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El Mecánico y la Universitaria Sumisa - Parte 1

 


El sol de la tarde comenzaba a declinar, pintando el cielo de un naranja pálido sobre el estacionamiento de la Universidad. Agostina, con la mochila de libros pesando sobre su hombro, suspiró aliviada. Otro día de clases había terminado. Se despidió de un par de compañeras con una sonrisa distraída y se dirigió hacia su auto, un compacto de varios años que era su tesoro más preciado, el símbolo de su independencia. Introdujo la llave en la cerradura con la rutina de siempre, pero cuando giró la llave en el contacto, el motor apenas emitió un sonido lánguido, un chasquido seco y triste que se apagó de inmediato, dejando un silencio aún más elocuente. El corazón le dio un vuelco. No, por favor, no ahora. Volvió a intentarlo, con una urgencia creciente, bombeando el acelerador como si con eso pudiera resucitar al vehículo. Pero solo obtuvo el mismo ruido de agonía metálica. 


Una punzada de pánico la recorrió. No sabía nada de autos, absolutamente nada. Para ella, el capó era una frontera misteriosa que albergaba un territorio tan ajeno como la superficie de Marte. Con las manos temblorosas, sacó su celular. Su mente, nublada por la ansiedad, solo podía pensar en pedir ayuda. Marcó a su amiga Camila, la más práctica y desenvuelta del grupo. 


—Cami, es una catástrofe —dijo, con la voz quebrada por la frustración—. El auto no arranca. Estoy atrapada en la facu. 


La voz tranquila de su amiga llegó al otro lado. —Tranqui, Ago. No te mueras. Mi tío es mecánico, el mejor. Te paso su número. Se llama Armando González. Dile que eres mi amiga. 


Agostina anotó el número con dedos que aún se resistían a estabilizarse. Descolgó, respiró hondo y marcó. Mientras esperaba que contestaran, se observó un momento en el reflejo oscuro de la pantalla del teléfono. Su rostro juvenil, de suaves líneas y piel de melocotón, mostraba signos de preocupación. Sus grandes ojos verdes, normalmente llenos de luz, estaban empañados por la ansiedad. Se pasó una mano por su larga melena lacia, de un rubio dorado que el sol poniente hacía brillar como si estuviera bañada en miel. Su figura esbelta, acentuada por la blusa negra de manga larga que llevaba, se veía frágil en ese momento de vulnerabilidad. 


—¿Bueno? —La voz que respondió era grave, ronca, como si estuviera acostumbrada a hablar por encima del ruido de motores y herramientas. 


—Hola, buenas tardes. ¿Hablo con Armando González? —preguntó Agostina, tratando de sonar más segura de lo que se sentía. 


—El mismo. ¿En qué puedo ayudarla? 


—Me pasó su número Camila. Soy una amiga de la universidad. Mi auto no arranca, está aquí, en el estacionamiento de la Universidad Nacional. 


Hubo un breve silencio al otro lado, como si estuviera consultando una agenda mental. —Entiendo. Estoy terminando un trabajo, pero puedo hacerme un tiempo. Deme la ubicación exacta, voy con el remolque. 


Agostia se la dio, sintiendo un alivio inmenso. —Muchas gracias, de verdad. Es urgente. 


—No se preocupe. En unos veinte minutos estoy ahí. La busco a usted personalmente. 


Colgó, y Agostina se recostó contra el asiento, cerrando los ojos. La espera se le hizo eterna. Cada minuto que pasaba era una prueba de paciencia. Observaba cómo los demás estudiantes se iban, uno a uno, en sus autos funcionales, riendo y planeando sus noches, mientras ella era una estatua de la desgracia mecánica. Finalmente, la mole de un camión de remolques pintado de un azul industrial se aproximó con un ronroneo potente, deteniéndose a pocos metros de su auto. La puerta se abrió y de ella se bajó un hombre. 


