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Nacida para ser cazada — Parte 2

 


La jaula volvió a cerrarse con el mismo ruido metálico de la noche anterior, pero esta vez Emily sintió el candado diferente. Más pesado. Más definitivo. 


Adentro, en cuclillas, desnuda, el collar de cuero negro le rodeaba el cuello como una segunda piel. No la habían atado —no hacía falta—, pero la cadena colgaba del eslabón delantero, arrastrándose por el piso de metal cada vez que ella se movía. Un recordatorio constante de lo que era ahora. 


"Una presa" pensó, y la palabra le supo a sangre en la boca. 


La sala de la mansión seguía igual. Luces amarillas, olor a cuero y cerveza, hombres en camuflaje recostados en los sillones como leones después de una cacería. Pero algo había cambiado. Las jaulas ya no estaban todas llenas. 


Emily observó desde su encierro. 


La morocha de los pezones oscuros estaba acostada en el regazo de un hombre grande, barbudo, que le acariciaba el pelo mientras tomaba whisky con la otra mano. La rubia de la cadera torcida estaba de rodillas entre las piernas de un flaco de anteojos, la cabeza inclinada en un movimiento rítmico que Emily no quiso mirar con demasiada atención. Otra chica, pelirroja, estaba en cuatro patas en el medio de la alfombra, y un tipo de espalda ancha la montaba sin apuro, como quien cabalga un domingo por la tarde. 


Nadie miraba a Emily. 


Ella estaba sola en su jaula, arrinconada en un costado de la sala, cerca de la ventana empañada por la humedad de la noche. Los hombres pasaban cerca, sí, pero ninguno se detenía. Algunos le lanzaban una ojeada rápida, una sonrisa de costado, y seguían de largo. 


—Ya tiene dueño —escuchó que dijo uno, y el otro asintió como si eso lo explicara todo. 


Emily apretó las rodillas contra el pecho. El metal frío le mordía las nalgas desnudas y sentía la humedad de la noche anterior todavía pegada entre sus muslos. No había dormido. No había podido. Cada vez que cerraba los ojos volvía a sentir la corteza del árbol en las palmas, la respiración de su padre en la nuca, el dolor blanco del orgasmo partiéndole el cerebro. 


"Me gustó" se repetía, y la culpa le retorcía el estómago como una mano apretando una fruta podrida. "Me gustó que mi padre..." 


No podía terminar la frase. 


Rodolfo estaba al otro lado de la sala, apoyado en la barra de madera, charlando con el anciano de barba blanca. Reían bajito, como si compartieran un secreto que ella nunca iba a entender. En un momento, él levantó la vista y la miró. No sonrió. No le hizo ninguna seña. Solo la miró, y Emily sintió esa mirada como un peso físico que la aplastaba contra el piso de la jaula. 


"Quién sos" se preguntó, mirando a ese hombre que la había engendrado y que ahora la había marcado como suya. "Quién mierda sos, Rodolfo." 


Porque el padre que ella conocía —el fantasma que aparecía cada dos meses, el sobre de billetes sobre la mesa, el silencio incómodo en las cenas de Navidad— no tenía nada que ver con este hombre. Este hombre había esperado. La había mirado crecer, había visto sus piernas alargarse, sus caderas ensancharse, sus nalgas volverse duras y redondas como una fruta lista para cosechar. Y había esperado. 


"Solo esperó que cumpliera diecinueve" pensó Emily, y el pensamiento la heló más que el metal de la jaula. "Todo este tiempo solo esperó." 


Rodolfo no se acercó en toda la noche. La dejó en su jaula, ignorada, mientras las otras chicas gemían y reían y se retorcían bajo los cuerpos de los cazadores. Emily se quedó en cuclillas, abrazándose, mirando la escena como quien mira una película desde afuera. A veces sentía vergüenza. A veces asco. A veces, en el fondo de su vientre, una punzada caliente que no quería reconocer. 


Cuando el sol empezó a filtrarse por las ventanas, los hombres se fueron yendo de a uno. Las chicas también. Algunas caminaban solas, otras eran llevadas en brazos, otras apenas podían mantenerse en pie. La morocha se fue de la mano del barbudo, y Emily vio cómo él le abría la puerta del auto y ella se subía sonriendo. 


