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Nacida para ser cazada — Parte 3

 


La casa de Rodolfo era todo lo que Emily no esperaba. 


Después de la mansión de campo —con sus luces amarillas, sus jaulas de metal y su olor a cerveza y sexo— había imaginado algo similar. Pero esto era distinto. Un departamento en el último piso de una torre en Puerto Madero, con ventanas de piso a techo que miraban al río, pisos de mármol negro y cuadros abstractos colgando de las paredes blancas. El lujo frío de alguien que no vive, sino que acecha desde las alturas. 


Rodolfo la llevó de la mano por el pasillo. El collar seguía en su cuello —ya se había acostumbrado a su peso, a la forma en que el cuero se calentaba contra su piel— y el vestido floreado le quedaba ridículamente corto, mostrando la parte baja de sus nalgas cada vez que caminaba. Él no la miraba, pero ella sentía su presencia como un imán. Como si su cuerpo supiera exactamente dónde estaba el de él en todo momento. 


—Esta va a ser tu habitación —dijo Rodolfo abriendo una puerta blanca. 


Emily entró y se encontró con una cama enorme, vestida con sábanas de seda negra. Un placard vacío, abierto, esperándola. Una ventana que daba a la misma vista del río. Todo limpio. Todo ordenado. Todo preparado como si la hubieran estado esperando durante años. 


"Como a una presa" pensó, y la imagen le cruzó la mente antes de que pudiera frenarla. 


Dejó el vestido caer al piso —para qué usarlo si él ya la había visto desnuda tantas veces— y se quedó parada en medio del cuarto en ropa interior. Un conjunto negro, sencillo, el único que había encontrado su madre antes de que se fueran. La tanga se le metía entre las nalgas y el corpiño apenas le sostenía los pechos. Rodolfo la miró un segundo y después giró sin decir nada. 


—Venite a la oficina —dijo, y ella lo siguió como una sombra. 


La oficina era la única habitación del departamento que no parecía nueva. Había olor a tabaco y a papel viejo, estantes llenos de carpetas de archivo, un escritorio de madera oscura cubierto de documentos. Rodolfo se sentó detrás del escritorio y Emily se quedó parada al lado, esperando sin saber qué. 


Él abrió un cajón y sacó una carpeta gruesa, marrón, sin etiquetas. La abrió sobre la mesa y Emily vio fotos. Decenas de fotos. Chicas jóvenes, todas ellas, sonriendo en diferentes escenarios: una en la playa, otra en una fiesta universitaria, otra con uniforme de colegio privado. Caras lindas. Cuerpos delgados, curvilíneos o deportivos. Cada una con una hoja pegada detrás, llena de anotaciones que Emily no alcanzaba a leer desde donde estaba. 


—¿Quiénes son? —preguntó, aunque ya lo sabía. 


Rodolfo levantó la vista y la miró con esa calma que Emily empezaba a reconocer como peligrosa. 


—Futuras ciervas —dijo, como si explicara algo tan cotidiano como el clima. 


Emily tragó saliva. Las manos le temblaron apenas, un temblor que recorrió sus brazos y se instaló en el pecho. Miró las fotos otra vez. Esas chicas no sabían nada. Iban a la playa, a la universidad, a entrenar. Se reían con sus amigas y se sacaban selfies y vivían sus vidas sin imaginar que en algún lugar, en un piso de Puerto Madero, un hombre de cincuenta años las tenía archivadas como piezas de caza. 


"Y yo voy a ser cómplice" pensó, y el pensamiento le supo a ceniza. 


—Las próximas ciervas las vas a reclutar vos —dijo Rodolfo, cerrando la carpeta con un golpe seco. 


Emily parpadeó. La frase le entró por los oídos pero tardó en llegar al cerebro, como si el camino estuviera bloqueado por algo espeso, pegajoso. 


—¿Cómo lo voy a hacer? —preguntó, y su voz salió más pequeña de lo que quería. 


Rodolfo se reclinó en la silla, entrelazando los dedos sobre el estómago. Parecía un ejecutivo después de cerrar un negocio. 


—Vas a organizar una fiesta en una quinta. Vas a invitar a tus amigas, a las chicas del gimnasio, a tus compañeras de hockey. Las que conozcas, las que te caigan bien, las que te caigan mal también. Da igual. Todas sirven. 


