El amanecer pintó los cerros de un color naranja tan intenso que parecía falso, como el telón de fondo de una obra de teatro demasiado perfecta. Emily estaba parada en la entrada de la casa principal, sintiendo el frío de la mañana metérsele por debajo de la falda corta de camuflaje. El top apenas le cubría los pechos, dejando al descubierto una franja de piel morena que iba desde el ombligo hasta el inicio de sus costillas. Las zapatillas deportivas le apretaban los pies después de tantos días descalza, y la gorra de camuflaje le aplastaba el pelo castaño contra la frente.
"Miro para afuera y veo un ejército" pensó, pero no era un ejército. Era algo más oscuro, más íntimo, más prohibido.
Las ciento cincuenta jaulas estaban alineadas frente a los galpones, formando cuadras perfectas sobre el pasto húmedo de la montaña. Adentro, las chicas seguían desnudas, algunas de pie agarradas a los barrotes, otras en cuclillas con los brazos envueltos alrededor de las rodillas, otras acostadas de costado en posición fetal. Sus cuerpos formaban un mosaico de tonalidades blancas, rosadas, doradas, que la luz del amanecer volvía casi irreal.
Frente a las jaulas, los cincuenta hombres. Todos vestidos de camuflaje, pero no como soldados —como cazadores. Las telas estaban limpias, planchadas, elegantes. Algunos tenían barbas cuidadas, otros usaban anteojos de sol aunque el sol aún no pegaba fuerte. Todos tenían una pistola de paintball colgando de la cadera, y todos, sin excepción, tenían una mujer a su lado.
Las acompañantes.
Emily las miró con atención. Eran jóvenes, todas ellas, algunas más jóvenes que ella. Vestían atuendos similares al suyo —falda corta, top ajustado, botas o zapatillas— y en el cuello llevaban collares de cuero negros como el suyo. Algunas miraban al frente con la mirada perdida, otras miraban a los hombres como si esperaran una orden, otras miraban a las jaulas con una expresión que Emily reconoció de inmediato porque la había visto en el espejo.
Eran presas domesticadas. Presas que ahora ayudaban a cazar.
La puerta de la casa principal se abrió y Rodolfo apareció. Emily sintió cómo todos los ojos se volvían hacia él —los hombres con respeto, las acompañantes con sumisión, las chicas en las jaulas con miedo— y una punta de orgullo se le instaló en el pecho. "Ese hombre es mío" pensó, y el pensamiento le calentó el vientre antes de que pudiera frenarlo.
Rodolfo caminó hacia el centro del espacio abierto con la seguridad de quien ha hecho esto cientos de veces. Su traje de camuflaje era idéntico al de los demás, pero en él se veía distinto. Como si la tela se hubiera adaptado a su cuerpo, como si él fuera el dueño de ese color verde y marrón. Emily se ubicó un paso detrás de él, como había aprendido, como ya le salía natural.
Los hombres levantaron sus pistolas de paintball al aire y gritaron. No fue un grito de guerra, sino de celebración. Un rugido contenido que recorrió la fila de cazadores y se perdió en el valle, rebotando en los cerros como un eco salvaje.
—¡Que empiece la cacería! —gritó uno, y los demás repitieron.
El anciano apareció entre la multitud. El mismo de la primera noche. La barba blanca, los ojos azules y transparentes, la voz rasposa que se escuchaba sin necesidad de micrófono. Se paró frente a las jaulas y levantó una mano. El silencio cayó como una cortina.
—Las ciervas que logren escapar por tres días y dos noches —dijo, y sus palabras eran lentas, deliberadas, como quien graba una sentencia en piedra— se llevarán cien mil dólares.
Un murmullo recorrió las jaulas. No era un grito de alegría, sino algo más parecido a un suspiro colectivo, un escape de aire de ciento cincuenta pechos apretados contra barrotes de metal. Emily vio cómo los ojos de las chicas cambiaban. Hasta ese momento habían sido ojos de terror, de confusión, de rendición. Pero ahora... ahora había una chispa. Diminuta, frágil, pero una chispa al fin.