"¿Sonríen?" se preguntó, y la pregunta le quedó dando vueltas en la cabeza como una mosca alrededor de una fruta. 


Rodolfo apareció frente a su jaula cuando ya casi no quedaba nadie. Tenía las mismas ropas de camuflaje de la noche anterior, pero arrugadas, manchadas de cerveza y de sudor. Abrió el candado sin decir nada, y cuando la puerta se abrió, Emily no se movió. 


—Salí —dijo él. 


Ella obedeció. No por miedo. Por algo peor: porque una parte de ella quería obedecer. 


La llevó hasta el auto —una camioneta negra, grande, con vidrios polarizados— y abrió la puerta del acompañante. Emily se subió desnuda, el collar negro colgándole del cuello sin cadena, y el cuero frío le rozó las clavículas cuando se acomodó en el asiento. Rodolfo no la ató. No hizo falta. El simple hecho de tener el collar la mantenía quieta, como a una perra que sabe que no puede bajarse del auto sola. 


Él arrancó el motor y la camioneta se movió sobre el camino de tierra. Emily miró por la ventana los árboles que se alejaban, el monte que la había visto correr desnuda entre las sombras, el lugar donde su padre la había penetrado por primera vez. 


—Este mes juntos —dijo Rodolfo sin mirarla, con una mano en el volante y la otra apoyada en su propia pierna— vas a conocer la verdadera humanidad. 


Emily lo miró de costado. El perfil duro, la mandíbula cuadrada, las arrugas alrededor de los ojos que lo hacían ver más viejo de lo que era. 


—Unos son cazadores —continuó él, y la voz sonaba tranquila, como si estuviera explicando algo tan obvio como el funcionamiento de una heladera—. Otros son presas. Así funciona el mundo, hija. Siempre funcionó así. Lo que pasa es que la mayoría vive engañada, creyéndose cazadora cuando en realidad es presa. Yo te estoy mostrando la verdad. 


Emily sintió la mano de Rodolfo en su pierna. Los dedos grandes, ásperos, se le posaron justo arriba de la rodilla y empezaron a subir despacio, acariciando la cara interna del muslo. Ella no se movió. No apartó la pierna. Su cuerpo seguía quieto mientras la mano subía, y esa inmovilidad la aterraba más que cualquier otra cosa. 


—Esta cacería fue tranquila —dijo él, y ahora sus dedos llegaban al borde de su entrepierna, rozando el vello púbico sin llegar a meterse—. Hay cacerías más salvajes. Con más presas. Con reglas más duras. Algún día vas a participar en una de esas. 


Emily tragó saliva. Su corazón latía rápido, pero no de miedo. No del todo. 


—Vos ahora —dijo Rodolfo, y la mano se detuvo justo donde empezaba su humedad— vas a tener que buscar nuevas presas. Chicas como vos. Jóvenes. Lindas. Que no sepan lo que las espera. 


—¿Qué? —atinó a decir Emily, y la voz le salió ronca—. ¿Yo? 


—Vos. Mi presa favorita ahora es cazadora también. Así funcionan las cosas. 


Emily lo miró. Los ojos de Rodolfo seguían fijos en la ruta, pero en el borde de sus labios se dibujaba una sonrisa chiquita, íntima, que la hizo sentir desnuda de una forma que no tenía nada que ver con la falta de ropa. 


"Está loco" pensó. "Mi padre está completamente loco." 


Pero no dijo nada. Se quedó callada, sintiendo la mano de él quieta entre sus piernas, el collar apretándole el cuello, el paisaje de la ruta deslizándose detrás del vidrio polarizado. 


Llegaron a la casa de Emily cuando el sol ya estaba alto. Era un barrio cerrado, casas bajas y blancas con jardines cuidados, calles arboladas donde los vecinos paseaban a sus perros y a sus hijos. Emily miró su casa desde el asiento de la camioneta y sintió que todo eso le quedaba lejos. Como si esa hubiera sido la vida de otra persona. 


