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Nacida para ser cazada — FINAL.

  El mes pasó como un río subterráneo: oscuro, constante, llevándose pedazos de Emily que ella ya no recordaba haber tenido.  Los días se llenaron de rutina. Las mañanas eran para entrenar a las otras cuatro. Lucía, la pelirroja, la amiga de la amiga, la morocha del tobillo torcido. Las cuatro estaban en la casa de Rodolfo, en habitaciones separadas, con collares de distintos colores, pero el mismo peso en el cuello.  —Ellas son tu responsabilidad ahora —le había dicho Rodolfo al llegar, con la misma naturalidad con la que otro padre le pediría a su hija que cuidara las plantas—. Que aprendan a obedecer.  Emily las entrenó.  No fue difícil. Las chicas ya habían aprendido en el cerro que resistirse dolía más que rendirse. Emily solo les enseñó los detalles: cómo arrodillarse sin hacer ruido, cómo bajar la mirada sin parecer desafiante, cómo usar la boca y las manos y el cuerpo para mantener contento a un hombre que podía ser generoso o cruel según el día.  "...
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Nacida para ser cazada — Parte 6

  El amanecer del segundo día llegó con un frío húmedo que se metía hasta los huesos.  Emily se despertó pegada al cuerpo de Rodolfo, sintiendo el calor de él como una segunda piel. Durante un segundo —un solo segundo, el que tardó su cerebro en recordar dónde estaba— se sintió a salvo. Protegida. Como si ese abrazo fuera de un padre que cuida a su hija, y no de un cazador que marcó a su presa.  Después abrió los ojos y vio el bosque. Las mantas térmicas plateadas. Los perros dormidos junto a los rescoldos de la fogata. Y el árbol donde habían atado a Lucía.  Vacío.  Emily se incorporó de golpe, el corazón latiéndole en la garganta. Miró a su alrededor buscando el cuerpo rubio, las piernas largas, los ojos llenos de lágrimas. Pero no había nada. Solo la soga colgando de la rama, moviéndose con el viento como una serpiente muerta.  —Los ayudantes se la llevaron —dijo Rodolfo sin abrir los ojos, con la voz ronca de sueño—. A su jaula.  Emily se quedó mir...

Nacida para ser cazada — Parte 5

  El amanecer pintó los cerros de un color naranja tan intenso que parecía falso, como el telón de fondo de una obra de teatro demasiado perfecta. Emily estaba parada en la entrada de la casa principal, sintiendo el frío de la mañana metérsele por debajo de la falda corta de camuflaje. El top apenas le cubría los pechos, dejando al descubierto una franja de piel morena que iba desde el ombligo hasta el inicio de sus costillas. Las zapatillas deportivas le apretaban los pies después de tantos días descalza, y la gorra de camuflaje le aplastaba el pelo castaño contra la frente.  "Miro para afuera y veo un ejército" pensó, pero no era un ejército. Era algo más oscuro, más íntimo, más prohibido.  Las ciento cincuenta jaulas estaban alineadas frente a los galpones, formando cuadras perfectas sobre el pasto húmedo de la montaña. Adentro, las chicas seguían desnudas, algunas de pie agarradas a los barrotes, otras en cuclillas con los brazos envueltos alrededor de las rodillas, o...

Nacida para ser cazada — Parte 4

  El avión bajó entre las montañas como un pájaro metálico buscando su nido.  Emily miró por la ventanilla y vio cerros. Muchos cerros, unos detrás de otros, cubiertos de un verde oscuro que se perdía en la neblina. No había ciudades, no había luces, no había nada que le dijera en qué parte del mundo estaba. Sur de Chile, quizás. O Argentina, cerca de la cordillera. O tal vez Perú, Bolivia, algún lugar donde la ley llegaba tarde y los hombres con dinero llegaban temprano.  No preguntó.  Ya había aprendido que las respuestas no cambiaban nada. Solo añadían peso a una mochila que ya cargaba demasiado.  Rodolfo la tomó de la mano para bajar la escalerilla. El aire de la montaña golpeó a Emily en la cara, frío y limpio, tan distinto al aire viciado del avión que le dolió en los pulmones. Estaba descalza —había dejado las botas en el avión, no recordaba dónde— y sintió el pasto húmedo bajo sus pies. El collar de cuero le rozaba la clavícula, y el conjunto que había u...