Emily sintió que el piso de mármol se ablandaba bajo sus pies descalzos. 


—¿Mis amigas? —repitió, y la palabra le sonó absurda, como si estuviera hablando en otro idioma—. ¿A las chicas con las que voy a la facultad? 


—Sí. También a las del colegio. A las que hacían natación con vos. A las vecinas de tu madre. A todas las que puedas. 


—Pero... ¿y qué les digo? ¿Por qué vendrían? 


Rodolfo sonrió. Esa sonrisa que no era cariñosa pero tampoco cruel, esa sonrisa de alguien que sabe algo que vos todavía no entendés. 


—Les decís que va a haber música. Que vienen unos DJ famosos. Que es una fiesta exclusiva, solo para chicas lindas, y que pueden llevar a otras chicas si quieren. Les mandás invitaciones lindas, con brillos, con fotos. Las chicas de ahora se mueren por eso, ¿no? Por las historias de Instagram, por la exclusividad. Usá eso. 


Emily lo miró sin poder hablar. Tenía la boca seca, las piernas temblando, y en el fondo de su vientre una opresión que no sabía si era miedo o algo peor. 


—¿Y si no quiero? —atinó a decir, aunque las dos sabían la respuesta. 


Rodolfo inclinó la cabeza, como si ella hubiera dicho algo gracioso sin querer. 


—El mes todavía no terminó, hija. Y vos sos mía hasta que yo decida. 


Emily bajó la mirada. Sus pies descalzos sobre el mármol frío. El collar apretándole el cuello. La carpeta con las fotos de las futuras presas. 


—Bueno —dijo, y la palabra no le costó tanto como debería. 


"Por qué no puedo decirle que no" se preguntó, y la pregunta quedó flotando en su cabeza como un anzuelo sin carnada.


La fiesta se armó en tres días. 


Emily envió las invitaciones desde el teléfono de Rodolfo —un iPhone nuevo, sin restricciones, sin controles parentales, como si él confiara en que ella iba a hacer lo correcto— y las respuestas llegaron como un alud. Todas querían ir. Todas querían ser parte de algo exclusivo, algo que las otras iban a envidiar. 


"Es tan fácil" pensó Emily mientras leía mensaje tras mensaje. "Es tan fácil atraparlas." 


Marina fue la primera en confirmar. Morena, pelo rizado, risa contagiosa, amiga desde el jardín de infantes. Después Lucia, la rubia de piernas interminables que siempre había sido la más linda del curso. Y después Sofía, la callada, la que nunca decía mucho, pero tenía el cuerpo que todas envidiaban en secreto: nalgas grandes y redondas, pechos firmes que parecían desafiar la gravedad, una cintura estrecha que las unía como un regalo envuelto para navidad. 


También vinieron las del equipo de hockey. Ocho chicas musculosas, de piernas fuertes y miradas desafiantes. Las de la facultad, un grupo de cinco que siempre se sentaban en la misma mesa del comedor universitario. Y otras que Emily ni siquiera conocía —amigas de amigas, primas, vecinas— que se sumaron porque "había escuchado que la fiesta iba a estar buenísima". 


En total, cerca de ciento cincuenta chicas. 


La quinta quedaba en las afueras, un predio enorme con pileta, canchas de tenis, y un salón principal con luces led y un escenario donde los DJ —reales, famosos, pagados por Rodolfo— mezclaban música electrónica a todo volumen. Emily estaba en el medio de todo eso, vestida con un conjunto que Rodolfo había elegido para ella: una malla negra que le cubría los pechos pero le dejaba el vientre completamente al aire, una pollera de cuero sintético tan corta que apenas le tapaba la entrada de las nalgas, y botas altas negras con taco de aguja. El collar de cuero seguía ahí, y Emily había dejado de intentar esconderlo. 


"Que lo vean" pensó, y no sabía si era desafío o rendición. 


Las chicas llegaron en grupos. Primero las amigas del colegio, después las del hockey, después las demás. El alcohol corría libre en una barra infinita, y los mozos —todos hombres jóvenes, atractivos, vestidos de negro— servían tragos de colores brillantes con una sonrisa ensayada. La música sonaba y los cuerpos se movían, sudorosos, pegajosos, calientes. 