Agostina contuvo el aliento. Armando González no era el mecánico cincuentón y barrigón que su imaginación, influenciada por estereotipos, había dibujado. Este hombre era… imponente. Moreno, con la piel curtida por años de trabajo al aire libre, parecía tener alrededor de cuarenta y cinco años. Su estatura era considerable, y sus hombros, anchos y poderosos, tensaban la tela de su overol azul, que llevaba desabrochado y atado a la cintura, dejando ver una camiseta gris ajustada que delineaba un torso firme y musculoso. Su cabello, negro y entrecano en las sienes, estaba cortado con rudeza práctica. Caminó hacia ella con una seguridad que era casi un campo de fuerza, sus pasos firmes y medidos en el asfalto. 


Ella, casi instintivamente, se enderezó, sintiéndose repentinamente consciente de su propia presencia bajo esa mirada que, aunque aún no la había posado directamente en ella, parecía percibirlo todo. Él se detuvo a unos pasos, y sus ojos, del color del café cargado, la recorrieron de arriba a abajo sin el más mínimo disimulo. Agostina, bajo esa inspección silenciosa, sintió un calor súbito subirle por el cuello hasta sus mejillas. Llevaba una falda corta de cuadros rojos y negros, medias oscuras que se fundían con sus botas negras de caña media, y la blusa negra de manga larga que ceñía su torso esbelto. Sabía que su atuendo, perfecto para sentarse en un aula, ahora la exponía de una manera diferente bajo la lupa de este hombre. 


"Es una diosa de la sensualidad" Pensó Armando González, y el pensamiento fue tan inmediato y visceral como un golpe. Esa chica, con su aire de universitaria inocente y su cuerpo de sirena, era una contradicción que le quitó el aire por un segundo. 


—Agostina, supongo —dijo su voz grave, rompiendo el hechizo. 


—Sí. Hola. Muchas gracias por venir —respondió ella, encontrando su voz con dificultad. 


—Armando. Un placer. ¿Ese es el problema? —preguntó, señalando con la barbilla el auto compacto. 


—Sí. Hace ese ruido… como de cosa rota. 


—No se preocupe. Lo subo al remolque y lo llevamos al taller. Allí le echo un vistazo. 


No hubo más palabras. Armando se puso a trabajar con una eficiencia que hablaba de décadas de experiencia. Movía las herramientas, operaba el remolque, y en pocos minutos, el auto de Agostina estaba asegurado sobre la plataforma. Era un ballet de fuerza bruta y precisión. Agostina observaba, fascinada por la manera en que sus músculos se tensaban bajo la camiseta con cada movimiento. Él le abrió la portezuela de la cabina y ella subió, sintiendo el contraste entre el espacio íntimo y masculino del camión, con su olor a gasolina, cuero y café, y la fragancia dulce de su perfume. 


El trayecto hasta el taller fue mayormente silencioso. Agostina miraba por la ventana el paisaje urbano que se transformaba, alejándose del campus universitario para adentrarse en una zona más industrial. Armando conducía con una mano en el volante, concentrado. La tensión entre ellos era palpable, una corriente eléctrica que llenaba el espacio reducido de la cabina. No era incómoda, sino cargada, prometedora. Era el silencio de dos desconocidos que, por alguna razón, sentían que ya se conocían de otra vida. 


Llegaron a un taller ubicado en una calle lateral, un lugar amplio y alto, con herramientas colgadas en paneles de perforada y varios vehículos en distintos estados de reparación. Era el reino de Armando. Un espacio de caos ordenado, de grasa y metal. Él detuvo el camión y bajó. 


—Voy a descargarlo. Siéntase como en su casa —dijo, y se dirigió hacia atrás. 


