El día siguiente se desplegó para Agostina bajo un manto de confusión densa y una excitación subterránea que no cesaba. Había dormido mal, revolviéndose entre las sábanas, con la piel aún sensible al recuerdo de las manos ásperas de Armando y la aspereza de la piedra. La orden práctica —"Vení mañana a la tarde"— resonaba en su cabeza, mezclada con los ecos soeces de sus palabras y la memoria física de su posesión. Se sentía dividida: una parte de ella, la universitaria educada, se escandalizaba y se avergonzaba; la otra, una criatura recién descubierta y hambrienta, anhelaba con una intensidad aterradora volver a ese taller, a ese hombre, a esa degradación que sabía a gloria.
Pasó la mañana en un estado de distracción absoluta. Las páginas de sus libros eran manchas sin sentido. Decidió qué ponerse con una deliberación que rayaba lo obsesivo. No quería parecer provocativa, pero una fuerza más poderosa que su razón la guiaba. Eligió un vestido. No un vestido cualquiera, sino uno de tejido fino, de un color verde esmeralda que hacía resaltar el tono de sus ojos. Era sencillo, sin mangas, con un escote en pico que sugería sin mostrar, y una falda que le llegaba a mitad del muslo, que se ceñía a sus caderas y se movía con ella con una fluidez seductora. No llevó medias. Solo unas sandalias planas que ataban su tobillo con una tira delgada. Su melena rubia, lavada y brillante, cayó lacia sobre sus hombros. Se miró al espejo y vio a una joven fresca, atractiva, pero en sus ojos verdes había una sombra nueva, una promesa turbia que ella misma no terminaba de reconocer.
El camino hacia el taller fue un viaje de nervios punzantes. Con cada paso, el ritmo de su corazón se aceleraba. Dudó un momento frente a la puerta metálica del garaje, que estaba entreabierta. Respiró hondo, tratando de adoptar una actitud neutra, de clienta que va a buscar su vehículo reparado. Empujó la puerta y entró.
La luz de la tarde entraba a raudales por las ventanas altas, iluminando el polvo en suspensión y el perfil familiar de los autos y las herramientas. Y allí, en el centro del espacio, no trabajando, no revisando un motor, sino sentado en un banco de trabajo, con una taza de café en la mano, estaba Armando. Parecía esperarla. Su overol estaba limpio, azul como el día anterior, y lo miraba fijamente, con la misma intensidad de halcón, desde el momento en que ella traspasó el umbral. Una sonrisa leve, no amable, sino de reconocimiento y posesión, jugueteó en sus labios.
Agostina se sintió desnudada por esa mirada, a pesar del vestido. Se detuvo a varios metros de él, sintiendo la necesidad de mantener una distancia de seguridad que ya sabía ilusoria. Forzó una sonrisa tímida, vacilante.
— Hola. Vine a buscar el auto —dijo, y su voz sonó extrañamente pequeña en la inmensidad del taller.
Armando no se movió. Bebió un sorbo de su café, tomándose su tiempo, sus ojos recorriéndola de los pies a la cabeza, deteniéndose en cada curva que el vestido esmeralda delineaba. La tensión del día anterior, lejos de haberse disipado, parecía haberse condensado en el aire, haciéndolo espeso, difícil de respirar.
Finalmente, bajó la taza. Su voz, cuando habló, no fue un saludo. Fue una sentencia, un recordatorio brutal de la dinámica que él había establecido y que ella, al volver, había aceptado tácitamente.
— No solo viniste a buscar el auto —dijo, y cada palabra caía como una gota de plomo fundido—. Desnúdate, putita.
El impacto de la frase le dio a Agostina en el estómago. Un fogonazo de indignación genuina, producto de años de educación y de respeto propio, le encendió las mejillas. ¿Quién se creía que era? ¿Cómo se atrevía a hablarle así? Abrió la boca para protestar, para ponerlo en su lugar, para gritarle que se fuera al demonio y exigir las llaves de su auto.
Pero las palabras murieron en sus labios antes de nacer. Porque, al mismo tiempo que la indignación, una oleada de calor lujurioso y vergonzoso le recorrió el vientre, humedeciéndola al instante. La crudeza de la orden, la palabra soez salpicándola, la reducción a un objeto sexual, lo excitaba. Le excitaba de una manera que un halago o una insinuación jamás podrían haber logrado. Era como si esa voz grave y esas palabras prohibidas tocaran un interruptor oculto en lo más profundo de su ser.