Emily bailó con Marina un rato, con Lucia otro, con Sofía otro. Sintió sus manos en su cintura, sus risas cerca de su oído, sus miradas posándose en el collar sin hacer preguntas. "Está de moda" pensó que creerían. "Un accesorio más." 


Pero sus ojos buscaban a Rodolfo entre la gente. Él estaba en un balcón privado, arriba, detrás de un vidrio espejado que le permitía ver sin ser visto. Emily alcanzaba a distinguir su silueta, su vaso de whisky, la forma en que apoyaba los brazos en la baranda y la miraba a ella, solo a ella, como si las otras ciento cuarenta y nueve chicas no existieran. 


Dos horas después de que empezara la fiesta, algo empezó a cambiar. 


Emily lo sintió primero como un cansancio extraño, un peso en los párpados que no tenía nada que ver con el alcohol. Miró a su alrededor y vio a Marina bostezando apoyada en la barra, a Lucia sentada en un sillón con los ojos a medio cerrar, a las chicas del hockey recostándose unas en otras como un castillo de naipes a punto de derrumbarse. 


—¿Qué...? —empezó a decir Emily, pero las palabras se le arrastraban. 


Una a una, las chicas fueron cayendo. No todas al mismo tiempo, pero sí en una ola suave, silenciosa, como si alguien hubiera apretado un botón de pausa en el control remoto de la fiesta. Sofía se durmió con la cabeza apoyada en la mesa. Las chicas de la facultad quedaron hechas un ovillo en un rincón. Las del hockey se desplomaron en el pasto, cerca de la pileta, con los brazos abiertos como estrellas de mar. 


Emily sintió que sus piernas la abandonaban. El mundo se volvió borroso, líquido, y cuando estaba a punto de cerrar los ojos para siempre, una mano firme la agarró del brazo. 


—Tomalo —dijo Rodolfo, poniéndole una pastilla blanca en la boca. 


Emily la tragó sin pensar. El efecto fue inmediato. El sueño se fue como si le hubieran abierto una ventana en medio del cuarto oscuro. Parpadeó varias veces, y cuando su vista se aclaró, vio la escena completa. 


Ciento cincuenta chicas dormidas. Desparramadas por el salón, por el jardín, por los sillones y las mesas. Algunas seguían de pie, apoyadas en las paredes, pero con los ojos cerrados y la respiración profunda de quien ya no está en este mundo. 


Rodolfo le puso una copa de vino tinto en la mano. Emily la sostuvo, sintiendo el vidrio frío contra sus dedos, y él la envolvió desde atrás con un brazo, apoyando la barbilla en su hombro. Ella apoyó la cabeza contra él —un gesto que ya no le costaba, que ya casi le salía natural— y miró. 


Los mozos se movían con precisión quirúrgica. 


No había desorden. No había gritos. No había nada de lo que Emily hubiera esperado en una escena así. Los hombres jóvenes —atractivos, vestidos de negro— se acercaban a las chicas dormidas y comenzaban a desvestirlas. Pero no como violadores. Como enfermeros. Como personal de mudanzas que maneja algo valioso. Con cuidado. Con silencio. Con una eficiencia que daba más miedo que cualquier brutalidad. 


Emily observó cómo un mozo desabrochaba la blusa de Marina, con los dedos hábiles, y se la sacaba por los hombros sin despertarla. Cómo otro bajaba los jeans de Lucia, tirando suavemente de los bolsillos para que las piernas no se doblaran en posiciones incómodas. Cómo otro cortaba el corpiño de una chica que Emily no reconocía —una rubia de tetas grandes— con una tijera desafilada, porque el broche estaba atrás y girarla era muy complicado. 


Las prendas caían al piso en montones. Blusas, remeras, polleras, zapatillas, corpiños de encaje y de lycra, tangas negras y rosas y blancas. Cuerpos desnudos que la luz de las luces led iluminaba en colores que cambiaban cada segundo: ahora rojo, ahora azul, ahora verde fluorescente. 


Emily tomó un sorbo de vino y sintió el alcohol quemándole la garganta. El brazo de Rodolfo la apretaba contra él, y ella sentía el calor de su cuerpo a través de la ropa de él y de la poca ropa que ella llevaba. Su respiración se había vuelto más rápida, pero no podía decir si era por el vino o por lo que estaba viendo. 


"Mis amigas" pensó, y el pensamiento era como una burbuja de aire en el fondo de una piscina. "Esas son mis amigas. Están desnudas. Están dormidas. Y yo estoy mirando." 


