los collares —las sobrinas del gordito, entre ellas—, otras se quedaban solos, pero todos tenían la misma expresión en la cara: anticipación. La cacería empezaba al día siguiente, y querían estar descansados.
Emily se quedó sola en el salón cuando el último de ellos se fue. Rodolfo seguía ahí, apoyado en la barra, mirándola.
—Venite —dijo, y caminó hacia la habitación principal.
Ella lo siguió.
El cuarto era grande, con una cama enorme en el medio y ventanas que miraban hacia el valle oscuro. La luna se asomaba entre las nubes, pintando el paisaje de plata. Rodolfo cerró la puerta detrás de ellos y el ruido del picaporte fue como un latido.
Emily se quedó parada en el medio de la habitación, con sus orejas de coneja y su falda corta, sin saber qué hacer. Los días que pasaron solos en el departamento de Puerto Madero, Rodolfo no la había tocado. Solo planearon la fiesta, hicieron llamadas, enviaron mensajes. Ella había empezado a pensar que quizás él se estaba cansando, que quizás la iba a soltar antes del mes.
Pero la mirada que él le clavó en ese cuarto le dijo todo lo contrario.
Rodolfo caminó hacia ella con pasos lentos, como si el tiempo le sobrara. La agarró de la cintura y la apretó contra su cuerpo. Emily sintió el calor de él a través de la ropa, la dureza de su entrepierna contra su vientre desnudo, el olor a tabaco y a whisky mezclándose con el perfume que ella se había puesto después del baño.
Y después la besó.
No fue un beso de padre. Fue un beso de amante. De amante con años de experiencia, que sabe exactamente dónde morder, dónde lamer, dónde respirar. La lengua de Rodolfo se metió en la boca de Emily como si tuviera permiso para estar ahí, como si siempre lo hubiera tenido.
Emily se dejó besar. Sus brazos rodearon el cuello de su padre, sus dedos se enredaron en su pelo canoso, su cuerpo se pegó al de él con una urgencia que la avergonzaba y la excitaba en partes iguales.
"Es mi papá" pensó, pero el pensamiento se perdió en el calor de la boca de él.
Rodolfo la giró y la empujó contra la pared. El contacto fue brusco, la piedra fría contra los omóplatos de Emily, y ella soltó un gemido que él acalló con la boca. Después él se separó apenas, solo lo necesario para darle la vuelta.
Emily quedó de frente a la pared, las manos apoyadas en la piedra, las nalgas empujadas hacia atrás. Escuchó el ruido del cierre bajándose, la ropa cayendo al piso, y después sintió las manos de su padre en sus caderas, ajustándola en el ángulo exacto que él quería.
—Mañana empieza la cacería —dijo él, mientras alineaba su cuerpo.
Y entró en su culo.
Suave. Tan suave que Emily casi no lo sintió al principio. Solo una presión, un llenado, una apertura lenta que la fue ocupando por completo. Rodolfo no tenía apuro. Metió la mitad de su miembro y se quedó ahí, sintiendo cómo ella se cerraba a su alrededor, cómo los músculos de su ano se tensaban y se aflojaban en un ritmo que no podía controlar.
—Todas las chicas —dijo él, empujando un poco más— van a ser largadas de las jaulas.
Empujó más fuerte esta vez. Un golpe de pelvis contra nalgas que hizo que Emily apretara los dientes y ahogara un grito.
—Hay cincuenta cazadores —continuó Rodolfo, mientras comenzaba un ritmo pausado, profundo, cada embestida un recordatorio de quién mandaba—. El que más presas atrape se gana un millón de dólares.
Emily sintió una mano en sus pechos. Rodolfo se los apretó desde atrás, los dedos encontrándole los pezones a través del corpiño transparente, estirándolos, retorciéndolos apenas.
—¿Un millón? —atinó a preguntar Emily, y su voz salió cortada por un gemido.
—Y se lleva diez chicas —dijo Rodolfo, y su voz se hizo más ronca—. Las que él elija.
Emily sintió cómo él se movía más rápido ahora, cómo sus dedos abandonaban sus pechos para agarrarle la cadera, cómo su respiración se volvía más pesada contra su nuca. La pared de piedra le raspaba las palmas de las manos, y el contraste entre el frío de la piedra y el calor de su padre adentro le nublaba la cabeza.