Vio la seguridad en los ojos de Armando. Él ya lo sabía. Ya había leído en ella, en su sumisión de la tarde anterior, en su presencia hoy, vestida con ese vestido que gritaba “mírame”, que la protesta sería solo una farsa. Él esperaba, dueño de la situación, sabiendo que había ganado antes de que la batalla comenzara.
Y Agostina, con el corazón palpitándole en la garganta, obedeció. No dijo nada. No pudo. Solo, con movimientos lentos, temblorosos al principio pero que ganaron una sensualidad deliberada a medida que se hundía en el papel que le asignaban, comenzó a desvestirse.
Primero, desató las tiras de sus sandalias, dejando que cayera primero un pie, luego el otro, al suelo frío y ligeramente grasiento del taller. La sensación de desprotección fue inmediata. Luego, sus manos subieron a los costados de su vestido. Tomó el tejido fino entre los dedos y, manteniendo la mirada baja, incapaz de sostener la de Armando, lo fue levantando, revelando sus piernas largas y tersas, los muslos pálidos, la cinta elástica de su tanga, también verde hoy. El vestido pasó por sus caderas, su cintura, sus pechos. Por un momento, quedó atrapado sobre su cabeza, dejándola a oscuras, vulnerable, antes de que lo liberara por completo y lo dejara caer como un charlo de color esmeralda a sus pies. Quedó en pie, con sólo la tela mínima de la tanga y su cabello rubio como cobertura, sintiendo el aire del taller sobre su piel desnuda, erizándole los pezones, que se endurecieron de inmediato bajo la mirada que sabía fija en ella.
Armando no se movió. La observaba como un coleccionista observa una pieza rara, evaluando cada detalle. Luego, finalmente, se levantó del banco. Se acercó a ella con esa calma de depredador que tanto la perturbaba y la excitaba. Se detuvo a escasos centímetros, y su aliento, con olor a café y tabaco, le rozó la frente.
— Qué linda puta obediente —murmuró, y la frase, en lugar de un insulto, sonó como un halago perverso, un certificado de su sumisión.
No hubo más preámbulos. Un brazo poderoso la rodeó por la cintura y, con una facilidad pasmosa, la giró y la empujó hacia atrás. Agostina tropezó y su espalda desnuda chocó contra el metal frío y liso del capó de su propio auto, el mismo que él había reparado. El contraste entre la temperatura del metal y el calor de su piel la hizo arquearse. Oyó el ruido de su overol siendo abierto, y sintió, no con la brusquedad del día anterior, sino con una lentitud exquisitamente torturadora, la presión de su miembro en su entrada, todavía cubierta por la tela mínima de su tanga.
Con un gesto brusco, él apartó la tela a un lado y comenzó a penetrarla. Pero esta vez no fue una embestida salvaje. Fue una invasión lenta, centímetro a centímetro, una conquista deliberada que le permitió a Agostina sentir cada milímetro de su avance, cada expansión, cada ajuste de su cuerpo para recibirlo. Un gemido largo, tembloroso, se escapó de sus labios.
— Así… —susurró Armando, inclinándose sobre ella, sus manos aplastándose a ambos lados de su cabeza sobre el capó—. Despacito. Para que sientas bien cómo te lleno. Para que no te quede duda de quién entra en este cuerpito de putita fina.
— Armando… —jadeó ella, sin saber qué pedir, aferrándose a sus brazos, sus uñas clavándose en la tela áspera del overol.
— ¿Qué, princesa? —preguntó él, deteniéndose cuando estaba completamente hundido en ella, haciéndola sentir repleta, poseída de una manera más psicológica aún que física—. Decime. ¿Te gusta que te usen así, contra tu auto? ¿Que el mecánico te dé en tu propia cosa?
— Sí… —fue lo único que pudo articular, la confesión arrastrada por el placer.
— ¿Sí, qué? —insistió él, comenzando a moverse con esa misma lentitud, cada retroceso una agonía, cada avance un éxtasis.
— Sí… me gusta… —susurró, volviendo la cabeza hacia un lado, avergonzada y excitada a partes iguales.
"Agustina sentía cómo estaba sobre ella y la trataba como a una cualquiera", y esa era la verdad más cruda y la fuente más potente de su excitación. Había tenido experiencias con hombres, claro. Chicos universitarios, guapos, de buenas palabras y modales cuidados. Hacían el amor, no follaban. Eran considerados, preguntaban, se preocupaban. Y nunca, ninguno, había logrado hacerla sentir lo que este hombre rudo, veinticinco años mayor, que la insultaba y la usaba sin ningún miramiento, le hacía sentir. Era como si ellos tocaran la superficie y él, con su crudeza, alcanzara un núcleo oscuro y hambriento que ella ignoraba tener.