"Esperanza" pensó Emily, y la palabra le supo a traición.
El anciano esperó unos segundos, dejando que la información se asentara, y después continuó.
—Las ciervas tienen treinta minutos de ventaja sobre los cazadores.
Esta vez no hubo murmullo. Hubo algo más parecido a una contención, a una respiración contenida. Las chicas se miraron entre ellas a través de los barrotes, y Emily vio cómo algunas asentían, cómo otras apretaban la mandíbula, cómo otras cerraban los ojos y rezaban en silencio.
"Treinta minutos" pensó Lucía en su jaula, y Emily no necesitaba escucharla para saberlo. "Treinta minutos para escapar de estos ancianos."
El anciano bajó la mano.
Las puertas de las jaulas se abrieron todas al mismo tiempo, con un chirrido metálico que se escuchó hasta el fondo del valle.
Lo que vino después fue un torrente de carne desnuda.
Las chicas salieron corriendo como si el infierno las persiguiera. Y en cierto modo, así era. Los pies descalzos golpeaban el pasto húmedo, los pechos rebotaban sin sujeción, las nalgas se movían con cada zancada en un baile de blancura y sombras. El pánico las hacía más rápidas, más ágiles, más animales.
Emily observó cómo se dispersaban. Algunas corrían hacia el bosque cerrado, buscando la oscuridad de los árboles. Otras subían por la ladera del cerro, arriesgándose a quedar expuestas pero ganando altura. Otras se agrupaban en parejas o tríos, como si la compañía pudiera espantar al miedo. Los cuerpos se perdían entre la vegetación como manchas de crema sobre un mantel verde, y una a una fueron desapareciendo hasta que solo quedó el pasto pisado y el silencio.
—Cuantos culos duros y blancos —dijo Rodolfo en voz alta, y su voz se escuchó clara en el silencio que siguió a la tormenta—. Qué linda vista, hermosa.
Los hombres rieron. Una risa baja, cómplice, de alguien que aprecia una buena obra de arte. Emily sintió esa risa recorrerle la piel como un cosquilleo que no sabía si era vergüenza o excitación.
"Están hablando de ellas" pensó. "De mis amigas. De sus cuerpos. De lo que van a hacerles."
Y algo se movió en su vientre. Algo caliente y prohibido que ella ya había aprendido a reconocer.
Los treinta minutos pasaron entre preparativos. Los hombres eligieron sus pistolas de paintball —cada una con un color distinto, rojo, azul, verde, amarillo, para saber quién había marcado a cada presa— y cargaron los cargadores con bolas de pintura que brillaban bajo el sol como balas de gelatina. Después fueron por los perros.
Algunos cazadores tenían uno solo, otros llevaban dos, otros un grupo de cuatro que tiraban de las correas como caballos desbocados. Rodolfo silbó y sus dos perros aparecieron desde atrás de los galpones. Los mismos. Los que la habían cazado a ella en aquella primera noche.
Emily sintió un escalofrío.
Los perros se acercaron a ella, olfatearon sus piernas desnudas, y uno de ellos le lamió la pantorrilla. Rodolfo sonrió.
—Te recuerdan —dijo, y no hizo falta aclarar de qué.
Las acompañantes fueron a buscar las mochilas. Mochilas grandes, de camuflaje, con tiras anchas para cargar peso. Adentro llevaban todo lo necesario para tres días y dos noches en la montaña: mantas térmicas para dormir a la intemperie, linternas de cabeza, comida envasada, botellas de agua con filtro, botiquines de primeros auxilios. Emily tomó la mochila de Rodolfo y se la colgó a la espalda. El peso la hizo inclinarse apenas, y sintió cómo las tiras se le clavaban en los hombros descubiertos.