Agostina bajó más lentamente, sintiendo el crujido de la grava bajo sus botas. El taller era fascinante en su extrañeza. Sus ojos verdes recorrieron las estanterías, los motores desmontados, los neumáticos apilados. Al fondo, una puerta abierta daba a una pequeña terraza de cemento que parecía asomarse a un terreno baldío y, más allá, al perfil de la ciudad. Se sintió atraída por esa apertura. Caminó hacia allí y salió. 


El aire de la tarde tardía era fresco, llevándose un poco del calor que sentía en las mejillas. Se apoyó en el muro de piedra baja que bordeaba la terraza, dejando que su mirada se perdiera en el horizonte, donde las luces de la ciudad empezaban a titilar como fuegos fatuos. La pose era relajada, pero su interior era un torbellino. La imagen de Armando, de su fuerza contenida, de su mirada intensa, no se iba de su cabeza. Se sentía extrañamente excitada, confundida por la atracción inmediata y poderosa que ese hombre le generaba. 


No escuchó sus pasos. Estaba tan sumergida en sus pensamientos que no percibió cómo Armando, una vez que dejó el auto en posición dentro del taller, salió a buscarla. La encontró allí, recortada contra el cielo crepuscular, su figura esbelta y sensual en su falda corta y sus medias oscuras, su melena rubia moviéndose suavemente con la brisa. Era una imagen de una tranquilidad y una belleza que le detuvo el corazón por un instante. 


Se acercó sin hacer ruido, como un lobo que hubiera avistado a su presa y calculara cada movimiento con paciencia depredadora. Se detuvo justo detrás de ella, tan cerca que podía sentir el calor de su cuerpo, el aroma sutil de su champú mezclándose con el aire. Agostina, absorta, no se dio cuenta de su presencia hasta que su voz, más suave de lo que había sido hasta ahora, rompió el silencio justo detrás de su oído. 


— Linda vista. 


Ella no se dio vuelta. Un estremecimiento le recorrió la espalda. Su voz sonó un poco temblorosa. 


— Sí. Me encanta. 


Permaneció así, de espaldas a él, sintiendo su proximidad como una masa de calor y potencialidad. Armando no se movió. Estaba allí, a centímetros, observando la nuca de Agostina, la curva de sus hombros, la manera en que su respiración parecía haberse acelerado. El lobo había acorralado al conejito, y ahora, en el silencio cargado de la terraza, con la ciudad como testigo distante, ambos sabían que algo estaba a punto de cambiar. 


La frase de Armando, susurrada tan cerca de su oreja, pareció quedar flotando en el aire crepuscular, mezclándose con el último resplandor anaranjado del día. Agostina no se movió. No podía. Cada uno de sus sentidos estaba hipnotizado por la presencia de ese hombre a sus espaldas, una presencia que ya no era solo sugerida sino física, tangible, un muro de calor que irradiaba desde apenas un par de centímetros de su cuerpo. Podía sentir la energía contenida, la respiración pausada pero profunda de Armando, y algo más, algo eléctrico y peligroso que hacía que su propio corazón martillara contra sus costillas como un pájaro enjaulado. 


El silencio se extendió, cargado de una promesa tan densa que casi se podía palpar. Agostina cerró los ojos, esperando algo, sin saber qué. Y entonces, sucedió. No con un movimiento brusco, sino con una lentitud deliberada y posesiva, las manos de Armando, grandes, callosas, marcadas por surcos de grasa que nunca saldrían del todo, se posaron sobre sus caderas. El contacto a través de la delgada tela de su falda fue como una descarga. Agostina contuvo el aliento. Esas manos no pidieron permiso. Simplemente tomaron lo que querían, afirmándose con una seguridad absoluta. 


Ella se quedó quieta. Paralizada no por el miedo, sino por una oleada de placer tan intensa y sorpresiva que le arrancó un jadeo silencioso. Si hubiera sido cualquier otro, un desconocido en la calle habría gritado, habría forcejeado, habría sentido pánico. Pero algo dentro de ella, algo profundo, primitivo e instintivo, le susurraba que ese hombre, ese mecánico moreno de manos rudos y mirada de halcón, era diferente. Era el indicado. No para un romance de novelas, sino para algo más visceral, más oscuro y, por eso mismo, más irresistible. Era la personificación de un deseo que ella misma no sabía que albergaba. 


