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Nacida para ser cazada — FINAL.

 


El mes pasó como un río subterráneo: oscuro, constante, llevándose pedazos de Emily que ella ya no recordaba haber tenido. 


Los días se llenaron de rutina. Las mañanas eran para entrenar a las otras cuatro. Lucía, la pelirroja, la amiga de la amiga, la morocha del tobillo torcido. Las cuatro estaban en la casa de Rodolfo, en habitaciones separadas, con collares de distintos colores, pero el mismo peso en el cuello. 


—Ellas son tu responsabilidad ahora —le había dicho Rodolfo al llegar, con la misma naturalidad con la que otro padre le pediría a su hija que cuidara las plantas—. Que aprendan a obedecer. 


Emily las entrenó. 


No fue difícil. Las chicas ya habían aprendido en el cerro que resistirse dolía más que rendirse. Emily solo les enseñó los detalles: cómo arrodillarse sin hacer ruido, cómo bajar la mirada sin parecer desafiante, cómo usar la boca y las manos y el cuerpo para mantener contento a un hombre que podía ser generoso o cruel según el día. 


"Las estoy entrenando para que sean como yo" pensaba mientras les mostraba la posición correcta para esperar a Rodolfo cuando él llegaba a casa. "Las estoy entrenando para que acepten lo que yo acepté." 


Los fines de semana eran para cazar. 


Rodolfo la llevaba como asistente a cacerías más pequeñas, menos salvajes que la de los cerros. Quintas cerradas, bosques privados, propiedades de amigos donde las presas eran pocas y los cazadores conocidos. Emily cargaba la mochila, manejaba el dron, sujetaba las muñecas de las chicas cuando su padre las penetraba. Su cuerpo había aprendido a hacer esas cosas sin que su mente interviniera. 


Las noches de semana eran para Rodolfo. 


Siempre por el culo. Él nunca se lo pedía —no hacía falta—, y Emily ya no sentía dolor. Solo una presión que se convertía en calor, que se convertía en placer, que se convertía en un orgasmo que la dejaba temblando y vacía y llena al mismo tiempo. Su cuerpo se movía solo ahora, acompañando las embestidas, apretándose cuando él se corría, girándose después para limpiarlo con la boca. 


"Todos los días" pensaba mientras sentía el sabor espeso en la lengua. "Todos los días durante un mes." 


Y se preguntaba si el mes iba a terminar o si Rodolfo iba a encontrar una excusa para alargarlo. Una cacería más, un entrenamiento más, una noche más. "Todavía no estás lista" imaginaba que diría. "Un mes más." 


Pero el mes terminó. 


Rodolfo la llevó en el auto hasta la puerta de la casa de su madre. El viaje fue en silencio, como siempre, pero esta vez el silencio pesaba distinto. Emily miraba por la ventana los árboles, las calles, las personas que caminaban por la vereda como si nada estuviera pasando, como si ella no volviera de un mes de ser la mascota de su padre. 


Cuando el auto se detuvo, Rodolfo se dio vuelta y la miró. Sus ojos marrones, tranquilos, sin rastro de la furia que a veces aparecía cuando la penetraba. 


—Seguramente nos volveremos a ver —dijo, y le dio un beso en la frente. 


No fue un beso de amante. Fue un beso de padre, seco, rápido, casi casto. Emily sintió la piel de él contra su piel y algo se le partió adentro. 


Bajó del auto sin contestar. Se quedó parada en la vereda, con una mochila con su ropa al hombro y el collar que él no le había sacado. Escuchó el motor del auto alejándose, sintió el sol de la tarde calentándole los hombros, y después caminó hacia la puerta de su casa. 


Clara la estaba esperando. 


La madre de Emily abrió la puerta antes de que ella tocara el timbre, como si hubiera estado mirando por la ventana todo el día, toda la semana, todo el mes. Sus ojos se llenaron de lágrimas cuando vio a su hija, y la abrazó con una fuerza que a Emily le apretó las costillas. 


—Pasá, pasá —dijo Clara, y su voz temblaba—. Tengo la cena lista. 


Emily entró. La casa olía a carne al horno, a pan recién horneado, a esas cosas que antes le parecían normales y ahora le resultaban absurdas. Se sentó en la mesa de la cocina, la misma de siempre, y miró a su madre servir la comida con manos que no dejaban de temblar. 