Pero no podía dejar de mirar. 


Los cuerpos de las chicas eran todos distintos. Algunas tenían estrías en las caderas. Otras tenían tatuajes en la espalda, en los tobillos, en las costillas. Una tenía un piercing en el ombligo que brillaba bajo la luz roja. Otra tenía los pezones muy claros, casi rosas, y Emily se preguntó si alguna vez ella misma se había fijado en el color de sus propios pezones. Los cuerpos desnudos dejaban de ser personas y se convertían en algo más abstracto. En carne. En presas. 


Llegaron los camiones. 


Eran grandes, grises, sin ventanas, y se estacionaron en el acceso principal de la quinta. De ellos bajaron más hombres —estos más rudos, con ropa de trabajo y guantes negros— y empezaron a descargar las cajas. De madera. Cuadradas. De aproximadamente un metro y medio de altura. Las mismas jaulas que Emily recordaba, pero sin barrotes. Con paredes sólidas, como ataúdes verticales. 


En cada caja, escrito con pintura blanca, una sola palabra: FRÁGIL. 


Emily sintió el vino revolviéndose en su estómago. 


Los hombres comenzaron a cargar a las chicas. Las levantaban del piso con cuidado —una sujetándole los hombros, otra los tobillos— y las depositaban dentro de las cajas. Tres o cuatro mujeres por caja. Las apilaban en posición fetal, como ropa guardada apurada en un placard, y cerraban las tapas de madera. El ruido de los clavos al ser martillados sonaba cada pocos segundos, un golpe seco que Emily sentía en los dientes. 


Miró cómo a Sofía la metían en una caja con otras dos chicas. La callada, la del cuerpo perfecto, quedó apretada entre una morocha de piernas flacas y una pelirroja pecosa. Los pechos grandes de Sofía se aplastaron contra la espalda de la morocha, y sus nalgas quedaron apuntando hacia arriba, como dos panes redondos en una vitrina. 


"Yo soy culpable" pensó Emily, y esta vez la burbuja no subió. Se quedó en el fondo, pesada, irrespirable. "Yo las engañé. Yo les mandé las invitaciones. Yo les dije que iba a haber música. Yo..." 


—Estás haciendo bien —susurró Rodolfo en su oído, y el calor de su aliento le recorrió el cuello. 


Emily cerró los ojos. Cuando los abrió, los camiones ya estaban cerrados, los hombres trepados a la cabina, los motores rugiendo. En menos de una hora, la quinta había pasado de ser una fiesta de ciento cincuenta chicas a ser un espacio vacío, con vasos tirados en el piso, luces led parpadeando solas, y un silencio que pesaba más que cualquier música. 


Rodolfo la tomó de la cintura y la giró hacia él. Sus manos le apretaron los huesos de la cadera, los dedos hundiéndose en la piel descubierta entre la malla y la pollera. 


—Vamos —dijo, y la guió hacia un auto deportivo negro que los esperaba en la entrada. 


Emily caminó sin resistirse. Las botas de taco alto se le clavaban en la tierra del estacionamiento, y una vez casi se cae, pero Rodolfo la sostuvo con un brazo alrededor de su cintura. La subió al asiento del acompañante, le ajustó el cinturón de seguridad —la tela le cruzó el pecho, apretándole los pechos contra la malla negra— y arrancó el motor. 


Siguieron a los camiones por la ruta. Emily miraba por la ventana las luces traseras rojas, los cajones de madera vibrando dentro de la caja, la palabra FRÁGIL que se repetía una y otra vez cada vez que el camión de adelante frenaba un poco. 


—¿A dónde van? —preguntó, y la voz le salió ronca, gastada. 


—A un aeropuerto privado —dijo Rodolfo, y aceleró para pasar un camión—. De ahí salen en avión. A la cacería. 


—¿Cuántas son? 


—Más de cien. Suficientes para una buena cacería. Los cazadores van a estar contentos. 


Emily apoyó la cabeza contra el vidrio. El collar le apretaba el cuello en esa posición y el cuero le dejaba una marca roja cuando se enderezaba. No le importó. 


Llegaron al aeropuerto privado cuando el sol empezaba a asomar. Era un lugar pequeño, con una pista de asfalto y dos hangares metálicos. El avión de carga ya estaba abierto por atrás, una rampa descendiendo hacia el suelo como una lengua negra, y los hombres descargaban las cajas del camión y las subían a la bodega con una eficiencia enfermante. 