Las manos de Armando no se detuvieron en las caderas. Con la misma parsimonia dominante, se deslizaron hacia atrás, cubriendo por completo las nalgas de Agostina, que se tensaron involuntariamente bajo su toque. Él las apretó, no con violencia, sino con una firmeza que hablaba de posesión, de exploración. Sus dedos se hundieron en la carne blanda a través de la tela, masajeando, evaluando la forma, la consistencia. Un gruñido bajo, casi inaudible, surgió del pecho de Armando y resonó en la espalda de Agostina. 


— Qué lindo culo tenés, princesa universitaria —murmuró su voz, ahora ronca, peor que antes, cargada de un deseo crudo—. Tan perfecto y escondido bajo esta falda de colegiala. ¿Te gusta mostrar? ¿Te gusta que te miren? 


Agostina no podía hablar. Solo podía temblar, apoyada contra el muro de piedra, sintiendo cómo sus piernas comenzaban a debilitarse. Una de las manos de Armando abandonó por un momento su nalga para deslizarse, con una audacia que le hizo cerrar los ojos con fuerza, hacia su entrepierna. La mano se posó allí, sobre el calor que ya emanaba de ella a través de las medias y la tela de su tanga, y ejerció una presión firme, circular. Era un juego lascivo, una invasión sin preámbulos. 


— Ah, acá está calentito —dijo él, y Agostina pudo oír la sonrisa lasciva en su voz—. Toda temblorosa la nena. ¿Nunca te tocaron así, contra un muro, como a una cualquiera? 


Ella sacudió la cabeza, un movimiento mínimo, negando, aunque la verdad era más compleja. Nunca así. Nunca con esta sensación de estar siendo tomada, de ser un objeto delicioso en manos de alguien que no tenía intención de pedir disculpas por quererlo. La mano de Armando jugueteaba sin piedad, frotando el algodón de su tanga contra su sexo, que respondía humedeciéndose con una traición vergonzosa y excitante. Cada movimiento de esos dedos expertos, duros por el trabajo, pero increíblemente precisos, la acercaba más al borde de algo monumental. 


Fue entonces cuando Armando perdió el último vestigio de paciencia. La fachada del profesional se desmoronó por completo, dejando al descubierto al hombre hambriento que había debajo. Con un movimiento rápido, casi brusco, liberó su miembro de su overol. Agostina lo sintió, duro y abrasador, presionando contra la entrada de sus nalgas, a través de la tela de sus medias. Un grito ahogado escapó de sus labios. 


— Cállate —ordenó Armando, y su tono no dejaba lugar a discusión—. Solo sentí. 


Con una mano, apartó la tela de la tanga a un lado, rasgándola levemente con la urgencia del gesto. No hubo más preparación. No hubo caricias previas, ni besos, ni palabras dulces. Solo la posesión pura y salvaje. Él la penetró de una vez, con una embestida profunda y total que hizo que Agostina arqueara la espalda y clavara las uñas en la piedra rugosa del muro. Un sonido entre un grito y un gemido se le escapó, ahogado por la sensación abrumadora de estar siendo llenada, desgarrada en lo más íntimo por un desconocido grandote y moreno que olía a trabajo y a deseo. 


— Así… —rugió Armando en su oído, comenzando a moverse con un ritmo potente, animal—. Así es como le gusta a la nena de papá, ¿no? Que un bruto como yo la tome contra un muro. Que la use. 