—Bájate —dijo Rodolfo. 


—¿Así? —preguntó Emily, señalándose desnuda—. ¿Así voy a entrar? 


—Bájate. 


La voz no admitía réplica. Emily abrió la puerta de la camioneta y puso un pie en la vereda. El pasto estaba húmedo y se le pegó a la planta del pie. Dio unos pasos hacia la puerta de entrada, sintiendo el sol en los hombros, en la espalda, en las nalgas que se movían con cada paso. El collar negro le colgaba del cuello como un adorno más. 


"Si me ve algún vecino" pensó, pero el pensamiento se disolvió antes de terminar porque Rodolfo ya estaba detrás de ella, abriendo la puerta con su propia llave. 


Adentro, la casa olía a café recién hecho y a flores secas. El living estaba igual que siempre: sillones de tela beige, una mesa ratona con revistas viejas, un cuadro de un paisaje de campo en la pared. Todo igual. Todo normal. Y en el medio de esa normalidad, su madre. 


Clara. Emily le puso el nombre en la cabeza como quien enciende una luz en un cuarto oscuro. Clara tenía el pelo castaño como el de ella, pero más claro, más desgastado por los años. La cara arrugada alrededor de los ojos, las manos siempre húmedas, la mirada que la miraba a Emily como si la viera por primera vez. 


Cuando Clara la vio desnuda, con el collar, entrando a su propia casa escoltada por Rodolfo, sus ojos se llenaron de algo que Emily no esperaba. 


Tristeza. 


Pero también otra cosa. Algo más abajo, más hondo, que Emily no supo nombrar. 


—Mami... —empezó a decir Emily, y la voz se le quebró porque de repente se sintió chica, de cinco años, con una rodilla raspada y necesitando un abrazo. 


Clara no dijo nada. Se acercó a ella con pasos lentos, como si caminara sobre vidrios, y la abrazó. Los brazos de su madre la rodearon desnuda, la apretaron contra el delantal floreado, y Emily sintió las lágrimas de Clara en su hombro. 


—Ya sé —susurró Clara, tan bajo que casi no se escuchó—. Ya sé, mi amor. 


Emily se quedó helada en el abrazo. "¿Ya sabe qué?" pensó. "¿Sabe lo que pasó? ¿Sabe lo que va a pasar?" 


Rodolfo miró la escena con una paciencia infinita, los brazos cruzados, apoyado en el marco de la puerta. Cuando el abrazo se aflojó, él se enderezó y caminó hacia las dos mujeres. Las tomó de las manos —a Clara de una, a Emily de la otra— y las guio hacia el fondo de la casa, hasta la habitación principal. 


El cuarto de Clara olía a lavanda y a polvo de maquillaje. La cama estaba deshecha, las sábanas revueltas de la noche anterior, un camisón colgando del respaldo de la silla. La luz entraba por la ventana en franjas amarillas que cortaban el aire en pedazos. 


Rodolfo soltó las manos y habló. No era una sugerencia. Era una orden. 


—Vos, de rodillas. 


Clara obedeció. Emily la vio bajar las rodillas a la alfombra, juntar las manos sobre el delantal, bajar la mirada. No había sorpresa en sus ojos. No había resistencia. Solo esa tristeza que Emily había visto antes, mezclada con algo que ahora reconocía: sumisión. 


—Vos, en la cama. En cuatro. 


Emily sintió que el piso se movía. La orden era para ella. Miró a su madre arrodillada, a su padre parado frente a la cama, a las sábanas revueltas esperándola. 


—¿Acá? —preguntó, y la voz apenas fue un hilo—. ¿Delante de ella? 


—En cuatro —repitió Rodolfo, y esta vez había un filo en la voz. 


Emily se subió a la cama. El colchón crujió bajo su peso. Se puso en cuatro patas, las rodillas hundidas en las sábanas, los brazos estirados, la cabeza gacha. Sintió la mirada de su madre clavada en su espalda, en sus nalgas levantadas, en ese collar negro que le colgaba del cuello como un collar de perlas. 