—¿Cómo estuviste? —preguntó Clara, sin mirarla. 


—Bien —mintió Emily. 


—¿Comiste bien? 


—Sí. 


—¿Dormiste bien? 


—Más o menos. 


Clara asintió. Puso un plato con carne y puré frente a Emily, y otro frente a su propio lugar. Se sentó, tomó el tenedor, lo apoyó. Lo volvió a tomar. 


—Tu padre me mandó plata —dijo al final, en un susurro—. Más de lo que necesitamos. 


Emily mordió un pedazo de carne. No sentía el gusto. 


—Me alegro —dijo, y la frase sonó tan falsa que casi la hizo reír. 


Siguieron comiendo en silencio. El ruido de los cubiertos contra la loza llenaba la cocina como un diálogo de cosas que ninguna de las dos quería decir. Hablaron del clima, de las plantas del jardín, de una vecina que se había mudado. Todo lo importante quedó flotando en el aire entre ellas, invisible, irrespirable. 


"¿Sabe?" pensó Emily, mirando a su madre. "¿Sabe todo lo que pasó? ¿Sabe que yo ayudé?" 


Pero no preguntó. Y Clara tampoco dijo nada. 

 

Al día siguiente, Emily volvió a la universidad. 


Caminó por los pasillos con su mochila al hombro, sintiendo el collar de cuero escondido bajo una bufanda de invierno que no combinaba con el clima. No había querido sacárselo. No sabía por qué. 


Las caras de sus compañeras le parecían máscaras. Las escuchaba reír, quejarse de los exámenes, hablar de chicos y de vacaciones, y todo le sonaba a un idioma extranjero. "¿No saben?" se preguntaba. "¿No saben que el mundo es otra cosa?" 


En el recreo, se juntó con las chicas del equipo de hockey. Estaban todas, o casi todas. Las que no estaban tenían excusas, y Emily las escuchó con una atención enferma, grabando cada palabra en su memoria como si fuera una confesión. 


—Mariana se fue a Europa —dijo una de ellas, mientras se ataba el pelo para entrenar—. La reclutaron para un equipo profesional. Se va a quedar un mes allá, capaz más. 


—Y Martina —dijo otra, con una sonrisa de envidia mal disimulada— consiguió una beca para una universidad de Estados Unidos. Una de esas caras, sabes. Se recontra fue. 


Emily asintió. Sonrió. Dijo algo como "qué bueno, qué suerte" con una voz que no parecía la suya. 


"Europa" pensó. "Una beca. Un equipo profesional." 


Sabía la verdad. Había visto a Martina metida en una jaula. Había visto al mexicano de la barba negra señalarla con el dedo. Había visto el collar colgando de su cuello. 


Pero no dijo nada. Se quedó callada, como todas las demás, y la mentira se hizo verdad porque nadie la cuestionó. 


El resto del día fue igual. Clases que no escuchaba, compañeros que no miraba, pasillos que atravesaba como un fantasma. Todo le parecía falso —las paredes de la universidad, los libros abiertos sobre los pupitres, las risas en el patio—, todo menos el collar escondido bajo la bufanda y la humedad entre sus piernas que volvía cada vez que pensaba en Rodolfo. 


"Nada es real" pensó mientras caminaba hacia su casa al atardecer. "Excepto él. Excepto lo que me hace." 


Llegó y la casa olía a comida otra vez. Entró, dejó la mochila en el living, y fue a la cocina. Su madre estaba sirviendo la mesa, pero no estaba sola. 


Rodolfo estaba sentado en la silla del rincón, con las piernas cruzadas, mirándola entrar. 


Emily sintió que el corazón se le subía a la garganta. No de miedo. De otra cosa. De esa cosa que había estado sintiendo todo el día sin querer nombrar. 


—Hola, hija —dijo él, y la voz era la misma de siempre. 


Clara salió de la cocina sin decir nada. Cerró la puerta detrás de ella. El ruido del picaporte fue suave, definitivo, como el de una jaula que se cierra. 


Emily se quedó parada en el medio de la cocina. Rodolfo se levantó de la silla y caminó hacia ella. La agarró de la cintura, la giró, la empujó contra la pared. 


