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Nacida para ser cazada — Parte 6

 


El amanecer del segundo día llegó con un frío húmedo que se metía hasta los huesos. 


Emily se despertó pegada al cuerpo de Rodolfo, sintiendo el calor de él como una segunda piel. Durante un segundo —un solo segundo, el que tardó su cerebro en recordar dónde estaba— se sintió a salvo. Protegida. Como si ese abrazo fuera de un padre que cuida a su hija, y no de un cazador que marcó a su presa. 


Después abrió los ojos y vio el bosque. Las mantas térmicas plateadas. Los perros dormidos junto a los rescoldos de la fogata. Y el árbol donde habían atado a Lucía. 


Vacío. 


Emily se incorporó de golpe, el corazón latiéndole en la garganta. Miró a su alrededor buscando el cuerpo rubio, las piernas largas, los ojos llenos de lágrimas. Pero no había nada. Solo la soga colgando de la rama, moviéndose con el viento como una serpiente muerta. 


—Los ayudantes se la llevaron —dijo Rodolfo sin abrir los ojos, con la voz ronca de sueño—. A su jaula. 


Emily se quedó mirando la soga vacía. Pensó en Lucía despertándose en la oscuridad, en manos de hombres que no hablaban, siendo cargada como un bulto a través del bosque, metida otra vez en una jaula de metal. 


"Y yo dormía mientras la llevaban" pensó, y la culpa le retorció el estómago. "Dormía abrazada a su violador." 


Rodolfo se sentó, estiró los brazos como un gato perezoso, y empezó a buscar en la mochila. Emily lo observó mientras él sacaba un pequeño dron plegable, de esos que se usan para filmar paisajes desde el aire. Lo armó con movimientos precisos, acostumbrados, y lo elevó sobre el claro. 


La pantalla del control remoto mostraba el bosque desde arriba: un manto verde interminable, salpicado por las sombras alargadas de los árboles. Rodolfo movía los joysticks con una mano mientras con la otra sostenía una barra de cereal, mordiendo distraído. 


Emily también comía, pero no sentía el sabor. Sus ojos estaban fijos en la pantalla, esperando ver algo. Una mancha blanca. Un movimiento. Un cuerpo desnudo entre la vegetación. 


—Ahí —dijo Rodolfo, señalando la pantalla con la punta de la barra de cereal. 


A unos doscientos metros de ellos, en una zona donde los árboles se aclaraban, había una mancha roja. No era pintura. Era pelo. Una pelirroja, acurrucada al pie de un tronco caído, durmiendo con los brazos envueltos alrededor de sus rodillas. Su cuerpo era pálido, casi transparente bajo la luz del amanecer, y sus pechos se aplastaban contra sus muslos en una posición que parecía incómoda pero que el sueño profundo le impedía corregir. 


Dejaron de comer al mismo tiempo. 


Rodolfo guardó el dron en la mochila con movimientos rápidos, eficientes. Emily se puso de pie y ajustó la falda de camuflaje, sintiendo cómo la tela se le pegaba a las nalgas todavía calientes por el sueño. Los perros se levantaron también, las orejas erectas, las colas quietas. 


—Silencio —dijo Rodolfo, y caminaron hacia la presa. 


La pelirroja no se despertó cuando se acercaron. Estaba profundamente dormida, el agotamiento de la huida pesándole más que cualquier instinto de supervivencia. Emily se quedó a unos metros, observando, mientras Rodolfo se posicionaba a diez pasos de distancia, levantaba la pistola de paintball, apuntaba. 


El disparo fue suave. Un pum ahogado, casi cortés. 


La bola verde impactó en la espalda de la pelirroja, justo entre los omóplatos. La pintura se esparció sobre su piel como una flor que florece en segundos. 


Ella se despertó sobresaltada. Sus ojos se abrieron de par en par, su boca articuló un grito que no llegó a salir porque Rodolfo ya estaba sobre ella. La agarró de las muñecas, las apretó contra el piso por encima de su cabeza, y sus cuerpos quedaron pegados: el de él, vestido de camuflaje, el de ella, desnudo y temblando. 


Emily se arrodilló a un costado, mirando. 


Esta chica no era Lucía. No había amistad entre ellas, ninguna historia compartida, ningún lazo que Emily pudiera reconocer. Era una desconocida, una más de las ciento cincuenta, y quizás por eso Emily podía observarla con una distancia que no había tenido el día anterior. 


