El gesto de extender el mate hacia Armando fue realizado con una sumisión que ya no era solo física, sino que parecía haber calado en los huesos de Agostina. Sus dedos, aún temblorosos por el orgasmo y la exposición, rodeaban la calabaza mientras él, sentado en el banco de trabajo como un rey en su trono de hierro y grasa, la aceptaba sin una palabra de agradecimiento. Bebió un sorbo, sus ojos oscuros nunca dejándola, clavados en la visión de su cuerpo desnudo, marcado y humedecido, de pie frente a él. El silencio solo era roto por el sonido leve de su sorbo y el latido, aún acelerado, que Agostina sentía en sus sienes. El contraste era surrealista: el ritual doméstico y casi campechano del mate, compartido en la intimidad cruda y soez del taller, con ella desnuda como una ofrenda viviente.
Armando terminó el mate, dejó la calabaza a un lado con un golpe seco, y su mirada se volvió aún más intensa, más cargada de una orden que aún no había formulado. Agostina sintió un escalofrío anticipatorio. Sabía, con una certeza instintiva, que la sesión de uso no había terminado, que apenas era el intermedio. Él se acomodó en el banco, abriendo ligeramente las piernas, y su mano se posó sobre la entrepierna del overol, donde la tela ya se abultaba de nuevo con una promesa inconfundible.
— Bueno, princesa universitaria —dijo, y su voz era áspera, un mando disfrazado de término cariñoso—. Chúpame la verga, nena. Ya me calentaste de nuevo.
La orden, tan directa, tan gráfica, cortó el aire como un latigazo. No había un “por favor”, ni un “quiero”, ni siquiera un “podrías”. Era una instrucción clara, esperada, que no admitía discusión ni demora. Y Agostina, lejos de sentirse ultrajada por la crudeza, sintió que un nuevo escalón en su sumisión era revelado. Algo dentro de ella, ese núcleo oscuro y hambriento que Armando había descubierto, se estremeció de placer ante la idea de servirle de esa manera, de arrodillarse literalmente a sus pies y tomar en su boca la parte más íntima y dominante de él.
Sin pensarlo, sin vacilar un instante, se deslizó de la posición de pie hasta arrodillarse en el piso de cemento frío y sucio del taller. El contraste entre la delicadeza de su piel y la aspereza del suelo era otra marca más de su degradación voluntaria. Desde abajo, Armando parecía aún más grande, más imponente. Él desabrochó su overol y liberó su miembro, que ya estaba erecto y amenazante. Agostina lo miró, sintiendo una mezcla de reverencia y lujuria. Luego, con una lentitud que era en sí misma un acto de adoración, inclinó la cabeza y comenzó.
Al principio, fueron sólo besos. Suaves, casi tímidos, colocados a lo largo del largo palo, como si estuviera explorando un territorio sagrado. Sus labios, suaves y carnosos, se posaban en la piel caliente y tersa, subiendo desde la base hacia la punta, donde una gota de humedad perlada ya asomaba. Luego, su lengua se atrevió a salir. Pasó la punta por el frenillo, recogiendo el sabor salado y masculino, y un gemido bajo, de pura satisfacción animal, surgió de Armando.
— Así… —murmuró él, poniendo una mano en su cabeza, no para forzarla, sino para afirmar su posesión—. Con esa boquita de nena bien. Dale amorcito a la verga que te rompió bien ayer.
Las palabras, humillantes y excitantes, la empujaron a tomar más. Abrió los labios y tomó la punta en su boca, dando chupones suaves al principio, luego más firmes, aplicando una succión rítmica que hacía que Armando respirara más hondo. Una de sus manos, mientras su boca trabajaba, se deslizó hacia abajo, acariciando con delicadeza el saco de sus testículos, pesados y tensos, sintiendo su textura bajo sus dedos. Era un acto de servicio total, una devoción física que la tenía a ella misma al borde de un nuevo éxtasis.
Luego, decidida, llevó su sumisión más allá. Relajó la garganta, inclinó más la cabeza, y se lo tragó. No solo la punta, sino una buena parte de su longitud, permitiendo que el miembro duro y caliente se deslizara por su cavidad bucal hasta rozar el inicio de su garganta. Una lágrima, provocada por el refleo nauseoso y la intensidad emocional, asomó en la comisura de su ojo. Pero no se detuvo. Comenzó a mover la cabeza, creando un ritmo de vaivén, de penetración bucal, mientras su lengua acariciaba la parte inferior cada vez que retrocedía.