"Esta es mi tarea ahora" pensó. "Cargar sus cosas. Seguirlo. Ayudarlo a cazar a mis amigas."
El anciano miró su reloj. Movió la mano en el aire, y los hombres se pusieron en posición.
—Que empiece la cacería de ciervas —dijo.
Los hombres comenzaron a caminar. No corrieron. No tenían apuro. Sabían que las presas se cansarían, se esconderían, se equivocarían. La cacería no era una carrera de velocidad, sino de resistencia. De paciencia. De saber esperar el momento exacto para morder.
Emily siguió a Rodolfo con la mochila a cuestas, sintiendo cómo sus zapatillas se hundían en la tierra blanda. Los perros iban delante, olfateando el suelo, tirando de las correas con una energía contenida que parecía eléctrica.
Rodolfo se detuvo. Sacó una prenda de su bolsillo —una remera blanca, arrugada, que Emily reconoció en el acto— y se la acercó a los perros. Ellos olfatearon la tela con intensidad, moviendo las colas, y después salieron disparados en una dirección precisa.
La remera de Lucía.
Emily tragó saliva. Vio el nombre de su amiga escrito en la etiqueta, en letra cursiva negra, como un presagio.
"Lucía" pensó. "La rubia. La de las piernas largas. La que escupió a mi padre en la cara."
No dijo nada. Siguió caminando.
Las horas pasaron entre árboles, subidas y bajadas, silencios interminables. El sol subió hasta lo más alto del cielo y empezó a bajar. Emily sentía el peso de la mochila en los hombros, la humedad del sudor deslizándose entre sus pechos, el roce de la falda de camuflaje contra la parte baja de sus nalgas cada vez que caminaba.
Mientras avanzaban, empezó a ver chicas.
No a Lucía. A otras. Chicas que se habían escondido mal, o que estaban demasiado cansadas para seguir, o que simplemente habían perdido la esperanza. Las veía detrás de los árboles, en cuclillas, tapándose la boca con las manos para no hacer ruido. Cuerpos desnudos y temblorosos, con moretones en los pies por las piedras y las ramas, con cortes en las plantas que sangraban sobre la tierra.
Pero Rodolfo no las registraba. Pasaba de largo como si no existieran.
Emily sintió la curiosidad retorciéndole el estómago. El silencio entre ellos se había vuelto cómodo —ya no necesitaban hablar para entenderse— pero esta pregunta no podía quedarse adentro.
—¿Por qué a ellas no las cazas? —preguntó al fin, en un susurro para no ahuyentar a los perros.
Rodolfo no la miró. Sus ojos seguían fijos en el camino, en los árboles, en los movimientos de los perros que tiraban de las correas.
—El objetivo es la rubia, tu amiga —dijo, y su voz era tan tranquila como si estuviera explicando las reglas de un juego de mesa—. Mis perros tienen su olor. Cada cazador tiene el olor de una cierva específica. Después de que cacemos esas ciervas, los perros se vuelven inútiles.
Hizo una pausa. Los perros se detuvieron un momento, olfatearon el aire, y cambiaron ligeramente de dirección.
—Ahí nos quedan las cien ciervas restantes —continuó—. Esas las cazamos con otros métodos.
Emily asintió con la cabeza, aunque él no la miraba.
—Entiendo —dijo, y la palabra salió automática, como un reflejo condicionado.
"Entiendo" se repitió a sí misma, y no estaba segura de qué era lo que entendía. Las reglas del juego. La jerarquía del horror. Su lugar en el mundo.
Siguieron caminando. El sol se inclinó hacia el oeste, alargando las sombras de los árboles hasta convertirlas en dedos negros que se arrastraban por el suelo. Emily calculó que eran las tres de la tarde cuando Rodolfo levantó una mano y se detuvo en seco.
Ella se congeló detrás de él, sintiendo el corazón latirle en la garganta.