La pelirroja luchó. 


Emily notó la diferencia enseguida. Lucía se había quedado paralizada, atrapada en la confusión entre el miedo y el deseo. Pero esta chica —esta pelirroja de pecas en los hombros y pezones color rosa claro— luchaba de verdad. Sus piernas pateaban el aire. Sus caderas se retorcían intentando zafarse. Sus dientes mordían cualquier cosa que estuviera a su alcance, y en un momento casi alcanzan la mano de Rodolfo. 


Él no se inmutó. La inmovilizó con el peso de su cuerpo, le separó las piernas con las rodillas, y la penetró. 


Emily vio cómo los ojos de la pelirroja cambiaban en ese momento exacto. La sorpresa primero —como si no pudiera creer que realmente estaba pasando—, después la rabia, y después... después algo se quebraba. Algo se rompía adentro de ella, algún mecanismo de resistencia que el cuerpo no podía sostener cuando la penetración ya era un hecho. 


Rodolfo comenzó a moverse. Primero lento, después más rápido. La pelirroja dejó de patear. Sus piernas cayeron abiertas a los costados, temblando. Sus brazos, que habían forcejeado por liberarse, quedaron flojos sobre su cabeza. 


Y cuando él se corrió —Emily lo supo por la forma en que su cuerpo se tensó, por el gruñido ahogado que escapó de su garganta—, la pelirroja cerró los ojos. Las lágrimas resbalaron por sus mejillas pecosas, pero su boca... su boca estaba entreabierta, los labios húmedos, la respiración entrecortada. 


Cuando los abrió otra vez, su mirada era distinta. Ya no era la mirada de alguien que lucha. Era la mirada de alguien que acaba de entender las reglas de un juego nuevo. 


"Se rindió" pensó Emily, y el pensamiento la golpeó con una mezcla de alivio y horror. "Cuando sintió su leche adentro, se rindió." 


Rodolfo ató las muñecas de la pelirroja, la dejó recostada contra el tronco caído, y siguió caminando. Emily detrás de él, la mochila otra vez en los hombros, los perros adelante. 


El resto del día fue una sucesión de capturas. 


La segunda presa fue una amiga de una amiga de Emily. La reconocía de la universidad, aunque nunca habían hablado. Morocha, delgada, con un tatuaje de una mariposa en la cadera. Corrió mucho cuando sintió los perros —Emily la vio alejarse entre los árboles con una velocidad que parecía imposible para alguien que llevaba más de un día sin comer— pero al final se detuvo. Se apoyó en un árbol, jadeando, y cuando Rodolfo apareció entre las ramas, ella simplemente bajó la cabeza. 


No luchó. 


Quizás no le quedaban fuerzas. Quizás había decidido que entregarse dolía menos. Se dejó penetrar en silencio, con los ojos cerrados, las manos apretadas contra el tronco del árbol. No gimió. No lloró. Solo respiró, hondo y parejo, como si estuviera meditando. 


Cuando Rodolfo terminó, ella se dejó atar sin resistencia. 


La tercera presa fue distinta. 


Emily la encontró con los binoculares infrarrojos cuando la noche ya había caído. La oscuridad del bosque era absoluta —no había luna, y las nubes tapaban las estrellas— pero la imagen térmica mostraba su cuerpo con claridad: una mancha naranja y roja, encogida, arriba de un árbol. 


—Ahí —susurró Emily, señalando la copa. 


Rodolfo asintió. Apuntó hacia arriba, disparó. El grito de la chica se escuchó en toda la montaña —un alarido de sorpresa, de dolor, de miedo— y después ella empezó a bajar del árbol. Pero la bajada fue torpe, apurada, y a mitad de camino su pie resbaló. 


El crujido del tobillo al torcerse fue tan fuerte que Emily lo escuchó a diez metros. 


La chica cayó al piso, aferrándose la pierna, los dientes apretados contra un gemido que no quería soltar. Era morocha también, más joven que las otras, quizás dieciocho o diecinueve. Su cuerpo era menudo, casi frágil, con pechos pequeños y caderas estrechas. 


Rodolfo se acercó. La morocha intentó gatear hacia atrás, pero el tobillo lastimado la traicionó. Emily la vio morderse el labio para no llorar, vio cómo sus ojos buscaban una salida que no existía. 