"Agostina se sentía extasiada por las sensaciones de estar a los pies de un hombre dominante", y era una verdad absoluta. Arrodillada en el suelo frío, con el sabor a sal y a hombre en su boca, con sus manos acariciando las bolas de su dueño, se sentía más realizada, más ella misma, que en cualquier salón de clases o cita educada. Nunca, en sus más oscuras fantasías, había imaginado que sentirse humillada, reducida a un objeto sexual a disposición de un hombre, pudiera producir semejante marejada de placer puro, no solo físico, sino psicológico. Era la entrega total lo que la embriagaba.
— Qué bien chupas, putita —la alentaba Armando, su voz cada vez más ronca, su mano apretando su cabello con más fuerza—. Parece que naciste para esto, eh. Para arrodillarte y tragar verga. ¿En la universidad no te enseñan esto, no? Te tendrían que dar un título. "Putita profesional de mecánicos".
Cada insulto, cada palabra degradante, era como un golpe de combustible al fuego de su excitación. Asentía levemente con la cabeza, sin dejar su tarea, un murmullo de asentimiento vibrando alrededor de su miembro.
— Sí, eso… gime así… —continuó él—. Me encanta sentir cómo te calienta ser mi perra. Mi perra linda y rubia que me viene a buscar el auto y termina mamándomela como una desesperada.
Fue en ese momento, mientras ella se perdía en el ritmo y en el sabor, que Armando hizo algo que introdujo un nuevo nivel de riesgo, de oscuridad, en el juego. Con su mano libre, sacó su teléfono celular del bolsillo del overol. Lo desbloqueó con un dedo y, sin decir una palabra, levantó el brazo, encuadrando la escena: a Agostina, desnuda y arrodillada entre sus piernas, con su miembro profundamente hundido en su boca, su rostro visiblemente extasiado a pesar del esfuerzo, las lágrimas de esfuerzo y emoción en sus mejillas. La luz fría de la pantalla iluminó brevemente la escena antes de que él presionara para comenzar a grabar.
Agostina vio el gesto por el rabillo del ojo. Un destello de pánico, racional y comprensible, cruzó su mente. ¿Grabarla? ¿Sin su permiso? Era una violación, un peligro real. Pero ese destello fue apagado al instante por una oleada aún más poderosa de sumisión extática. En la lógica distorsionada y ardiente de ese momento, todo lo que hacía Armando estaba bien. Él era el dueño de la situación, de su cuerpo, de su placer. Si él quería grabar este momento, era porque formaba parte de su posesión, de su dominio sobre ella. No dijo nada. No protestó. Solo cerró los ojos con más fuerza, concentrándose en la sensación en su boca, en el sonido de su respiración entrecortada, en la humillación gloriosa de saberse filmada en tal acto de sometimiento. Y, perversamente, eso la excitó aún más. Su ritmo se hizo más enérgico, más desesperado, como si quisiera darle un buen espectáculo para su video.
Armando soltó una carcajada baja, satisfecha.
— Mirá, hasta se pone más caliente cuando la filmo —dijo, ya no solo a ella, sino tal vez para el micrófono del celular, o para sí mismo—. Le gusta que la vean. Que sepan lo puta que es.
Luego, quizás excitado por la visión en la pantalla o por la entrega absoluta de Agostina, su mano que estaba en su nuca se volvió más autoritaria. Dejó de ser una guía para convertirse en un instrumento de control. La apretó con firmeza y comenzó a moverla, a establecer un ritmo más rápido y profundo que el que ella llevaba. Ya no era ella quien lo chupaba; era él quien se la cogia en la boca, usando su cabeza como una extensión más de su placer.
— Toma, puta —gruñó, embistiendo hacia arriba—. Toda. Trágatela toda.