Rodolfo se acercó por detrás. Emily escuchó el ruido del cierre bajándose, la ropa cayendo al piso. Después sintió sus manos en sus caderas, calientes, firmes, ajustándola en la posición exacta que él quería. 


—Te dije —murmuró él, mientras alineaba su cuerpo— que te iba a gustar por el culo. 


Y entró. 


Emily cerró los ojos con fuerza. La penetración fue lenta, deliberada, cada centímetro un acuerdo tácito entre su cuerpo y el de él. Sintió cómo la abría, cómo el dolor se mezclaba con ese otro calor que empezaba a conocer demasiado bien. Un gemido se le escapó de la boca, involuntario, casi animal. 


—Bien —dijo Rodolfo desde atrás—. Vas a tener que acostumbrarte. Por eso te lo voy a meter todos los días. 


Comenzó a moverse. Despacio al principio, como quien prueba el terreno. Sus manos subieron por la espalda de Emily, tocándole los omóplatos, los hombros, el cuello. Después bajaron, rodeándole la cintura, apretándole las nalgas con una fuerza que dejaba marcas rojas. 


Emily abrió los ojos y se encontró con la mirada de su madre. 


Clara seguía de rodillas en la alfombra, las manos apretadas en el regazo. Pero sus ojos... sus ojos estaban fijos en el lugar donde el cuerpo de Rodolfo se unía al de su hija, y en ellos Emily vio algo que la partió al medio. 


Tristeza. Sí. Pero también excitación. 


Un brillo húmedo, caliente, que Clara intentaba disimular bajando la mirada un segundo y volviéndola a levantar al siguiente. 


—Tu madre era una presa —dijo Rodolfo mientras seguía moviéndose, cada embestida un poco más fuerte que la anterior—. Y lo fue por años. 


Emily sintió las manos de su padre en sus pechos, apretándole los pezones, estirándolos, soltándolos. Unas manos grandes, ásperas, que la tocaban como si fuera un instrumento que estaba aprendiendo a tocar. 


—En este mismo bosque donde te marqué —continuó él, y ahora su voz era un susurro ronco que le llegaba desde atrás— fuiste engendrada. Tu madre era una cierva muy linda de joven. Y yo recién empezaba como cazador. 


Emily giró la cabeza para mirar a su madre. Clara tenía las mejillas coloradas, los labios entreabiertos, y una mano había dejado de apretar el regazo para apoyarse en el piso, cerca de su propia entrepierna. 


"No" pensó Emily, pero el pensamiento era débil, borroso, ahogado por las embestidas de su padre. "No puede ser que le guste verme..." 


Pero era cierto. Emily lo veía en sus ojos. En la forma en que su madre humedecía sus labios. En el movimiento de su mano, disimulado pero inconfundible, empezando a acariciarse por encima de la ropa. 


Rodolfo la agarró del pelo. 


Emily sintió el tirón en la raíz, el dolor agudo que la obligaba a arquear la cabeza, a mostrar el cuello, a ofrecer la garganta como una ofrenda. Él aprovechó para meterle los dedos en la boca, dos dedos que ella chupó sin pensar, como si fuera lo más natural del mundo. 


Después la nalgueó. 


La mano cayó plana sobre su nalga derecha y el golpe sonó en el cuarto como un disparo. Emily gimió. No de dolor. No del todo. El ruido la sorprendió a ella misma, y sintió cómo su cuerpo se apretaba alrededor de su padre, cómo las paredes de su ano se cerraban convulsivamente. 


—Así me gusta —dijo Rodolfo, y la nalgueó otra vez. 


Las embestidas se hicieron más rápidas. Más hondas. Emily sentía los testículos de su padre golpeando contra sus labios, sentía el sudor cayendo por su espalda, por el hueco de su columna, mezclándose con el de él. Su pelo se había desarmado por completo, mechones castaños pegados a la cara, a los hombros, a la comisura de los labios. 


Su madre se estaba masturbando. 