Cuando Rodolfo la penetró, ella luchó. Pero no como la pelirroja, con fuerza y rabia. Luchó como un animal acorralado, con desesperación, con pequeños movimientos convulsivos que no servían de nada pero que no podía evitar. Sus manos empujaban el pecho de Rodolfo, sus uñas raspaban su camuflaje, su voz soltaba un grito continuo, agudo, que se perdía en la oscuridad del bosque. 


—Agarrale los brazos —ordenó Rodolfo, y Emily obedeció. 


Se arrodilló detrás de la cabeza de la morocha y le sujetó las muñecas contra el piso. La chica levantó la vista y la miró. Sus ojos eran negros, enormes, y en ellos Emily vio el miedo puro, sin adulterar, sin la capa de resignación que ya empezaba a ver en las otras. 


"Yo también tuve ese miedo" pensó Emily. "La primera vez. Contra el árbol. Cuando no sabía si iba a sobrevivir." 


Pero después el miedo empezó a cambiar. 


La morocha dejó de gritar. Sus piernas, que habían pateado sin control, se quedaron quietas. Su respiración, que había sido un jadeo entrecortado, se volvió más profunda, más rítmica. Y sus gemidos... sus gemidos pasaron de ser de dolor a ser de otra cosa. 


Emily lo sintió en sus propias manos, que seguían apretando las muñecas de la chica. Sintió cómo los músculos de sus brazos se relajaban, cómo sus dedos dejaban de forcejear y empezaban a aferrarse a las manos de Emily como si necesitaran un punto de apoyo en medio de un terremoto. 


La morocha tuvo un orgasmo. Fue violento, ruidoso, casi animal. Su cuerpo se arqueó contra el de Rodolfo, su boca se abrió en un grito que ya no tenía nada de miedo, y sus ojos se cerraron con fuerza mientras todo su ser temblaba. 


Después se quedó quieta. Jadeando. Con las piernas abiertas y los brazos flojos. 


Emily la soltó y se sentó en el piso. Miraba a la chica, al cuerpo menudo que seguía temblando con los ecos del placer, y no entendía. 


"Cómo puede ser" pensó. "Cómo se puede pasar del miedo al placer en un instante. O... ¿el miedo da placer?" 


Se llevó una mano a su propia entrepierna, sin pensar. La tela de la falda estaba húmeda. Ella también. Ella también había sentido algo viendo la lucha, viendo la rendición, viendo cómo el cuerpo de esa desconocida se entregaba a su padre. 


"¿Eso soy ahora?" se preguntó. "¿Alguien que se excita viendo cómo violan a otras?" 


No había respuesta. O sí, la había, pero estaba enterrada tan adentro que no quería mirarla. 


 


No encontraron más presas esa noche. Caminaron durante horas, los binoculares infrarrojos barriendo el bosque en todas direcciones, pero no vieron ninguna mancha naranja. Las chicas se habían escondido bien, o habían sido capturadas por otros cazadores, o simplemente habían desaparecido en la oscuridad. 


Cuando el sol empezó a asomar por el horizonte del tercer día, un helicóptero sobrevoló el valle. 


Las hélices cortaban el aire con un ruido que se escuchaba desde la cima del cerro. Emily levantó la vista y vio la nave negra, pequeña como un insecto contra el cielo naranja. Una voz amplificada por un parlante anunció algo que se perdió por el viento, pero que ella entendió igual. 


Las ciento cincuenta ciervas habían sido cazadas. 


Rodolfo sonrió. Era una sonrisa cansada, pero satisfecha. 


—Terminó —dijo, y guardó los binoculares en la mochila. 


Volvieron a la casa principal caminando despacio, sin apuro. El sol calentaba las espaldas de Emily y sentía cómo la piel se le ponía colorada después de dos días expuesta al aire libre. Los perros caminaban flojos, las lenguas afuera, también agotados. 


Cuando llegaron, las jaulas estaban alineadas frente a los galpones, igual que el primer día. Pero ahora estaban llenas de chicas marcadas, cada una con un collar de un color distinto que indicaba a qué cazador pertenecía. Algunas lloraban, otras miraban al vacío, otras dormían en posición fetal. Sus cuerpos desnudos tenían moretones, rasguños, marcas de mordidas. Pero también tenían los collares. 


"Como yo" pensó Emily, tocándose el cuello. "Como todas nosotras." 