—Te extrañé —dijo, y la palabra sonó tan absurda en su boca que Emily casi se ríe. 


Él le arrancó la ropa. La bufanda voló primero, dejando el collar al descubierto. Después la remera, los botones saltando por el aire, los pechos de Emily quedando libres. Después el jean, bajado a los tobillos de un tirón, la tanga rasgadas como si fueran de papel. 


Emily no se resistió. Apoyó las manos en la pared, arqueó la espalda, ofreció sus nalgas como había aprendido. El mundo falso de la universidad, de las excusas, de las mentiras, se desvaneció detrás de ella. 


Lo único real era esto. 


Rodolfo la penetró por el culo sin preparación, sin caricias previas, sin nada que no fuera él y ella y la pared de la cocina. Pero Emily ya no sentía dolor. Hacía semanas que no sentía dolor. Solo una presión que se convertía en calor, que se convertía en placer, que se convertía en la única verdad que su cuerpo reconocía. 


Él comenzó a moverse con una intensidad que la sorprendió. No era el ritmo pausado de las noches de semana, ni la cadencia medida de las cacerías. Era algo más salvaje, más urgente, como si hubiera estado esperando todo el día para esto. 


Las embestidas eran brutales, profundas, cada una empujándola contra la pared hasta que su nariz casi tocaba los azulejos. Rodolfo la agarró del pelo —un puñado castaño que tiró hacia atrás, arqueándole el cuello, mostrando el collar— y desde esa posición la embistió con más fuerza todavía. 


—Así —dijo él, la voz ronca—. Así me gustás. 


Emily movía su cuerpo acompañando los movimientos, las caderas yendo hacia atrás para recibirlo, las nalgas aplastándose contra su pelvis en cada embestida. Sus pechos se movían libres, rozando los azulejos fríos, y los pezones se le endurecieron por el contraste entre el frío de la pared y el calor de él adentro. 


Los testículos de Rodolfo golpeaban contra su cuerpo con un sonido húmedo y constante, un ritmo que se aceleraba a medida que él se acercaba al final. Sus manos le apretaban las caderas con tanta fuerza que iban a dejar moretones, y Emily sabía que los miraría al día siguiente en el espejo y sentiría ese orgasmo otra vez. 


Él mordió su espalda. Justo entre los omóplatos, donde la piel era más fina, más sensible. El dolor fue agudo, breve, y se transformó en una punzada de placer que recorrió la columna de Emily hasta instalarse en su vientre. 


Después la nalgueó. La mano abierta cayó sobre su nalga derecha con un golpe seco que resonó en la cocina vacía. 


—Para mí —dijo él, y la nalgueó otra vez. 


El orgasmo de Emily fue un alivio y una condena. Su cuerpo se tensó todo, los dedos de los pies se le curvaron, la boca se le abrió en un gemido que no quiso ni pudo reprimir. Las contracciones la sacudieron una y otra vez mientras él seguía moviéndose adentro, alimentando el placer hasta que ella sintió que se iba a desmayar. 


Rodolfo terminó adentro. Se quedó quieto un momento, respirando pesado, y después se retiró despacio. 


Emily sintió el vacío, la pérdida, la humedad resbalándole por el muslo. 


Pero él no había terminado. 


La agarró del pelo otra vez, la hizo bajar de la pared, la obligó a arrodillarse frente a él. Su miembro estaba húmedo, brillante, todavía medio erecto. Emily lo miró sin vergüenza. Conocía esa parte de él mejor que cualquier otra. 


—Limpia —ordenó Rodolfo. 


Emily jadeaba, los pulmones quemándole después del orgasmo. Abrió la boca y se llevó el miembro de su padre a los labios. El sabor no era agradable —salado, amargo, con un dejo metálico que ella ya conocía bien—, pero metió toda la cabeza en la boca y chupó. Limpió cada centímetro con la lengua, con los labios, con la garganta. Sin asco. Sin dudar. Demostrándole que haría cualquier cosa por él. 


Cuando terminó, Rodolfo se guardó el miembro en el pantalón, se agachó y le dio un beso en la frente. El mismo beso seco de la última vez. 