Agostina no podía pensar. El mundo se había reducido al roce áspero de la piedra contra sus palmas, al peso del cuerpo de Armando sobre su espalda, a la sensación increíble, devastadora, de cada embestida. Era salvaje. Era dominante. Y ella, en un estado de sumisión extática que nunca habría creído posible, lo amaba. Cada empuje la sacudía, hacía que sus pechos, constreñidos por la blusa y el corpiño, se estrellaran contra el muro. Jadeaba, perdida en un mar de sensaciones, mientras Armando la poseía con una fuerza que la hacía sentir diminuta y, al mismo tiempo, poderosa por ser el objeto de un deseo tan feroz. 


Mientras continuaba con su ritmo implacable, una de sus manos se deslizó por su costado, subió y se introdujo por debajo de su blusa, buscando el calor de su piel. Encontró uno de sus pechos, lo aprisionó con la misma rudeza con la que manejaba las herramientas, y lo masajeó a través del corpiño. El contraste entre la violencia del acto y la precisión de su toque era vertiginoso. 


— Estos también son lindos —gruñó, pellizcando su pezón a través de la tela hasta hacerla gemir—. Todo en vos está hecho para volver loco a un hombre. Para que te den por todos lados. 


Las palabras, soeces y humillantes, deberían haberla ofendido. En cambio, le llegaron directamente al centro mismo de su excitación, avivando el fuego que ya la consumía. El orgasmo la alcanzó de repente, sin aviso, como un tsunami. Un grito largo y tembloroso le explotó en la garganta mientras su cuerpo se convulsionaba, agarrado por contracciones violentas que parecían sacudirla desde las raíces. Se aferró al muro como si fuera lo único real en un universo que se desintegraba en puro placer. 


Pero Armando estaba lejos de terminar. "Es un regalo del cielo esta dulce universitaria", pensó, sintiendo cómo su interior se contraía alrededor de él. Redobló su ritmo, haciéndolo aún más profundo, más posesivo, sin darle tregua para recuperarse. 


— ¿Ya? ¿Tan rápido, princesa? —le dijo, burlón, mientras no dejaba de mover sus caderas—. Yo recién empiezo. Y vos vas a pedir más. Lo sé. Las putas como vos siempre piden más. 


Agostina, aún convulsionando por los ecos del orgasmo, con la mente nublada y el cuerpo hipersensible, encontró la voz. Era un hilo de sonido, quebrado por los jadeos. 


— Sí… más… por favor, no pares… 


La súplica, salida de sus labios, la hizo sentir aún más sumisa, más expuesta. Era exactamente lo que Armando quería oír. 


— ¿Ves? —dijo, y su voz era un triunfo siniestro—. A la nena le gusta que la traten mal. Le gusta probar la verga de un desconocido, de un mecánico sudado. ¿Cuántos habrá tenido, eh? ¿Te hace sentir sucia? ¿Pecadora? 


Cada palabra era un latigazo que, en lugar de herir, la excitaba hasta un punto de locura. Asintió, sin saber ya qué decía, qué pensaba. Solo sabía que nunca, en sus veinte años, había sentido algo tan intenso, tan degradante y tan glorioso a la vez. El cuerpo de Armando, sudoroso y poderoso, era su único ancla en la tormenta de sensaciones. Él la manejaba a su antojo, cambiando el ángulo, la profundidad, marcándola con cada embestida como si quisiera recordarle para siempre quién era el dueño de ese momento. 


La fricción se volvió más rápida, más desesperada. El sudor de ambos se mezclaba, pegando las telas de su ropa a la piel. Los gruñidos de Armando se hicieron más guturales, más cercanos. Agostina, a pesar de la exhaustación, sintió cómo un nuevo clímax comenzaba a construir dentro de ella, más lento, pero más profundo que el primero, alimentado por las palabras hirientes, por la dominación absoluta, por la sensación de estar siendo poseída en lo más básico y primario. 


— Vas a venirte conmigo —ordenó Armando, y era una orden, no una pregunta—. Ahora. Ven. 