Los cazadores estaban reunidos alrededor de una mesa larga que habían armado en el pasto. Alguien había traído champagne, alguien más había traído cigarros, y todos reían y se felicitaban como después de un partido de fútbol. Las acompañantes estaban de pie detrás de ellos, cargando las mochilas vacías, esperando. 


Rodolfo se acercó al grupo. Los hombres lo recibieron con palmadas en la espalda, apretones de mano, frases en diferentes idiomas que Emily no entendía. Él sonreía, aceptaba los cumplidos, pero sus ojos seguían buscando algo. 


El ganador fue un mexicano. 


Emily lo reconoció por la forma en que los demás lo rodeaban, por la copa que levantaban en su honor, por el número que alguien gritó en voz alta: once. Había cazado once ciervas. Más que nadie. 


El mexicano era joven, tal vez treinta años, con una barba negra bien recortada y una sonrisa que mostraba todos los dientes. Vestía camuflaje como los demás, pero su chaqueta tenía parches de su país bordados en los hombros. Caminó entre las jaulas como un rey revisando su tesoro, deteniéndose frente a algunas chicas, negando con la cabeza, siguiendo. 


Cuando llegó a la jaula de Martina, se detuvo. 


Emily sintió que el mundo se le caía encima. 


Martina. Su amiga. Una de las mejores. La que se reía hasta llorar, la que organizaba los after parties, la que siempre llevaba un cargador extra para el celular por si a alguien se le moría la batería. Estaba en cuclillas en su jaula, con el pelo revuelto, los ojos hinchados de tanto llorar, y el collar verde que indicaba que era presa del mexicano. 


El tipo la miró de arriba abajo. Martina bajó la cabeza. 


—Ésta —dijo, y señaló su jaula—. Y ésta, y ésta, y ésta. 


Fue eligiendo una por una. Diez chicas. Diez cuerpos desnudos que temblaban bajo su mirada. Diez vidas que se iban con él a México, a su país, a su casa, para que se divirtiera con ellas el resto de su vida. 


Martina era una de ellas. 


Emily quiso gritar. Quiso correr hacia la jaula, abrazar a su amiga, decirle que lo sentía, que no era su culpa, que ella nunca imaginó que terminaría así. Pero sus pies no se movieron. Sus manos no se levantaron. Su boca no se abrió. 


Se quedó paralizada, mirando cómo el mexicano se llevaba a Martina, sabiendo que nunca más la volvería a ver. 


"Algún lugar de México" pensó. "En una mansión, o en un sótano, o en un galpón como este. Martina va a estar ahí, y yo voy a estar acá, y nunca más..." 


No pudo terminar el pensamiento. 


Los cazadores se empezaron a ir. Unos en autos, otros en camionetas, otros en el helicóptero que seguía dando vueltas. Se llevaban a sus presas atadas, o caminando, o cargadas como bultos. Las acompañantes se iban con ellos, también, como parte del equipaje. 


El anciano gordo —el de las sobrinas— se acercó a la jaula de Sofía. 


La callada. La del cuerpo perfecto. Estaba de rodillas en el fondo de su jaula, con las manos apoyadas en los muslos, la mirada perdida en algún punto del horizonte. Cuando el anciano abrió la puerta, ella levantó la vista, pero no dijo nada. Se dejó sacar, se dejó poner una cadena en el collar, se dejó llevar hacia el auto. 


Emily sintió un alivio tan grande que casi le dolió. 


"Solo un mes" pensó. "Sofía va a ser su mascota solo un mes. Después la va a soltar." 


Se aferró a ese pensamiento como a un salvavidas. 


Cuando el último auto se perdió por el camino de tierra, Rodolfo y Emily quedaron solos con los empleados, las jaulas vacías, y cuatro chicas. 


Las cuatro que él había cazado. 


Lucía, la pelirroja, la amiga de la amiga, y la morocha del tobillo torcido. Estaban en jaulas individuales, alineadas frente al galpón, mirando a Rodolfo con una mezcla de miedo y algo más que Emily ya empezaba a reconocer. 


Él se acercó a las jaulas una por una. Las abrió, sacó a las chicas, las llevó hacia un costado donde habían armado una especie de ducha al aire libre —mangueras conectadas a un calefón, toallas blancas apiladas en una silla— y comenzó a bañarlas. 


Emily observó desde la distancia al principio. Vio cómo Rodolfo enjabonaba la espalda de Lucía con movimientos suaves, circulares, como si estuviera acariciando a un animal valioso. Vio cómo le lavaba el pelo rubio, con cuidado de no meterle jabón en los ojos, y cómo después la envolvía en una toalla blanca y la dejaba sentada en una silla. 