—Te dejo plata —dijo, y señaló un sobre blanco sobre la mesa—. Para vos y para tu madre. 


Emily siguió arrodillada en el piso de la cocina, desnuda, con el pelo revuelto y el collar brillando bajo la luz fluorescente. Escuchó los pasos de él alejándose, la puerta principal abriéndose y cerrándose, el motor del auto arrancando. 


Clara entró unos segundos después. Miró a su hija arrodillada en el piso, desnuda, jadeando, y su expresión fue la misma de siempre: tristeza y excitación mezcladas en una pócima que ninguna de las dos sabía cómo nombrar. 


—Dejó plata —dijo Clara, señalando el sobre. 


Emily asintió. Se paró despacio, sintiendo el dolor muscular en las piernas, el ardor en el ano, la humedad en los muslos. Tomó el sobre, lo abrió con dedos temblorosos. 


Adentro había billetes. Muchos. Más de los que había visto juntos en su vida. 


Y una tarjeta blanca, con letras negras. 


"Este fin de semana. Cacería. Presa." 


Emily leyó las palabras varias veces. Su corazón latía rápido, pero no de miedo. Nunca más de miedo. 


"Quiere que sea presa otra vez" pensó, y sonrió. "Quiere cazarme otra vez." 

 

El fin de semana llegó más rápido de lo que Emily esperaba. 


Se paró frente a la jaula de metal sintiendo el pasto húmedo bajo sus pies descalzos. Estaba desnuda, como todas las demás, y el aire frío de la montaña le erizaba la piel. El collar negro colgaba de su cuello, igual que el primer día, y el viento le movía el pelo castaño que ahora le llegaba un poco más abajo de los hombros. 


A su alrededor, las otras presas esperaban en sus jaulas. Chicas nuevas, caras nuevas, cuerpos que no conocía. Pero Emily no las miraba. Sus ojos buscaban a Rodolfo entre la multitud de cazadores. 


Lo encontró al fondo, vestido de camuflaje, con una pistola de paintball colgando de la cadera. Y a su lado, con la mochila al hombro y la gorra de camuflaje calzada, estaba Lucía. 


La rubia. La amiga. La que la había escupido. 


Lucía estaba parada detrás de Rodolfo, un paso atrás, exactamente en la posición que Emily había ocupado durante un mes. Su collar de asistente brillaba bajo el sol, y sus ojos recorrían el paisaje con la frialdad de alguien que ya entendía las reglas del juego. 


"Ella es su asistente ahora" pensó Emily, y el pensamiento le produjo una mezcla rara de celos y alivio. "Ella va a cargar la mochila. Ella va a sujetar las muñecas. Ella va a mirar." 


Las miradas de las dos amigas se encontraron a través del campo. Lucía no sonrió. No la saludó. Solo la miró, y en esa mirada había algo que Emily reconoció porque era el mismo espejo en el que ella se miraba todas las mañanas. 


Aceptación. Sumisión. Y debajo de todo, una chispa oscura que esperaba la cacería. 


El anciano de barba blanca levantó la mano. El silencio cayó sobre el campo. 


—Las ciervas tienen treinta minutos de ventaja —dijo, como siempre. 


Emily apoyó las manos en los barrotes de la jaula y esperó. Su corazón latía fuerte, pero no de miedo. Palpitaba la emoción de ser perseguida, de correr desnuda entre los árboles, de sentir el disparo en la nalga y la mano de su padre en su cadera. 


"Quiero que me cace" pensó, y la honestidad del pensamiento ya no la asustaba. "Quiero que me gane. Quiero que me marque." 


Las puertas de las jaulas se abrieron. 


Emily salió corriendo.


Epílogo 


Los años pasaron como los collares que colgaban de su cuello: uno tras otro, cada uno con un color distinto, cada uno con un dueño distinto. 


Emily aprendió que la libertad era una palabra vacía. Cada mes, después de cada cacería, un hombre nuevo la reclamaba. Algunos eran jóvenes, otros viejos. Algunos eran crueles, otros casi tiernos. Pero todos tenían el mismo derecho sobre su cuerpo, la misma autoridad en su ano, la misma mirada de propiedad cuando la penetraban. 