—¿De quién son ellas ahora? —preguntó, entre jadeos, buscando entender algo de todo ese mundo que se le escapaba entre los dedos.
Rodolfo la envistió con más fuerza. La respuesta era obvia, pero él quería que ella la escuchara dicha en voz alta.
—Son mías —dijo, y cada palabra fue una embestida—. Yo las traje. Me pertenecen hasta que alguien las cace.
Emily sintió cómo él la agarraba del pelo, tirando suavemente hacia atrás para que su espalda se arqueara, para que sus nalgas se ofrecieran más. La lengua de Rodolfo le recorrió la mejilla, húmeda y caliente, como la de un animal marcando su territorio.
—¿Y las que no son reclamadas? —preguntó Emily, la voz rota, la mente yéndose a algún lugar que no podía nombrar.
Rodolfo la soltó del pelo y la volvió a agarrar de las caderas, con más fuerza ahora. Sus testículos golpeaban contra el cuerpo de ella con cada embestida, un sonido húmedo y obsceno que se mezclaba con los gemidos que Emily ya no podía contener.
—Ellas son como vos —dijo, y su voz era un susurro caliente en su oído—. Después de un mes, recuperan la libertad.
"Libertad" pensó Emily, y la palabra se le desarmó en la cabeza antes de que pudiera agarrarla.
Su cuerpo ya no le pertenecía. No desde esa primera noche en el bosque, cuando la pintura verde marcó su nalga y su padre la penetró contra un árbol. Desde entonces, cada orgasmo había sido una rendición, y cada rendición la había hundido un poco más.
El orgasmo llegó sin avisar. Un latigazo que le recorrió la columna y se le instaló en el vientre, en las piernas, en la boca abierta de la que salió un gemido largo que no se parecía a nada humano. Su cuerpo se apretó alrededor de Rodolfo con una fuerza que la sorprendió a ella misma, y él aprovechó ese apretón para empujar más fuerte, más rápido, más hondo.
—Termino —dijo, y la voz le salió ronca, animal.
Emily sintió cómo él se corría adentro, el calor llenándola otra vez, marcándola otra vez, recordándole que era suya aunque ella quisiera olvidarlo.
Se quedaron pegados a la pared, respirando el mismo aire caliente de la habitación. El sudor de Rodolfo se mezclaba con el de ella, y su peso la aplastaba contra la piedra de una forma que, en lugar de incomodarla, la arrullaba.
Después él se retiró, la tomó de la mano, y la llevó a la cama.
Emily se acostó de costado, y Rodolfo se acostó detrás de ella, abrazándole la cintura, pegando su pecho a su espalda. El cuarto estaba en silencio, solo el viento afuera y los latidos de sus corazones que poco a poco se iban sincronizando.
"Duermo abrazada por mi papá" pensó Emily, y el pensamiento ya no le causaba el horror que debería.
Cerró los ojos. Sintió la respiración de él en su nuca, suave, regular. El peso de su brazo sobre su cintura. La seguridad de estar atrapada en un lugar del que, quizás, ya no quería escapar.
Pero antes de dormirse, algo más cruzó su mente. Una imagen borrosa, pero clara en su emoción: el sol saliendo sobre los cerros, las jaulas abriéndose, las chicas corriendo desnudas entre los árboles, y los hombres con sus rifles de paintball y sus perros y sus binoculares de visión nocturna.
"Tres días y dos noches" pensó, y algo se movió en su vientre. Algo que no era miedo. "La cacería salvaje."
Rodolfo también estaba despierto. Emily lo supo por la forma en que su respiración cambió apenas, por la mano que le apretó la cadera un poco más fuerte.
—Va a ser divertido —murmuró él contra su nuca, como si le hubiera leído el pensamiento.
Emily sonrió en la oscuridad.
"Divertido" repitió para sí misma, y la palabra ya no le sonaba ajena.
Afuera, la luna se escondió detrás de una nube, y la montaña quedó a oscuras. Adentro, padre e hija durmieron abrazados, soñando con la misma cacería, con las mismas presas, con el mismo placer prohibido que los unía más que cualquier lazo de sangre.
Y cuando el sol asomó por el horizonte, tiñendo los cerros de naranja y rojo, ellos ya estaban despiertos. Esperando. Listos para que empezara el juego más salvaje de todos.
Continuara...
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