Después pasó a la pelirroja. Le limpió las marcas de pintura verde de la espalda, le lavó los pies cortados y ensangrentados, le curó una herida en la rodilla con alcohol y algodón. La pelirroja se dejaba hacer, los brazos caídos a los costados, la mirada perdida en el vacío. 


La amiga de la amiga no quiso mirarlo a la cara. Se quedó de espaldas mientras él le lavaba la espalda, los hombros, la nuca. Pero cuando él le pasó la esponja por los pechos, ella cerró los ojos y apoyó la cabeza contra el pecho de él. 


La morocha del tobillo torcido fue la última. Rodolfo le vendó el tobillo con una venda elástica, con una delicadeza que Emily no le conocía, y después la ayudó a caminar hasta la silla. 


Cuando las cuatro estuvieron limpias, secas y vendadas, Rodolfo se paró frente a ellas. Las chicas lo miraban desde abajo, sentadas en las sillas, con las toallas blancas alrededor de los hombros y el miedo flotando en el aire como un perfume barato. 


—Chupen —dijo. 


No era una orden. Era una instrucción. Algo que sabían que tenían que hacer, aunque nadie se lo hubiera explicado. 


La primera en arrodillarse fue Lucía. Bajó de la silla, se puso de rodillas sobre el pasto, y juntó las manos sobre el regazo. La toalla cayó de sus hombros, dejando sus pechos al aire. 


La pelirroja la siguió. Después la amiga de la amiga. Después la morocha, con su tobillo vendado, apoyando una mano en el piso para no perder el equilibrio. 


Las cuatro estaban de rodillas frente a Rodolfo. Desnudas. Limpias. Esperando. 


Emily se quedó parada a un costado, sin saber qué hacer. Sus manos colgaban flojas a los costados. Su respiración se había vuelto más rápida, pero no podía decir por qué. 


Rodolfo bajó el cierre de su pantalón. Las chicas lo miraron hacerlo, y ninguna apartó la vista. Cuando su miembro quedó al aire, duro y grueso, ellas intercambiaron miradas rápidas —una conversación silenciosa de miedo y aceptación— y después se acercaron. 


Lucía fue la primera. Tomó la cabeza del miembro con los labios, tímida al principio, como si estuviera aprendiendo. La pelirroja le siguió, lamiendo el costado, la base. La amiga de la amiga se encargó de los testículos, metiéndoselos en la boca uno por uno. Y la morocha —la más joven, la del tobillo vendado— se quedó mirando un momento, y después besó la punta como quien besa una hostia en la iglesia. 


Cuatro bocas. Cuatro lenguas. Cuatro pares de ojos que miraban a Rodolfo desde abajo, buscando aprobación, buscando una caricia, buscando algo que no sabían nombrar. 


Emily observaba desde el costado y sentía cómo su cuerpo se calentaba. La humedad entre sus piernas ya era innegable, pegajosa, imposible de ignorar. Sus pezones se habían endurecido bajo el top de camuflaje, y sus manos temblaban. 


"Mirá lo que estás viendo" se dijo a sí misma, pero el pensamiento se perdía en el ruido de las bocas chupando. "Son cuatro chicas. Están haciendo eso con tu padre. Y a vos te está gustando." 


No pudo aguantar más. 


Emily se llevó una mano a la entrepierna. Metió los dedos por debajo de la falda, encontró su propia humedad caliente, y empezó a masturbarse con desesperación. No con suavidad, no con paciencia, sino con la urgencia de alguien que lleva días aguantando y no puede más. 


Sus dedos se movían rápidos, circulares, apretando justo donde más lo necesitaba. Mordió su labio inferior para no gemir, pero los gemidos se le escapaban igual, mezclados con la respiración entrecortada. 


Las cuatro chicas seguían con su tarea. Rodolfo había apoyado una mano en la cabeza de Lucía, guiándola suavemente, y sus ojos estaban cerrados. Su respiración se había vuelto más pesada, más irregular. 


—Así —murmuró—. Así, todas. 


Emily sintió que el orgasmo se acercaba como un tren a toda velocidad. Sus dedos se movían más rápido, más fuerte, y su otra mano se apretaba contra su boca para no gritar. 


Rodolfo se corrió primero. 


