El paso de los días tras la última visita al taller adquirió para Agostina una cualidad onírica y, a la vez, desesperadamente mundana. La rutina de la universidad —las clases, las bibliotecas, los cafés con compañeros— se desarrollaba como una película plana, un decorado de cartón tras el cual su verdadera existencia palpitaba con un ritmo subterráneo y febril. Intentaba concentrarse en un texto de sociología, pero las palabras se desvanecían, reemplazadas por el recuerdo vívido del sabor salado en su garganta, de la aspereza del cemento bajo sus rodillas, del peso de la mirada de Armando grabándola. Su cuerpo, ya iniciado en un lenguaje de placer crudo, parecía haberse vuelto extraño para ella; un instrumento que solo cobraba su verdadera resonancia bajo las manos de ese hombre. Se sentaba en el patio de la facultad, el sol acariciando su melena rubia que ahora peinaba con una sencillez que antes no tenía, y sentía un vacío entre las piernas, un eco de la plenitud brutal que había experimentado. Era como si una parte esencial de su ser hubiera quedado en ese taller, entre las herramientas y el olor a combustible, y su vida "normal" fuera el sueño, una espera interminable.
La lucha interna era feroz. Por un lado, el resentimiento hacia la arrogancia de Armando, hacia la forma en que la había desechado después de usarla, hacia la fría transacción de su sexualidad por la reparación de un auto. Por otro, una atracción magnética, visceral, que anulaba cualquier razonamiento. No era amor, lo sabía. Era algo más primitivo: una necesidad de ser poseída, de rendir su voluntad, de ser definida por una fuerza externa y dominante. Él había encontrado la llave de su sumisión más profunda, y ahora ella no podía cerrar esa puerta, aunque supiera que conducía a un lugar oscuro y sin retorno.
Fue en medio de este torbellino silencioso, mientras revisaba su teléfono por enésima vez sin esperar realmente nada, que la pantalla se iluminó con un mensaje de un número no identificado, pero que su corazón reconoció al instante. Un latido salvaje le golpeó el pecho. El mensaje era escueto, imperioso, sin adornos: "Nena ven está noche a mi taller, si no bienes, olvídate de mi."
La falta de ortografía, la crudeza del ultimátum, le provocaron una oleada de ira. "¡Qué carajo se cree!", pensó, apretando el teléfono hasta que los nudillos se le pusieron blancos. ¿Así de fácil? ¿Un mensaje frío, una orden, y ella debía acudir como un perro obediente? El orgullo hervía en su interior. Pero debajo de esa ira, como un río subterráneo de lava, fluía el pánico ante la segunda parte de la frase: "olvídate de mi". La posibilidad de que ese canal de placer oscuro, de esa definición tan intensa, se cerrara para siempre, la aterrorizó más de lo que estaba dispuesta a admitir.
Y luego estaba la otra sentencia, la que él había pronunciado con voz fría: "Si volvés, te haré mi puta personal." Ir esta noche no sería solo otra visita. Sería la firma de un contrato no escrito. Sería aceptar ese título, ese rol de pertenencia absoluta. Dedicó toda la tarde a dar vueltas al asunto, pero su cuerpo ya había tomado la decisión. La humedad entre sus piernas cada vez que releía el mensaje era la respuesta más elocuente. Casi sin pensarlo, como si sus dedos se movieran por voluntad propia, tecleó una respuesta igualmente escueta: "Estare está noche en tu taller."
Al enviarlo, un vértigo inmenso la invadió. Había cruzado un Rubicón. Ahora, solo quedaba prepararse para las consecuencias. Subió a su habitación y abrió el armario con una determinación nueva. Ya no buscaba un vestido que insinuara. Buscaba algo que ofreciera, que entregara. Rechazó varias prendas hasta que sus manos encontraron un vestido negro, corto, de tejido elástico que se ceñía a cada curva como una segunda piel. Era sencillo en su diseño, sin mangas, con un escote pronunciado que mostraba la parte superior de sus pechos. Se lo probó y se miró en el espejo. La imagen que devolvía era la de una mujer, no una niña. Sus ojos verdes, ahora con una sombra de conocimiento prohibido, brillaban con una mezcla de miedo y anticipación. No se puso ropa interior. Era una decisión simbólica, de entrega total. Solo unas sandalias altas, negras también, que estilizaban sus piernas y la hacían sentir vulnerable y poderosa a la vez. Su cabello lo dejó suelto, su melena rubia cayendo sobre sus hombros desnudos como una cascada dorada. Se perfumó con un aroma dulce y persistente, un contraste deliberado con la grasa y el metal que la esperaban.