Rodolfo se llevó un dedo a los labios. El gesto era tan suave, tan natural, que Emily sintió que la orden le recorría el cuerpo antes de llegar a su cerebro. Se quedó inmóvil, aguantando la respiración.
Él le señaló una dirección con la cabeza.
Entre las ramas de un árbol, a unos treinta metros de distancia, se veía un mechón de pelo rubio. Dorado, casi blanco bajo la luz de la tarde. El resto del cuerpo estaba oculto detrás del tronco, pero ese mechón era suficiente.
Lucía.
Rodolfo hizo una señal a los perros. Ellos se agacharon, las orejas hacia atrás, los músculos tensos. Esperaron. Y después él movió la mano.
Los perros salieron disparados.
Los ladridos rompieron el silencio del bosque como una explosión. Lucía se asustó, dio dos pasos al costado para salir de detrás del árbol, y en ese movimiento —ese segundo de pánico mal calculado— su muslo quedó expuesto.
Rodolfo disparó.
La bola de pintura verde impactó en la cara interna del muslo de Lucía, justo donde la piel es más blanca, más suave, más vulnerable. Ella gritó —no por el dolor, que era mínimo, sino por lo que significaba— y salió corriendo descalza entre los árboles, su cuerpo desnudo moviéndose como una gacela herida.
—Atrápala para mí —dijo Rodolfo, y no era una sugerencia.
Emily tiró la mochila al piso antes de pensar. Las correas se le resbalaron de los hombros y ella ya estaba corriendo, sintiendo la tierra bajo las zapatillas, el aire cortándole la cara, la falda de camuflaje subiéndose hasta mostrarle las nalgas al bosque.
Las zapatillas le daban ventaja. Lucía iba descalza, sus pies sangraban, y el pánico le había nublado el juicio. Emily la alcanzó en menos de un minuto, se tiró sobre su espalda y las dos cayeron al piso entre un montón de hojas secas.
Lucía forcejeó. Sus uñas rasgaron el brazo de Emily, dejando marcas rojas que ardían como fuego. Pero Emily era más fuerte —había estado comiendo bien, había dormido en camas, había recuperado energías— y la inmovilizó con el peso de su cuerpo.
—Perdóname, amiga —dijo Emily, y las palabras salieron solas, como un vómito.
Lucía dejó de forcejear. Sus ojos se encontraron con los de Emily, y en ellos había algo peor que el odio. Había decepción. Había la certeza de que el mundo estaba roto de una forma que ninguna de las dos podía arreglar.
Rodolfo llegó unos segundos después. No apurado. Caminando. Los perros se sentaron a su lado, las lenguas afuera, las colas moviéndose. Él se agachó junto a las dos chicas, tomó a Lucía por los tobillos y la giró como si pesara nada.
Ella quedó boca arriba, las piernas abiertas por el movimiento, los brazos estirados sobre la cabeza. Sus pechos se alzaron y bajaron con la respiración agitada. El muslo derecho estaba manchado de verde fluorescente, la pintura corriéndole por la piel como una promesa.
Rodolfo se arrodilló entre sus piernas. Bajó el cierre de su pantalón con una mano mientras con la otra le sostenía la cadera a Lucía. No hubo caricias previas. No hubo palabras. La miró a los ojos —los ojos de ella llenos de lágrimas, los de él vacíos de todo excepto deseo— y entró.
Emily lo vio todo desde el costado. Arrodillada en el piso de hojas, con el brazo sangrando por los arañazos de Lucía, sintiendo cómo su propia respiración se aceleraba sin motivo.
Rodolfo se movía despacio al principio. Cada embestida era larga, profunda, como si quisiera grabar en el cuerpo de Lucía la memoria de ese momento. Sus manos le apretaban los pechos, los dedos hundiéndose en la carne blanca, dejando marcas rojas que después acariciaba con las yemas.
—Así —murmuró él, y no estaba claro a quién se lo decía.