Emily se bajó del auto y se quedó mirando. Las cajas se movían en una línea perfecta, como hormigas llevando hojas. Adentro de cada una —lo sabía, lo sentía— sus amigas seguían durmiendo, desnudas, amontonadas, sin saber que cuando despertaran estarían en otro país, en otro continente, en el medio de un bosque donde hombres con pintura y perros las esperaban para cazarlas. 


"Yo hice esto" pensó. "Yo les mandé los mensajes. Yo les dije que era una fiesta. Yo las abracé cuando llegaron y les dije que me alegraba de verlas." 


Las manos le temblaron. Sintió las lágrimas asomando, pero no lloró. No podía. Algo adentro se lo impedía. Algo que se había roto la primera noche en el bosque, cuando su padre la penetró contra un árbol y a ella le gustó. 


Rodolfo la agarró del brazo y la llevó hacia otro avión. Más chico. Más lujoso. Con escalerilla de alfombra roja y ventanas redondas como ojos de búho. Adentro había sillones de cuero blanco, una mesa de madera con una botella de champagne en una heladera, y una cama en la parte de atrás, separada por una cortina de terciopelo burdeos. 


El avión de carga despegó primero. Emily vio desde la ventanilla cómo las cajas FRÁGIL se elevaban en el aire, tambaleándose apenas, hacia un cielo que se teñía de naranja. 


Después despegó el de ellos. 


El ruido de los motores llenaba la cabina. Emily estaba sentada en uno de los sillones de cuero blanco, las piernas apretadas, las manos sobre las rodillas. Rodolfo se levantó de su asiento y se acercó a ella. Se paró frente a su hija, mirándola desde arriba, y ella levantó la vista para encontrarse con sus ojos marrones. 


—¿Dónde vamos? —preguntó, aunque ya no le importaba la respuesta. 


Rodolfo no dijo nada. Bajó el cierre de su pantalón con una lentitud deliberada, haciendo que cada diente metálico se separara del siguiente con un sonido que a Emily se le clavó en algún lugar del pecho. 


—A la próxima cacería —dijo por fin—. Vos no podés participar porque este mes me pertenecés. Pero vas a trabajar como mi asistente. 


Emily tragó saliva. La mano de Rodolfo ya estaba en su cabeza, los dedos enredándose en su pelo castaño, tirando suavemente hacia atrás para que ella levantara la cara. Su miembro ya estaba duro, apuntando hacia ella como una pregunta que no admitía otra respuesta que no fuera sí. 


—Tomá —dijo, y la guió hacia él. 


Emily abrió la boca. 


Fue la primera vez que lo hizo. Había visto películas, había leído cosas, había escuchado a sus amigas contar anécdotas en los vestuarios después de los partidos de hockey. Pero la teoría no preparaba para la realidad. El peso en la lengua. La textura de la piel caliente. El olor, que no era desagradable pero sí abrumador, demasiado presente, demasiado suyo. 


Rodolfo metió los dedos en su pelo, no para forzarla, sino para guiarla. Ella comenzó a moverse, despacio al principio, aprendiendo los límites de su propia garganta. 


—Así —dijo él, y su voz sonó diferente, más ronca. 


Emily lo tragó más profundo. Sintió cómo su miembro le rozaba el paladar, cómo llegaba al fondo de su garganta y provocaba un reflejo de arcada que ella reprimió con esfuerzo. Sus ojos se llenaron de lágrimas —no de tristeza, sino de un reflejo físico, de una respuesta del cuerpo que no podía controlar— y las lágrimas le rodaron por las mejillas mientras seguía moviendo la cabeza arriba y abajo. 


Las manos de Rodolfo bajaron de su cabeza y comenzaron a recorrerle el cuerpo. Le tocaron los hombros, las clavículas, la parte superior de los pechos que asomaban por encima de la malla negra. Después metieron los dedos dentro de la tela, sacándole los pechos afuera, y él comenzó a masajearlos mientras ella seguía con su tarea. Los pezones se endurecieron al contacto con el aire frío de la cabina, y Emily sintió cómo la mano de su padre los apretaba, los estiraba, los soltaba, en un ritmo que no coordinaba con el de su boca pero que igual funcionaba. 