El viaje en auto fue un trance. Cada semáforo en rojo era una tortura. Cada minuto que pasaba aumentaba el nudo de nervios y deseo en su estómago. Estacionó frente al taller, que parecía cerrado, con las puertas metálicas bajadas, pero no del todo, filtrándose una luz tenue y el murmullo de voces y música baja. Respiró hondo, sintiendo el aire fresco de la noche en su piel caliente. Golpeó la puerta metálica, un sonido seco que resonó en la calle desierta.
Desde dentro, una voz que no era la de Armando gritó "¡Adelante!". Empujó la puerta pesada y entró.
La escena que se desarrolló ante sus ojos la paralizó por completo, arrancándole el aliento de los pulmones. El taller ya no era el reino solitario y cavernoso de Armando. Estaba iluminado con luces más cálidas, algunas lámparas de trabajo dirigidas a crear focos, otras tenues. Había varios hombres, quizás seis o siete, de edades y tipos variados, pero todos con el aire de quien trabaja con las manos, con overoles o jeans gastados, camisetas ajustadas que mostraban brazos tatuados y torsos robustos. Y cada uno de ellos tenía, como acompañante, al menos una mujer joven. Algunos hombres tenían dos. Las mujeres, todas en su temprana veintena o menos, estaban en diversos estados de vestimenta y sumisión. Una, de cabello oscuro, estaba arrodillada a los pies de un tipo alto, masajeándole los muslos. Otra, rubia como ella, pero teñida, estaba sentada en el regazo de un hombre calvo, riendo con una risa forzada mientras su mano jugueteaba bajo su camisa.
Y entonces, Agostina la vio. En un rincón, cerca de un viejo Chevrolet desguazado, estaba Camila. Su amiga, la práctica y desenvuelta Camila que le había pasado el número de su tío. Estaba arrodillada también, pero su actitud no era de sumisión relajada, sino de tensión contenida. Frente a ella, sentado en un neumático apilado como un trono improvisado, había un hombre gordito, de rostro sudoroso y sonrisa satisfecha, que tenía una mano enredada en el pelo castaño de Camila, guiando su cabeza hacia su entrepierna. Camila tenía los ojos cerrados, las mejillas encendidas, y realizaba su tarea con una obediencia mecánica, resentida. Al ver a Agostina, sus ojos se abrieron por una fracción de segundo, un destello de reconocimiento, de sorpresa, y de algo que pudo ser vergüenza o complicidad, antes de que la mano del hombre gordito la obligara a volver a su labor.
Agostina sintió que el suelo se movía bajo sus pies. Esto no era lo que esperaba. No era el encuentro privado, crudo pero íntimo, que había imaginado. Esto era algo organizado, una especie de reunión clandestina, un mercado de carne joven. El aire olía a cerveza, tabaco, sudor y perfume barato, mezclado con el olor omnipresente a aceite y gasolina. La música, un rock pesado bajo, servía de banda sonora a la escena.
Fue entonces cuando Armando emergió de entre un grupo de hombres. Lo vio de inmediato. Vestía su overol azul, desabrochado hasta la cintura, con una camiseta negra debajo. En sus manos sostenía una lata de cerveza. Sus ojos oscuros la encontraron al instante, y una sonrisa amplia, de genuino triunfo y posesión, iluminó su rostro moreno. Se acercó, y su voz, potente, cortó todos los murmullos.
— ¡Amigos! —anunció, alzando un poco la voz—. Miren quién llegó. Ella es Agostina. La puta universitaria de la que les hablé. Y viene, justamente, para convertirse oficialmente en mi puta.
Todas las miradas se volvieron hacia ella. Hombres que la evaluaban con ojos lascivos, mujeres que la observaban con curiosidad, envidia o resignación. Agostina se quedó petrificada en la entrada, su vestido negro sintiéndose de repente ridículamente inadecuado, su cuerpo un blanco expuesto. Cada instinto le gritaba que corriera, que diera media vuelta y escapara de ese lugar perverso, de esa humillación pública que se avecinaba. Miró hacia la puerta, calculando la distancia.