Ya no lo disimulaba. Clara tenía la mano metida dentro del pantalón, los ojos fijos en el cuerpo de su hija, la boca abierta en una respiración entrecortada. Las dos mujeres se miraron a los ojos —madre e hija, presas las dos— y en esa mirada hubo algo que Emily no supo explicar. Vergüenza. Deseo. Un espanto compartido que las unía más que cualquier abrazo. 


El orgasmo de Emily fue violento. 


No pudo taparse la boca. Ni quiso. El gemido que salió de su garganta fue largo, agudo, casi un grito, y su cuerpo se arqueó como si la hubieran electrocutado. Las piernas le temblaron. Las manos se le cerraron alrededor de las sábanas. Y adentro, todo su ser se apretó alrededor de su padre, succionándolo, pidiéndole más sin palabras. 


Rodolfo sintió ese apretón y perdió el ritmo. Se volvió errático, desesperado, embistiéndola con una furia que ya no era controlada. Diez, quince, veinte veces más. Cada golpe de su pelvis contra las nalgas de Emily sonaba húmedo, obsceno, definitivo. Y cuando se corrió, lo hizo adentro, profundo, mientras su cuerpo temblaba sobre el de ella. 


Se quedaron así, pegados, respirando el mismo aire caliente del cuarto. Emily tenía la cabeza apoyada en la cama, los brazos estirados, las rodillas a punto de ceder. Podía sentir cómo su padre se iba ablandando dentro de ella, cómo el sudor se enfriaba en su espalda. 


Rodolfo se retiró despacio. Hizo un ruido húmedo al salir, y Emily sintió el vacío como una pérdida. Después él se enderezó, acomodó su ropa como si nada hubiera pasado, y miró a Clara. La madre seguía de rodillas, con la mano mojada, los ojos brillantes. 


—Buscá ropa para Emily —ordenó Rodolfo con la voz ya normal, como si recién hubiera pedido un café—. Se queda conmigo un mes.  


Clara asintió sin decir nada y salió del cuarto arrastrando los pies. 


Emily quedó desnuda sobre la cama de su madre, jadeando, con las piernas abiertas y el cuello marcado por el collar. El cuarto olía a sexo, a sudor, a algo que ya no podía nombrar como pecado. Miró el techo blanco, la lámpara de luz cálida, la foto de ella y Clara en la playa cuando ella tenía siete años. 


"Cómo llegué hasta acá" se preguntó. 


Pero no había respuesta. O sí, la había, pero estaba enterrada tan adentro que no quería mirarla. 


Clara volvió con un vestido veraniego, floreado, que le quedaba corto. Emily se lo puso sin levantarse de la cama, sintiendo la tela fresca rozándole la piel caliente. Cuando terminó, Rodolfo le ofreció la mano para ayudarla a bajar. 


Ella la tomó. 


Salió de la casa de la mano de su padre, con el vestido floreado que le llegaba a medio muslo, el collar negro asomando por encima del escote. Clara se quedó en la puerta, mirándola irse, con los brazos cruzados sobre el pecho y una expresión que Emily ya no sabía leer. 


Subió a la camioneta. Rodolfo arrancó el motor, y ella miró por la ventana cómo su casa se hacía chica, cómo su madre levantaba una mano en un saludo que parecía una despedida. 


—¿A dónde vamos? —preguntó Emily, y su voz sonó vacía, como la de alguien que ya no espera decidir nada. 


—A conocer otros juegos —dijo Rodolfo, y sonrió—. Cacerías más salvajes. 


Emily apoyó la cabeza contra el vidrio y cerró los ojos. El collar le apretaba el cuello con cada latido de su corazón. Adentro, en algún lugar oscuro y caliente, una parte de ella —la que había gemido sin taparse la boca, la que se había apretado alrededor de su padre, la que lo había mirado a los ojos mientras la penetraba— quería saber más. 


"Qué otros juegos" pensó, y el pensamiento la aterrorizó y la excitó en partes iguales. 


La camioneta tomó la ruta. El barrio cerrado quedó atrás. Y adelante, en algún lugar que Emily todavía no podía imaginar, la esperaban más jaulas, más cacerías, más formas de ser presa. 


O de aprender a cazar. 



Continuara... 

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