—Sacate la ropa —ordenó él, y Emily obedeció sin dejar de chupar. 


Fue difícil, pero lo logró. La malla negra voló hacia algún lugar de la cabina. La pollera de cuero se desabrochó sola. Sus pechos quedaron libres, sus pezones erectos, su vientre desnudo, y solo la tanga negra cubría lo que ya no tenía sentido cubrir. 


Rodolfo la nalgueó. La mano le cayó plana sobre la nalga derecha, el golpe sonó en el silencio de la cabina, y Emily sintió la piel arderle donde él la había marcado. No se detuvo. Siguió chupando, ahora más segura, más profunda, sintiendo cómo su propia saliva resbalaba por el miembro de su padre y mojaba sus dedos. 


Él la nalgueó otra vez. Después otra. Después empezó a acariciarle la cabeza, mezclando el dolor con la caricia, y esa mezcla —Emily ya lo sabía— era lo que su cuerpo no podía resistir. 


—Así —dijo Rodolfo, y su voz estaba más ronca, más cortada—. Chupalo así. Igual que tu madre. 


Emily sintió esas palabras como un baldazo de agua helada. 


"¿Mi madre?" pensó, y la imagen de Clara de rodillas en el cuarto, masturbándose mientras su padre la penetraba, le cruzó la mente como un relámpago. "Mi madre le hizo esto. Mi madre tuvo su boca alrededor de su miembro." 


La vergüenza debería haberla detenido. La repugnancia. El asco. Pero no. Lo que sintió fue otra cosa. Un calor que le subió desde el vientre y se le instaló en el pecho, en la garganta, en la lengua que seguía moviéndose alrededor de su padre. 


"Me gusta" pensó, y la culpa se mezcló con el deseo hasta que ya no pudo distinguirlos. "Dios mío, me gusta que me diga eso. Me gusta saber que mi madre hizo esto. Me gusta ser como ella." 


Rodolfo empezó a guiarla con la mano. Más rápido. Más profundo. Emily sintió cómo él se tensaba, cómo sus dedos se aferraban a su pelo con más fuerza, cómo su respiración se volvía un jadeo corto y caliente. 


—Termino —dijo, y fue un aviso. 


Emily no se apartó. No quiso. Siguió chupando mientras él se corría, sintiendo el sabor espeso y salado llenándole la boca, la garganta, desbordando por las comisuras de sus labios. Tragó. Todo. Porque él no le había dicho que lo hiciera, pero ella quería hacerlo. Necesitaba hacerlo. 


Cuando terminó, Rodolfo se quedó quieto un momento, con los dedos todavía enredados en su pelo. Después se retiró despacio, y Emily limpió la comisura de sus labios con el dorso de la mano. Tenía los ojos vidriosos, las mejillas coloradas, la boca hinchada. 


Él se sentó en el sillón de cuero blanco, la dejó a ella arrodillada en la alfombra, y le acarició la cabeza con una suavidad que parecía de otro hombre. 


—La próxima cacería —dijo, y la voz ya estaba normal, como si nada hubiera pasado— va a ser salvaje. No como la del campo. Más grande. Más oscura. Más... 


Hizo una pausa. Emily levantó la vista y lo miró a los ojos. En los de él no había nada que ella pudiera nombrar como culpa o arrepentimiento. Solo una certeza tranquila. La seguridad de alguien que sabe que lo que hace está bien porque él lo decide. 


—...divertida —terminó, y sonrió. 


Emily sintió el sabor de su padre en la boca, en la garganta, en algún lugar mucho más adentro. El avión seguía volando hacia un destino que ella no conocía, y abajo, muy abajo, las cajas con sus amigas dormidas viajaban hacia el mismo lugar. 


"Ya no puedo volver atrás" pensó. "Ya no quiero volver atrás." 


Afuera, el cielo se había vuelto completamente negro. Las luces del avión parpadeaban en la oscuridad como ojos de animal acechando en la noche. Y en algún lugar adelante, esperando, estaba la cacería más salvaje que Emily iba a conocer. 


Cerró los ojos y apoyó la cabeza en la rodilla de su padre. 


Sintió su mano en su pelo otra vez. Acariciándola. Como a una mascota. Como a una presa domesticada que ya no recuerda que alguna vez fue libre.

 


Continuara... 

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