— Más… por favor… —suplicó, la voz quebrada por los jadeos, abandonando cualquier pretensión de dignidad—. Más rápido… te lo pido…
— ¿Lo ves? —dijo él, y un tono de triunfo salvaje vibraba en su voz—. La nena bien pide cuando la tratan como se merece. Como la putita que es.
Aceleró el ritmo entonces, abandonando la lentitud por una cadencia potente y profunda que hacía crujir el capó del auto bajo su peso combinado. Los cuerpos desnudos y sudados, unidos en ese acto primario, pedían más, exigían una culminación. Agostina gritaba ahora, sin importarle quién pudiera oír, aferrada a él, mientras el placer se acumulaba en su interior como una tormenta a punto de estallar.
De repente, Armando la sacó de encima del auto. La hizo girar y la dobló sobre el capó, su espalda ahora contra el metal frío, su vista hacia el techo alto del taller. Sin darle tiempo a reaccionar, la penetró de nuevo, esta vez con una intensidad renovada, desde ese ángulo que parecía llegar aún más profundo. Agostina, en esa posición de total sumisión y exposición, no pudo contenerse más. El orgasmo la arrasó con una violencia inaudita, sacudiéndola con convulsiones que parecían no terminar nunca, un grito desgarrado saliendo de su garganta mientras su interior se apretaba alrededor de Armando como un puño.
Eso fue lo que empujó a Armando al borde. Con unos embates finales, roncos y potentes, llegó a su climax, depositándose dentro de ella con un gruñido gutural que era pura animalidad satisfecha. Se desplomó sobre su espalda por un momento, ambos jadeando, pegados por el sudor, el metal frío bajo ellos.
El silencio fue absoluto, roto solo por la respiración entrecortada. Agostina sentía el peso de él, la humedad entre sus piernas, la mezcla de sus fluidos escapándose por sus muslos. Era la imagen definitiva del uso. Y sin embargo, una paz extraña, una satisfacción profunda y culpable, la inundaba.
Poco a poco, Armando se separó. Se enderezó y comenzó a acomodar su ropa con su habitual eficiencia práctica. La miró a ella, todavía desnuda y temblorosa sobre el capó del auto, sus ojos verdes vidriosos, su cuerpo marcado por el roce y el placer.
— Prepárame unos mates —ordenó, su voz ya de vuelta a la normalidad, como si le pidiera a un empleado que le pasara una llave—. Y luego te sigo usando.
La orden era tan absurda, tan degradante, que por un segundo Agostina solo pudo quedarse mirándolo, sin comprender. ¿Prepararle mates? ¿Ahora? ¿Desnuda, con los muslos chorreando sus jugos mezclados? Pero la parte de ella que ya había aceptado su lugar en esta dinámica perversa se puso en movimiento antes de que pudiera protestar.
Se despegó lentamente del capó, sintiendo cómo los líquidos cálidos corrían por su piel interior. Se enderezó, completamente desnuda en medio del taller iluminado por la tarde, y caminó hacia la pequeña cocina anexa que había visto el día anterior. Cada paso era un recordatorio de su estado. Sentía el aire sobre su sexo hinchado y sensible, notaba las miradas de Armando en su espalda, en el vaivén de sus nalgas, en la total vulnerabilidad de su desnudez.
Encontró la pava, el mate, la yerba. Sus manos temblaban levemente mientras cebaba. Todo su cuerpo era un testimonio del acto recién cometido: sus pechos con marcas rojizas de sus manos, sus muslos brillantes y pegajosos, su cabello revuelto. "A ella le parecía degradante su situación", eso era innegable. Estaba allí, desnuda, sirviendo mate a un hombre que acababa de tomarla como a un objeto y le había anunciado que lo seguiría haciendo. Era el colmo de la sumisión, de la pérdida de dignidad.
Pero, al mismo tiempo, un fuego oscuro y glorioso ardía en su centro. Nunca, en toda su vida, había disfrutado tanto siguiendo órdenes. Nunca se había sentido tan viva, tan poseída, tan fuera de sí misma y de las reglas que siempre había creído inamovibles. La humillación y el placer se entrelazaban en un nudo imposible de desatar. Y mientras llevaba el mate cebado hacia donde Armando esperaba, sentado de nuevo en su banco, observándola con ojos de dueño satisfecho, supo, con una certeza que la estremeció, que volvería. Una y otra vez. Por el auto, por el placer, por la oscura necesidad de ser la "putita obediente" de este moreno grandote que había encontrado, en el lugar más inesperado, la llave para abrir la jaula de sus deseos más secretos.
Continuara...

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