Agostina se ahogaba. La punta golpeaba repetidamente el fondo de su garganta, desencadenando reflejos nauseosos que ella luchaba por contener. La saliva, abundante e incontrolable, se derramaba por sus labios y su barbilla, mezclándose con los restos de su propio maquillaje y las lágrimas. Su rostro se enrojecía por el esfuerzo, por la falta de aire momentánea, por la intensidad brutal del acto. Pero en sus ojos verdes, entrecerrados y llorosos, no había miedo ni angustia. Había éxtasis. Un éxtasis perverso y completo. "Ella tenía un orgasmo sin tocarse, solo por sentirse inferior y humillada." Y así fue. Mientras Armando la usaba para su placer, mientras la grababa, mientras la hacía ahogarse con su miembro, una onda expansiva de placer puramente psicológico y emocional estalló en el centro de su ser. No hubo contracciones físicas en su sexo, pero una descarga eléctrica de una intensidad abrumadora la recorrió de la cabeza a los pies, haciéndola estremecerse y gemir alrededor de su miembro, un sonido ahogado y vibrante que fue la culminación de su entrega total. Fue un orgasmo del alma, nacido de la anulación de sí misma ante la voluntad de él.
Esa contracción profunda de su garganta, ese gemido ahogado, fue el detonante final para Armando. Con un rugido gutural, se dejó ir, vaciándose en lo profundo de su garganta en pulsos calientes y potentes. Agostina, en trance, tragó instintivamente, aceptando hasta la última gota de su esencia, completando el círculo de su humillación y su servicio.
Por unos largos segundos, solo hubo sonidos de respiración jadeante y recuperación. Armando retiró su miembro, ya sensible, de sus labios hinchados y brillantes de saliva. Ella permaneció arrodillada, jadeando, con los ojos vidriosos, el rostro manchado y gloriosamente arruinado, un cuadro perfecto de la puta sumisa que él había creado.
Armando, con calma, guardó su teléfono en el bolsillo. Se levantó, se acomodó la ropa, y la miró desde arriba. Su expresión no era de cariño, ni de gratitud. Era la mirada fría y práctica de un hombre que ha obtenido lo que quería y evalúa el siguiente paso.
— Bueno —dijo, su voz volviendo a la neutralidad del mecánico—. Llévate el auto. —Se dio vuelta, caminó hacia un clavo en la pared donde colgaban unas llaves, las tomó y se las lanzó a ella. Agostina, aún arrodillada, las atrapó al aire con torpeza—. Pero si volvés —agregó, y aquí su tono bajó, cargado de una promesa oscura y absoluta—, te haré mi puta personal.
No hubo más explicaciones. No hubo un "gracias", un "hasta luego", ni siquiera un gesto para ayudarla a levantarse. Solo esas palabras frías, que eran a la vez una despedida y una invitación envenenada. "Si volvés, te haré mi puta personal." Era una sentencia que sellaba su futuro si ella elegía cruzarlo. Implicaba una pertenencia más allá de estos encuentros esporádicos, una servidumbre sexual a tiempo completo, a su disposición.
Agostina, temblorosa, se puso de pie. Sus piernas le respondían a duras penas. Recogió su vestido esmeralda del suelo, pero no se lo puso. Solo lo apretó contra su pecho, como un escudo débil. Caminó pasando junto a Armando, que ya se había vuelto hacia un tablero de herramientas, fingiendo indiferencia. Sintió su mirada en su espalda, sin embargo. Era como una marca al rojo vivo.
Entro a su auto, se deslizó dentro y, por fin, se puso su vestido con movimientos rápidos y torpes. Encendió el motor. El auto arrancó de inmediato, con un ronroneo suave que contrastaba brutalmente con los sonidos guturales que acababa de escuchar y producir.
Manejó de vuelta a su casa en un estado de shock. El sabor de Armando, salado y masculino, aún estaba en su boca. Lo sentía en la garganta, en los labios. Era un recordatorio físico, ineludible, de lo que había hecho, de lo que había sido. El auto funcionaba a la perfección, pero ella sabía que el precio pagado había sido otro. Un precio que, según las palabras finales de él, podía convertirse en una suscripción perpetua.
Se sentía usada, desechada, y al mismo tiempo, electrificada, viva como nunca. La frase "mi puta personal" resonaba en su cabeza, mezclándose con el sabor en su boca. Era una perspectiva aterradora, una pérdida total de control. Pero también, y lo sabía en lo más profundo de su ser mientras el paisaje urbano pasaba por su ventana, era la promesa más excitante que jamás le habían hecho. El taller, el hombre moreno de manos ásperas y palabras soeces, y el rol de putita obediente, la esperaban. Y ella, con el sabor de él en la boca y el eco de su dominio en cada fibra de su cuerpo, ya sabía, con un escalofrío de terror y deseo, que volvería.
Continuara...

Comentarios
Publicar un comentario