El mes pasó como un río subterráneo: oscuro, constante, llevándose pedazos de Emily que ella ya no recordaba haber tenido. Los días se llenaron de rutina. Las mañanas eran para entrenar a las otras cuatro. Lucía, la pelirroja, la amiga de la amiga, la morocha del tobillo torcido. Las cuatro estaban en la casa de Rodolfo, en habitaciones separadas, con collares de distintos colores, pero el mismo peso en el cuello. —Ellas son tu responsabilidad ahora —le había dicho Rodolfo al llegar, con la misma naturalidad con la que otro padre le pediría a su hija que cuidara las plantas—. Que aprendan a obedecer. Emily las entrenó. No fue difícil. Las chicas ya habían aprendido en el cerro que resistirse dolía más que rendirse. Emily solo les enseñó los detalles: cómo arrodillarse sin hacer ruido, cómo bajar la mirada sin parecer desafiante, cómo usar la boca y las manos y el cuerpo para mantener contento a un hombre que podía ser generoso o cruel según el día. "...
El amanecer del segundo día llegó con un frío húmedo que se metía hasta los huesos. Emily se despertó pegada al cuerpo de Rodolfo, sintiendo el calor de él como una segunda piel. Durante un segundo —un solo segundo, el que tardó su cerebro en recordar dónde estaba— se sintió a salvo. Protegida. Como si ese abrazo fuera de un padre que cuida a su hija, y no de un cazador que marcó a su presa. Después abrió los ojos y vio el bosque. Las mantas térmicas plateadas. Los perros dormidos junto a los rescoldos de la fogata. Y el árbol donde habían atado a Lucía. Vacío. Emily se incorporó de golpe, el corazón latiéndole en la garganta. Miró a su alrededor buscando el cuerpo rubio, las piernas largas, los ojos llenos de lágrimas. Pero no había nada. Solo la soga colgando de la rama, moviéndose con el viento como una serpiente muerta. —Los ayudantes se la llevaron —dijo Rodolfo sin abrir los ojos, con la voz ronca de sueño—. A su jaula. Emily se quedó mir...