Fue un chorro blanco, espeso, que cayó sobre los rostros levantados de las cuatro chicas. Cayó sobre la frente de Lucía, sobre la mejilla de la pelirroja, sobre los labios de la amiga de la amiga, sobre la nariz de la morocha. Ellas cerraron los ojos al recibirlo, algunas abrieron la boca para atraparlo, otras se quedaron quietas sintiendo cómo resbalaba por sus rostros. 


En ese momento exacto, Emily tuvo su orgasmo. 


Fue un latigazo que la hizo doblarse sobre sí misma, apoyando una mano en la pared del galpón para no caerse. Los dedos se le quedaron apretados entre las piernas, mojados, mientras las contracciones le recorrían el vientre y las piernas le temblaban. 


"Terminé al mismo tiempo que él" pensó, y la idea le resultó tan obscena, tan íntima, tan prohibida, que casi se rió. 


Las cuatro chicas seguían de rodillas, los rostros manchados, mirando a Rodolfo con una expresión que Emily ya conocía bien. No era solo miedo. Era algo más. Era esa sumisión que nace cuando el cuerpo aprende a rendirse antes que la mente. 


Rodolfo se agachó frente a ellas. Les limpió las caras con una toalla blanca, una por una, con la misma suavidad con la que las había bañado. Después les acarició el pelo, les levantó la barbilla para mirarlas a los ojos. 


—Este mes son mías —dijo, y su voz era tranquila, casi tierna—. Después van a ganar su libertad. 


Las cuatro asintieron. No dijeron nada. No hacía falta. 


Emily seguía apoyada en la pared, jadeando, con los dedos todavía húmedos entre las piernas. Miró a las chicas de rodillas. A su padre parado frente a ellas. A los collares que ya colgaban de sus cuellos. 


"Libertad" pensó, y la palabra le sonó hueca, como una campana rota. "¿Qué es la libertad?" 


Porque ella la había tenido. Había sido libre, o algo parecido, antes de esa primera invitación al campo. Y había usado su libertad para ponerles collares a sus amigas. Para arrodillarlas frente a su padre. Para excitarse viendo cómo se corría en sus caras. 


"¿Qué clase de libertad es esa?" se preguntó. "¿O nunca fui libre? ¿O nadie lo es?" 


Rodolfo se dio vuelta y la miró. Cruzaron la mirada a través del claro, entre las jaulas vacías y las cuatro chicas arrodilladas. En los ojos de él no había juicio. Solo una aceptación tranquila de lo que ella era, de lo que se estaban convirtiendo juntos. 


—Vamos —dijo, y le tendió la mano—. Nos vamos a casa. 


Emily tomó esa mano. Sintió los dedos grandes y calientes envolviendo los suyos, sintió la seguridad que le daba pertenecerle, sintió el vértigo de saber que ya no quería soltarse. 


Subieron a la camioneta. Las cuatro chicas fueron atrás, en la caja abierta, con mantas para abrigarse del frío de la montaña. El viaje hasta el aeropuerto privado fue silencioso, el paisaje de cerros deslizándose detrás de los vidrios polarizados como un sueño del que Emily no podía despertar. 


En el avión, Rodolfo se sentó a su lado. Le rozó la pierna con los dedos, distraído, mientras miraba por la ventana. 


—Todavía te queda mucho que aprender —dijo, y su voz era baja, íntima—. Pero no te preocupes. 


Hizo una pausa. El avión comenzó a descender hacia la ciudad, y las nubes blancas tapaban el paisaje como una sábana. 


—Yo te voy a enseñar todo, hija. 


Emily apoyó la cabeza en su hombro. Cerró los ojos. Sintió el collar de cuero apretándole el cuello, el calor del cuerpo de su padre contra el suyo, la certeza de que este mes iba a terminar y ella iba a ser libre otra vez. 


Pero también sintió algo más. 


Algo que no quería nombrar. Algo que se parecía a la esperanza de que, cuando llegara ese día, él no la soltara. 


El avión aterrizó. Las luces de la ciudad brillaban abajo como un campo de estrellas artificiales. Y Emily, con la cabeza en el hombro de su padre y las manos apoyadas en sus propias rodillas, se preguntó por primera vez si la libertad era otra forma de jaula. 


"Quizás" pensó, mientras el avión frenaba en la pista. "Quizás todas somos ciervas. La única diferencia es si lo sabemos o no."

 


Continuara... 

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