El tiempo, ese implacable escultor de finales, fue benévolo con Juan Camilo. A partir de aquella noche en que dos diosas de rodillas le disputaron el favor de su boca, sus últimos años se deslizaron por un cauce de placeres que jamás habría osado imaginar. Gabriela y Justina se convirtieron en sus amantes, sus confidentes, sus putitas y sus reinas, según el día y la ocasión. Lo visitaban por separado o juntas, y el departamento de la pensión —ese sucucho de soltero con olor a humedad— se transformó en un santuario de espejos donde el cuerpo ajado del viejo se reflejaba junto a las pieles más tersas que habían pisado ese barrio. Nunca más volvió a fumar. No necesitaba cigarrillos: la juventud de ellas era su vicio, su droga, su medicina. A Gabriela, fiel a su naturaleza insaciable, le organizaba encuentros con amigos nuevos. Viejos jubilados, gordos, flacos, canosos, feos. Cuanto más decadentes, mejor. Ella llegaba a esas citas con vestidos cortos y sonrisa de princesa, y se...
La primera luz del sábado se filtró por la persiana como un cuchillo dorado, cortando la penumbra de la habitación. Juan Camilo abrió los ojos lentamente, todavía envuelto en el sopor del sueño y en el aroma mezclado de dos mujeres. A su izquierda, el cuerpo desnudo de Justina se acurrucaba contra su costado, los pechos enormes aplastados contra sus costillas flacas, el cabello negro desparramado sobre la almohada como un abanico de tinta. Respiraba hondo, acompasado, con una paz que no había tenido en semanas. A su derecha, en la otra cama, Gabriela dormía hecha un ovillo, apenas cubierta por una sábana que se le había enredado en las piernas largas, el cabello castaño claro esparcido sobre la cara. La escena era irreal, un cuadro renacentista pintado con los colores del pecado. Se quedó un minuto contemplándolas, sintiendo el peso de la noche anterior en los huesos, y una sonrisa le curvó los labios agrietados. Después, con cuidado, se deslizó fuera de la cama, se puso el bóxer...