"Soy una cierva" pensaba mientras se arrodillaba frente a dueños que cambiaban como las estaciones. "Y las ciervas no eligen a sus cazadores." 


Rodolfo volvía cuando ella estaba libre. Aparecía en su casa sin avisar, la encontraba en la cocina o en el living o en el cuarto de su madre, y la penetraba por el culo con la misma seguridad de siempre. Los besos en la frente. Los sobres con plata. Las invitaciones a nuevas cacerías. 


Cuando Emily cumplió veinticinco años, un cazador la reclamó como propiedad permanente. No por un mes, no por una temporada. Para siempre. El contrato decía que su cuerpo le pertenecía, que sus hijos le pertenecían, que su legado le pertenecía. 


Firmó sin leerlo. Ya no le importaba. 


Tuvo dos hijas. Las crió como su madre la había criado a ella: con silencios incómodos, con miradas que lo decían todo sin decir nada, con la certeza de que algún día ellas también estarían en una jaula, desnudas, esperando que un hombre las marcara. 


"Es nuestro legado" pensaba mientras les peinaba el pelo castaño, igual al suyo. "Ser presas. Ser cazadas. Ser usadas." 


Rodolfo, mientras tanto, entrenaba a sus otras tres hijas. Las que había tenido con las otras mujeres, las que tenían dieciocho años y cuerpos jóvenes y miradas que todavía no sabían lo que las esperaba. Las llevaba a cacerías, las enseñaba a arrodillarse, las preparaba para el día en que alguien las reclamara. 


Lucía, la amiga, tuvo un hijo de Rodolfo. 


Un varón. 


Emily se enteró por los comentarios de los cazadores, por las risas en las cenas posteriores a las cacerías, por la forma en que Rodolfo hablaba de él con un orgullo que nunca había mostrado por ninguna de sus hijas. 


—El pibe tiene buen ojo —decía, mientras los otros asentían—. A los seis años ya apuntaba mejor que yo. 


Ese niño creció. Aprendió a usar la pistola de paintball antes que la bicicleta. Aprendió a leer el miedo en los ojos de las presas antes que a leer un libro. Aprendió que el mundo se dividía entre cazadores y ciervas, y que él había nacido para estar del lado de los que disparan. 


Se convirtió en el mejor cazador del mundo. 


Emily lo vio una vez, años después, en una cacería en los cerros. Era un hombre joven, de espaldas anchas y mandíbula cuadrada, con el mismo caminar tranquilo de Rodolfo y los mismos ojos marrones que miraban a las presas como si ya fueran suyas. 


Lucía estaba detrás de él, como siempre, cargando la mochila. Su collar de asistente había sido reemplazado por otro más grueso, más pesado, que indicaba que era su propiedad. El hijo había reclamado a la madre. El ciclo seguía. 


Emily miró a ese joven desde su jaula, desnuda, esperando la orden de salida. Tenía treinta años y su cuerpo seguía siendo el mismo —nalgas duras, piernas largas, esa manzana paradita que los cazadores seguían elogiando—, pero sus ojos ya no tenían la luz de picardía que habían tenido a los diecinueve. 


Ahora solo tenían espera. La espera de que empezara la cacería. La espera de que la marcaran. La espera de que la penetraran. La espera de que todo terminara para volver a empezar. 


"El ciclo" pensó, mientras las puertas de las jaulas se abrían. "El ciclo nunca termina." 


Salió corriendo desnuda entre los árboles, sintiendo el pasto bajo sus pies, el viento en sus pechos, el collar golpeándole las clavículas. Detrás de ella, los perros ladraban. Los cazadores reían. Y alguien —quizás el hijo de su amiga, quizás otro hombre con otra pistola de otro color— levantaba el arma para disparar. 


Emily sonrió. Y corrió más rápido. 


Porque eso era lo que hacían las ciervas. Correr para que las cazaran. Huir para que las atraparan. Resistirse para que las violaran. 


"Y yo soy la mejor" pensó, mientras la pintura verde impactaba en su nalga derecha, justo donde empezaba todo. "La mejor presa que mi padre cazó jamás." 


Oyó los pasos detrás de ella, la respiración agitada del cazador que la había marcado. Se detuvo. Se arrodilló. Bajó la cabeza. 


Y esperó. 


FIN.

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