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El Mecánico y la Universitaria Sumisa - Final

  El paso de los días tras la última visita al taller adquirió para Agostina una cualidad onírica y, a la vez, desesperadamente mundana. La rutina de la universidad —las clases, las bibliotecas, los cafés con compañeros— se desarrollaba como una película plana, un decorado de cartón tras el cual su verdadera existencia palpitaba con un ritmo subterráneo y febril. Intentaba concentrarse en un texto de sociología, pero las palabras se desvanecían, reemplazadas por el recuerdo vívido del sabor salado en su garganta, de la aspereza del cemento bajo sus rodillas, del peso de la mirada de Armando grabándola. Su cuerpo, ya iniciado en un lenguaje de placer crudo, parecía haberse vuelto extraño para ella; un instrumento que solo cobraba su verdadera resonancia bajo las manos de ese hombre. Se sentaba en el patio de la facultad, el sol acariciando su melena rubia que ahora peinaba con una sencillez que antes no tenía, y sentía un vacío entre las piernas, un eco de la plenitud brutal que hab...
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El Mecánico y la Universitaria Sumisa - Parte 3

  El gesto de extender el mate hacia Armando fue realizado con una sumisión que ya no era solo física, sino que parecía haber calado en los huesos de Agostina. Sus dedos, aún temblorosos por el orgasmo y la exposición, rodeaban la calabaza mientras él, sentado en el banco de trabajo como un rey en su trono de hierro y grasa, la aceptaba sin una palabra de agradecimiento. Bebió un sorbo, sus ojos oscuros nunca dejándola, clavados en la visión de su cuerpo desnudo, marcado y humedecido, de pie frente a él. El silencio solo era roto por el sonido leve de su sorbo y el latido, aún acelerado, que Agostina sentía en sus sienes. El contraste era surrealista: el ritual doméstico y casi campechano del mate, compartido en la intimidad cruda y soez del taller, con ella desnuda como una ofrenda viviente.  Armando terminó el mate, dejó la calabaza a un lado con un golpe seco, y su mirada se volvió aún más intensa, más cargada de una orden que aún no había formulado. Agostina sintió un esca...

El Mecánico y la Universitaria Sumisa - Parte 2

  El día siguiente se desplegó para Agostina bajo un manto de confusión densa y una excitación subterránea que no cesaba. Había dormido mal, revolviéndose entre las sábanas, con la piel aún sensible al recuerdo de las manos ásperas de Armando y la aspereza de la piedra. La orden práctica —"Vení mañana a la tarde"— resonaba en su cabeza, mezclada con los ecos soeces de sus palabras y la memoria física de su posesión. Se sentía dividida: una parte de ella, la universitaria educada, se escandalizaba y se avergonzaba; la otra, una criatura recién descubierta y hambrienta, anhelaba con una intensidad aterradora volver a ese taller, a ese hombre, a esa degradación que sabía a gloria.  Pasó la mañana en un estado de distracción absoluta. Las páginas de sus libros eran manchas sin sentido. Decidió qué ponerse con una deliberación que rayaba lo obsesivo. No quería parecer provocativa, pero una fuerza más poderosa que su razón la guiaba. Eligió un vestido. No un vestido cualquiera, sin...

El Mecánico y la Universitaria Sumisa - Parte 1

  El sol de la tarde comenzaba a declinar, pintando el cielo de un naranja pálido sobre el estacionamiento de la Universidad. Agostina, con la mochila de libros pesando sobre su hombro, suspiró aliviada. Otro día de clases había terminado. Se despidió de un par de compañeras con una sonrisa distraída y se dirigió hacia su auto, un compacto de varios años que era su tesoro más preciado, el símbolo de su independencia. Introdujo la llave en la cerradura con la rutina de siempre, pero cuando giró la llave en el contacto, el motor apenas emitió un sonido lánguido, un chasquido seco y triste que se apagó de inmediato, dejando un silencio aún más elocuente. El corazón le dio un vuelco. No, por favor, no ahora. Volvió a intentarlo, con una urgencia creciente, bombeando el acelerador como si con eso pudiera resucitar al vehículo. Pero solo obtuvo el mismo ruido de agonía metálica.  Una punzada de pánico la recorrió. No sabía nada de autos, absolutamente nada. Para ella, el capó era un...

La Sombra del Abuelo - Parte Final.

  Tres meses habían transcurrido desde aquella primera noche de pesadilla. Tres meses durante los cuales la casa de Marian se había transformado en un templo perverso de la obediencia, un microcosmos donde las reglas del mundo exterior habían sido borradas y reemplazadas por el dogma único de la voluntad de Javier. El entrenamiento había sido meticuloso, implacable, y profundamente efectivo. Las cadenas físicas ya no eran necesarias; las cadenas mentales que él había forjado eran infinitamente más fuertes. Marian, Valeria, Martina y Eugenia ya no luchaban. Habían entendido su lugar. O, más precisamente, habían sido reprogramadas para encontrarlo no como una prisión, sino como su estado natural, la única realidad que garantizaba su aprobación, placer y una paz distorsionada.  Una tarde, con la luz del sol filtrándose por las cortinas pesadas del salón, Javier decidió realizar una ceremonia que simbolizara su triunfo absoluto. Ordenó a las cuatro mujeres que se presentaran. Acud...

La Sombra del Abuelo - Parte 7

  Javier observaba a su hija, Marian, ahora reducida a una mascota obediente que dormitaba a sus pies en el salón, con una satisfacción profunda y lúgubre. La transformación era completa, un testimonio de su poder para moldear voluntades y borrar identidades. Pero una pieza del rompecabezas familiar aún no encajaba perfectamente. Sus nietas, Valeria y Martina, seguían confinadas en sus habitaciones, atadas a sus camas, resistiendo en silencio o con rabia impotente. Era hora de ocuparse de ellas, de integrarlas plenamente en el nuevo orden que él estaba construyendo. Y decidió comenzar por la más prometedora: Valeria.  La joven de veinte años había mostrado, durante su violación inicial, una chispa de aquiescencia, una curiosidad malsana que Javier estaba ansioso por explotar. Se dirigió a su habitación y la encontró como la había dejado: desnuda, atada de muñecas y tobillos, sus ojos—tan parecidos a los de Clara y Eugenia—se abrieron de par en par con una mezcla de miedo y exp...