El tiempo, ese implacable escultor de finales, fue benévolo con Juan Camilo. A partir de aquella noche en que dos diosas de rodillas le disputaron el favor de su boca, sus últimos años se deslizaron por un cauce de placeres que jamás habría osado imaginar. Gabriela y Justina se convirtieron en sus amantes, sus confidentes, sus putitas y sus reinas, según el día y la ocasión. Lo visitaban por separado o juntas, y el departamento de la pensión —ese sucucho de soltero con olor a humedad— se transformó en un santuario de espejos donde el cuerpo ajado del viejo se reflejaba junto a las pieles más tersas que habían pisado ese barrio. Nunca más volvió a fumar. No necesitaba cigarrillos: la juventud de ellas era su vicio, su droga, su medicina. A Gabriela, fiel a su naturaleza insaciable, le organizaba encuentros con amigos nuevos. Viejos jubilados, gordos, flacos, canosos, feos. Cuanto más decadentes, mejor. Ella llegaba a esas citas con vestidos cortos y sonrisa de princesa, y se...