El paso de los días tras la última visita al taller adquirió para Agostina una cualidad onírica y, a la vez, desesperadamente mundana. La rutina de la universidad —las clases, las bibliotecas, los cafés con compañeros— se desarrollaba como una película plana, un decorado de cartón tras el cual su verdadera existencia palpitaba con un ritmo subterráneo y febril. Intentaba concentrarse en un texto de sociología, pero las palabras se desvanecían, reemplazadas por el recuerdo vívido del sabor salado en su garganta, de la aspereza del cemento bajo sus rodillas, del peso de la mirada de Armando grabándola. Su cuerpo, ya iniciado en un lenguaje de placer crudo, parecía haberse vuelto extraño para ella; un instrumento que solo cobraba su verdadera resonancia bajo las manos de ese hombre. Se sentaba en el patio de la facultad, el sol acariciando su melena rubia que ahora peinaba con una sencillez que antes no tenía, y sentía un vacío entre las piernas, un eco de la plenitud brutal que hab...
El gesto de extender el mate hacia Armando fue realizado con una sumisión que ya no era solo física, sino que parecía haber calado en los huesos de Agostina. Sus dedos, aún temblorosos por el orgasmo y la exposición, rodeaban la calabaza mientras él, sentado en el banco de trabajo como un rey en su trono de hierro y grasa, la aceptaba sin una palabra de agradecimiento. Bebió un sorbo, sus ojos oscuros nunca dejándola, clavados en la visión de su cuerpo desnudo, marcado y humedecido, de pie frente a él. El silencio solo era roto por el sonido leve de su sorbo y el latido, aún acelerado, que Agostina sentía en sus sienes. El contraste era surrealista: el ritual doméstico y casi campechano del mate, compartido en la intimidad cruda y soez del taller, con ella desnuda como una ofrenda viviente. Armando terminó el mate, dejó la calabaza a un lado con un golpe seco, y su mirada se volvió aún más intensa, más cargada de una orden que aún no había formulado. Agostina sintió un esca...