Pero entonces, Armando estuvo frente a ella. No le dio tiempo a pensar. Su mano, grande y caliente, se posó en su nuca y la atrajo hacia sí. Su boca encontró la de ella en un beso que no tenía nada de tierno. Era un beso de posesión, de marcaje, de sello. Un beso que sabía a cerveza y a tabaco y a puro dominio. Y algo en Agostina, ante esa demostración pública de propiedad, se quebró y se rindió al mismo tiempo. Su resistencia se desvaneció como humo. Abrió la boca bajo la de él, respondió a la intrusión de su lengua con una entrega febril, sus manos subiendo para aferrarse a sus hombros anchos como a un salvavidas en un mar tormentoso. Sabía, con una certeza absoluta y aterradora, que no podía con ese hombre. Y en ese saber, encontró una libertad perversa: la libertad de dejar de luchar, de dejar de decidir.
Armando, sin perder un segundo, sin romper por completo el beso, comenzó a desvestirla allí mismo, frente a la audiencia expectante. Sus manos, expertas y decididas, encontraron la cremallera lateral del vestido negro y la bajaron. La tela elástica cedió. Él le ayudó a desprenderse de las tiras de los hombros y, con un solo movimiento, el vestido se deslizó por su cuerpo como una cáscara negra, formando un charco a sus pies. Luego, se agachó y le desató las sandalias, dejándola completamente desnuda en el centro del taller, bajo la mirada de todos. El aire fresco la recorrió, erizándole la piel, endureciendo sus pezones. Se sintió como una ofrenda sacrificada en un altar de metal y deseo. No intentó cubrirse. Solo se quedó allí, respirando entrecortadamente, su cuerpo pálido y esbelto brillando bajo las luces, sus ojos verdes clavados en los de Armando, esperando su siguiente movimiento.
Él no la defraudó. Sin preámbulos, desabrochó su overol, liberó su ya erecta y gruesa erección, y la llevó hacia ella. La agarró por las caderas, la levantó con facilidad —ella rodeó su cintura con las piernas instintivamente— y la apoyó contra el capó frío de una camioneta que estaba cerca. Luego, con un solo empuje potente y certero, la penetró. Un coro de exclamaciones y aplausos burlones surgió del pequeño público.
El dolor inicial de la penetración sin preliminares se mezcló con un placer instantáneo y abrumador. Pero más allá de la sensación física, estaba la realidad psicológica, demoledora y excitante: estaba siendo poseída, tomada, afirmada como propiedad de Armando, ante testigos. "Agostina supo en ese momento que había aceptado ser la puta de Armando", y esa afirmación, lejos de aplastarla, la liberó en un torrente de lujuria. Cada embestida de él, profunda y rítmica, era un recordatorio físico de que su vida, su cuerpo, su placer, ya no le pertenecían. Era un alivio. Una rendición total. Un "sí" pronunciado con cada músculo de su ser.
Y entonces, algo cambió en ella. Dejó de ser solo un receptáculo pasivo. Comenzó a menear sus caderas, a empujar hacia atrás, a buscar un ritmo conjunto, a participar activamente en su propia exhibición. Un grito de placer, genuino y desgarrado, salió de sus labios. El público respondió con más fuerza. Algunos aplaudieron, otros gritaron palabras de ánimo soeces. Otros, excitados por el espectáculo, empujaron a las chicas que los acompañaban para que les sirvieran, les mamaran, les montaran, allí mismo, creando un coro de jadeos y gemidos que se mezclaba con la música y los golpes de sus cuerpos contra el metal.
Era un aquelarre de sumisión consensuada, un mundo secreto donde mecánicos con manos rudas reinaban sobre jóvenes que, por razones diversas —necesidad, curiosidad, vicio o, como en el caso de Agostina, un hambre oscura e insospechada—, habían aceptado intercambiar su autonomía por la intensidad de una posesión total. Armando, jadeando, gruñendo palabras sucias al oído de Agostina, la llevó al borde y más allá. Ella sintió cómo un orgasmo cataclísmico la arrasaba, haciendo que su cuerpo se arqueara y gritara sin pudor alguno. Y él, sintiendo sus contracciones internas, se dejó ir también, vaciándose en su interior con un rugido de triunfo animal.
Por unos momentos, permanecieron así, él aún dentro de ella, apoyados contra la camioneta, jadeando, sudorosos, el olor a sexo mezclándose con los demás olores del taller. Luego, sin sacársela aún, Armando alzó la cabeza y, con una voz ronca pero clara, declaró para todos:
— ¡Esta puta me pertenece!