Lucía mordió sus propios labios. Las lágrimas le resbalaban por las mejillas y se perdían en su pelo rubio revuelto. Pero debajo de las lágrimas, debajo del miedo, debajo de la vergüenza, había otra cosa. Emily la vio. La reconoció.
La misma confusión que ella había sentido contra ese árbol. El mismo espanto de que el cuerpo respondiera a lo que la mente rechazaba.
Rodolfo apretó los dientes contra el cuello de Lucía. Mordió la piel suave, justo donde la arteria late, y ella gimió. No fue un grito de dolor. Fue otra cosa. Fue un sonido que Emily había hecho también, un sonido que conocía en lo más profundo de su vientre.
Él empezó a moverse más rápido. Sus caderas golpeaban contra las de Lucía con un ritmo húmedo y constante, y sus manos subían y bajaban por el cuerpo de ella como si estuviera buscando algo que ya había encontrado.
—Mirala —dijo Rodolfo, y Emily supo que le hablaba a ella.
Levantó la vista. Se encontró con los ojos de Lucía abiertos, vidriosos, mirándola desde algún lugar que no era este mundo. Y en esos ojos Emily vio algo que la partió al medio.
Su amiga estaba excitada. Su cuerpo se movía solo, las caderas empujando hacia arriba para encontrarse con las embestidas de Rodolfo, los pechos subiendo y bajando con una respiración que ya no era de miedo sino de otra cosa.
—No —susurró Lucía, y el susurro se rompió en un gemido—. No, por favor, no...
Pero sus piernas se abrieron más. Sus brazos rodearon la espalda de Rodolfo. Sus dedos se clavaron en la tela de camuflaje.
"Le está gustando" pensó Emily, y el pensamiento la golpeó con la fuerza de un puñetazo. "A mi amiga le está gustando que mi padre la penetre."
Y debajo de ese pensamiento, más profundo, más oscuro, había otro.
"A mí también me gusta mirar."
Emily sintió su propia entrepierna húmeda, sintió su propia respiración acelerada, sintió sus propias manos apretándose contra el pasto para no llevárselas entre las piernas. No quería masturbarse. No frente a Lucía. No frente a su padre. No mientras su amiga lloraba y gemía y se retorcía de placer debajo del cuerpo de él.
Pero el deseo era una marea que subía sin pedir permiso.
Lucía tuvo el orgasmo primero. Fue violento, inesperado, y ella lo acompañó con un grito que no fue de dolor sino de rendición. Todo su cuerpo se tensó como un arco a punto de romperse, y después se derrumbó, temblando, con las piernas abiertas y los brazos caídos a los costados.
Las lágrimas siguieron cayendo. Pero ahora eran distintas. Ahora eran lágrimas de traición.
Rodolfo no se detuvo. Siguió moviéndose, más rápido, más fuerte, hasta que él también se corrió, adentro, con un gruñido que se perdió en el aire de la montaña.
Se quedaron quietos un momento. Después él se retiró, se paró, y ajustó su ropa con la misma naturalidad con la que alguien se ajusta el cinturón después de ir al baño.
Emily seguía arrodillada en el piso. Las manos le temblaban. La boca seca. Los ojos fijos en el cuerpo de Lucía, que yacía en el piso con las piernas abiertas, la pintura verde corriéndole por el muslo, el interior de sus muslos brillante con la humedad mezclada.
Rodolfo sacó una soga de su mochila y ató las muñecas de Lucía. Ella no opuso resistencia. Ni siquiera parecía estar ahí.
—Vamos a acampar acá unas horas —dijo Rodolfo, y señaló un claro entre los árboles donde la luz de la tarde entraba en rayos oblicuos.
Armaron el campamento en silencio. Emily extendió las mantas térmicas mientras Rodolfo encendía una pequeña fogata. Los perros se acostaron cerca del fuego, con las cabezas apoyadas en las patas. Lucía quedó atada a un árbol, las manos sobre la cabeza, el cuerpo desnudo expuesto al aire que empezaba a enfriarse.
