El paso de los días tras la última visita al taller adquirió para Agostina una cualidad onírica y, a la vez, desesperadamente mundana. La rutina de la universidad —las clases, las bibliotecas, los cafés con compañeros— se desarrollaba como una película plana, un decorado de cartón tras el cual su verdadera existencia palpitaba con un ritmo subterráneo y febril. Intentaba concentrarse en un texto de sociología, pero las palabras se desvanecían, reemplazadas por el recuerdo vívido del sabor salado en su garganta, de la aspereza del cemento bajo sus rodillas, del peso de la mirada de Armando grabándola. Su cuerpo, ya iniciado en un lenguaje de placer crudo, parecía haberse vuelto extraño para ella; un instrumento que solo cobraba su verdadera resonancia bajo las manos de ese hombre. Se sentaba en el patio de la facultad, el sol acariciando su melena rubia que ahora peinaba con una sencillez que antes no tenía, y sentía un vacío entre las piernas, un eco de la plenitud brutal que hab...