Un aplauso general, respetuoso y a la vez lascivo, llenó el espacio. No era un aplauso para ella, sino para él, por su conquista. Agostina entendió entonces, en su agotamiento extático, la dinámica. Ese era el código entre estos hombres. Cada uno podía tener sus "putas", sus mujeres sumisas, pero eran de propiedad exclusiva. No se compartían. Era un pacto de respeto entre los dueños. Camila era la "propiedad" del mecánico gordito, un trato que Armando, como tío y como el alfa de ese grupo, había arreglado, quizás a cambio de favores o por simple dinámica de poder. Y Camila, a su vez, en un giro de complicidad retorcida, le había "entregado" a su mejor amiga, Agostina, como una especie de ofrenda de bienvenida o de agradecimiento. Era un ecosistema perverso, cerrado, con sus propias reglas.
Epílogo
Desde esa noche, la vida de Agostina dejó de tener dos mitades. Ya no existía la universitaria y la puta sumisa. Solo existía la puta sumisa que, a veces, asistía a la universidad. Obedeció a Armando en todo. A veces la llamaba para ir al taller y satisfacerlo, otras veces la citaba en un motel barato cuando el deseo lo agarraba entre dos trabajos. Aprendió sus ritmos, sus preferencias crudas, el tipo de humillación verbal que más la excitaba a ella y, por ende, a él. Con el tiempo, de manera casual, se enteró de que Armando era casado. Tenía una mujer y dos hijos adolescentes que vivían en una casa en las afueras. La noticia le produjo un punzada aguda, no de celos románticos, sino de una envidia profunda por esa vida legítima, esa normalidad que a ella se le había negado al cruzar la puerta del taller. Pero rápidamente, Armando le recordó su lugar, con una bofetada que no era solo física sino verbal: "Vos sos mi puta, no mi mujer. Las putas no se ponen celosas. Las putas agradecen que las usen."
Y ella, en su profunda sumisión, aprendió a agradecer. Aprendió a encontrar un orgullo retorcido en su rol. Era la elegida, la que satisfacía al hombre más dominante que conocía, mientras su mujer legítima solo tenía sus migajas de normalidad. La relación, si podía llamarse así, no estuvo exenta de consecuencias. Agostina quedó embarazada dos veces. Armando no le preguntó qué quería hacer; le ordenó que tuviera los hijos. "Son míos también, pero vos los criás. Yo te paso plata." Nunca los reconoció legalmente. Eran hijos de la puta y el mecánico, un secreto a voces en su círculo. Agostina, con una determinación férrea que solo la sumisión total puede dar, crió a esos dos niños —un varón y una nena— mientras terminaba sus estudios a duras penas. Les dio su apellido, les inventó un padre fantasma que había muerto, y les procuró un amor intenso y posesivo, quizás el único ámbito donde ella ejercía algún tipo de control.
Con los años, la dinámica se solidificó. Agostina, ya con su título universitario pero trabajando en empleos mediocres que no exigían mucho, se convirtió en una pieza más del pequeño imperio de Armando. Y, en un giro que cerraba el círculo de una manera perversa, comenzó a hacer lo que Camila había hecho con ella. Cuando alguna amiga de la facultad, o alguna compañera de trabajo joven, mostraba signos de inseguridad, de búsqueda, o simplemente de atracción por lo prohibido, Agostina, con una sonrisa enigmática y los ojos verdes llenos de un conocimiento secreto, les hablaba de "un hombre", un mecánico, que sabía cómo tratar a una mujer, que le daba lo que realmente necesitaba. Les presentaba a Armando. Algunas huían asustadas después del primer encuentro brutal. Otras, como ella misma una vez, quedaban atrapadas en la red de dominación y sumisión, convirtiéndose en "propiedad" de Armando o de alguno de sus amigos mecánicos.
Porque Agostina, la joven universitaria que una vez no sabía abrir el capó de un auto, había llegado a una conclusión fundamental, la piedra angular de su nueva filosofía: una mujer se merecía un hombre fuerte. Un hombre que supiera lo que quería y la tomara, sin contemplaciones, sin pedir permiso. Un hombre como Armando. Y en su mundo, ser la "puta personal" de ese hombre, aunque fuera solo una parte secreta y oculta de su vida, era el mayor honor, la prueba definitiva de su valor femenino. Era un final que no tenía nada de feliz, pero que, en la lógica ardiente de su sumisión, era perfecto. Había encontrado su lugar, su dueño, y su razón de ser, en el olor a gasolina y en la aspereza de las manos que, para siempre, marcarían su piel y su alma.
FIN.

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