Rodolfo le acarició el pelo rubio con una suavidad que parecía de otro hombre. Le apartó los mechones de la cara, le limpió las lágrimas con el dorso de la mano. Lucía cerró los ojos y se dejó hacer, como una gata que acepta una caricia después de una paliza.
Emily los observó mientras comía una barra de cereal que Rodolfo le había alcanzado. Masticaba despacio, sintiendo el sabor dulce mezclarse con el gusto metálico que le había quedado en la boca después de ver todo lo que había visto.
"Soy cómplice" pensó. "No solo porque traje a las chicas. Porque me gustó verlo."
Lucía seguía jadeando, los ojos perdidos en el cielo que empezaba a teñirse de violeta. Su pecho subía y bajaba con una respiración que todavía no se calmaba del todo, y de vez en cuando un temblor le recorría el cuerpo, un eco lejano del orgasmo que había tenido.
Rodolfo terminó de comer. Se limpió los dedos en el pasto, se paró, y caminó hacia Lucía. Ella lo miró acercarse con una expresión que Emily no supo interpretar. Miedo, sí. Pero también otra cosa. Algo que se parecía a la curiosidad.
Él se arrodilló entre sus piernas otra vez. Las abrió con las manos, despacio, sin violencia. Lucía no cerró los ojos. Lo miró a la cara mientras él la penetraba por segunda vez, y en sus ojos ya no había lágrimas.
—Se nota que te encanta, ciervita —dijo Rodolfo mientras comenzaba a moverse, y su voz era tan tranquila como si estuviera haciendo una observación meteorológica.
Lucía no respondió. Pero sus caderas se alzaron para encontrarse con él.
Emily observó la escena completa. Cada movimiento. Cada jadeo. Cada vez que Rodolfo apretaba los pechos de Lucía y ella gemía en respuesta. El sol se puso del todo, y el bosque quedó iluminado solo por el fuego del campamento, que arrojaba sombras danzantes sobre los cuerpos entrelazados.
"No me masturbé" pensó Emily mientras veía a su padre terminar adentro de su amiga. "Pero quise hacerlo. Dios, cómo quise hacerlo."
Cuando Rodolfo terminó, se acostó sobre la manta térmica y extendió un brazo hacia Emily. Ella se acercó sin dudar, se acostó a su lado, y él la envolvió con su cuerpo. El calor de él contra su espalda, el brazo pesado sobre su cintura, la respiración que poco a poco se volvía más lenta.
Lucía seguía atada al árbol, sus ojos abiertos mirando el cielo estrellado que empezaba a aparecer entre las copas de los árboles. Emily quería pedirle perdón. Quería explicarle. Quería decirle que no había elegido esto, que el amor y el miedo y el deseo estaban tan mezclados adentro de ella que ya no podía separarlos.
Pero no dijo nada. Se quedó callada, sintiendo la respiración de su padre en su nuca, la humedad entre sus piernas que no había dejado de crecer en todo el día, y la culpa que se mezclaba con el deseo hasta formar un cóctel espeso que ya no podía distinguir.
El primer día de cacería había terminado.
Mañana, cuando saliera el sol, los perros se volverían inútiles. Las cien ciervas restantes tendrían que ser cazadas con otros métodos, métodos más oscuros, más salvajes. Y Emily estaría ahí, al lado de su padre, cargando la mochila y sintiendo cómo cada límite que creía tener se desdibujaba un poco más.
Cerró los ojos. El bosque crujía a su alrededor, lleno de sonidos que no podía nombrar. Los perros dormían. Lucía gemía bajito, quizás soñando, quizás llorando. Y Emily se preguntó, antes de dormirse, si ella misma había soñado alguna vez con ser otra cosa.
"Mañana" pensó, mientras el sueño la arrastraba. "Mañana va a ser peor."
Y una parte de ella —una parte oscura, caliente, que ya no quería esconder— esperaba que así fuera.
Continuara...
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