Y como si su cuerpo obedeciera una voluntad ajena, el segundo orgasmo estalló en Agostina justo en el momento en que él llegaba a su propio límite. Un gemido largo y desgarrado salió de ambos, fundiéndose en el aire de la terraza. Él se hundió en ella hasta el fondo, sosteniéndola contra el muro mientras una oleada de calor la inundaba por dentro. Ella temblaba incontrolablemente, cada contracción de su interior extrayendo hasta la última gota de placer de él, y viceversa. Fue una culminación brutal, total, que los dejó a ambos sin aliento, pegados el uno al otro, con el peso de Armando sobre Agostina como un sello de lo ocurrido. 


Los segundos pasaron, marcados solo por el jadeo sincronizado y el latido furioso de sus corazones. Poco a poco, la realidad comenzó a filtrarse de nuevo. El frío de la noche en su piel sudada. La aspereza de la piedra. La sensación de líquidos cálidos escurriéndole por los muslos, dentro de sus medias rotas. 


Con un movimiento que parecía requerir un esfuerzo enorme, Armando se separó de ella. Agostina, sin su soporte, se deslizó un poco por el muro, sintiendo cómo sus piernas no respondían. Escuchó el sonido de su ropa siendo acomodada, la respiración que se iba normalizando. Ella no se movía. No podía. Ni siquiera se atrevía a darse vuelta. 


Entonces, su voz llegó a ella, ya no ronca de deseo, sino práctica, firme, como si lo que acababa de pasar fuera tan rutinario como cambiar una bujía. 


— Para mañana tendrás tu auto. Vení mañana a la tarde. 


Las palabras cayeron sobre Agostina como un balde de agua helada. No hubo un "gracias", ni un "fue lindo", ni siquiera un "¿estás bien?". Solo una instrucción. Un recordatorio de que, para él, ella había sido un entretenimiento, un "regalo del cielo" para aliviar la tensión pero, al fin y al cabo, un cliente. Un cuerpo prestado para descargarse. 


Sin esperar respuesta, escuchó sus pasos alejándose por la terraza, entrando al taller. La dejaba allí, apoyada en el muro, con su falda arrugada, sus medias rotas, su tanga rasgada a un costado, y su cuerpo y alma manchados, exhaustos, y vibrantes de una sensación desconocida. 


Pasaron varios minutos antes de que Agostina encontrara la fuerza para enderezarse. Se acomodó la ropa con manos temblorosas, sintiendo la humedad y el dolor en su entrepierna como un estigma. Bajó de la terraza y cruzó el taller con la cabeza gacha, sin mirar a Armando, quien ya estaba con la cabeza bajo el capó de su auto, como si nada hubiera pasado. Salió a la calle desierta y comenzó a caminar hacia su casa, que estaba a varias cuadras. 


Mientras caminaba, la confusión la abrumaba. Se sentía usada. Despreciada. Despechada, incluso. Él la había tomado, la había dicho cosas horribles, y la había desechado con la misma frialdad con la que descartaría una pieza gastada. Debería sentirse violada, furiosa, degradada. 


Pero no podía. Porque, en lo más profundo de su ser, un fuego recién encendido ardía con una intensidad aterradora. El recuerdo de sus manos ásperas en su piel, de su voz ordenándole, de la fuerza con la que la había poseído, la hacía estremecer de nuevo. Jamás en su vida un hombre la había tratado de esa forma. Con esa dominación absoluta, sin concesiones, sin romanticismos baratos. Y pensar en eso, en la crudeza animal del acto, en la sumisión total a la que se había entregado y de la que había disfrutado como una loca, la excitaba de una manera que la aterraba y la embriagaba al mismo tiempo. 


Caminó más rápido, sintiendo cómo el roce de su ropa interior rasgada le recordaba cada segundo. No sabía cómo reaccionar. No sabía qué sentir. Solo sabía que mañana a la tarde, su auto estaría listo. Y que ella, sin dudarlo un instante, volvería a ese taller. 



Continuara... 

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