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Nacida para ser cazada — Parte 1

 

El taxi dejó a Emily frente a la entrada de la mansión campestre cuando el sol empezaba a dorar el horizonte. Se bajó con cuidado, ajustándose la falda corta negra que el viento del viaje había levantado más de la cuenta. El top fruncido le dejaba el ombligo al aire y una línea de sombra recorría el inicio de sus costillas. Había elegido ese conjunto pensando en quedar bien, en mostrar que era una mujer —no una niña—, aunque las piernas le temblaban por dentro. 


Nunca la había invitado a nada. Ni al campo, ni a pescar, ni siquiera a comer un helado cuando era chica. 


Rodolfo Bauer era un fantasma que aparecía cada dos meses, dejaba un sobre con billetes sobre la mesa de la cocina, miraba a su madre con una mezcla de desprecio y obligación cumplida, y se iba sin abrazarla. Cuatro hijas. Cuatro mujeres distintas. Todas embarazadas casi al mismo tiempo, como si hubiera sembrado campos diferentes en la misma temporada de lluvias. Emily era la mayor por unos meses nomás, la diferencia apenas un suspiro de calendario. Las otras tres tenían dieciocho. Nunca las conoció. Nunca quiso. 


Por eso, cuando sonó el teléfono y escuchó la voz grave de Rodolfo decirle "Venite al campo, quiero que pases dos días conmigo, vamos a cazar", algo se le partió adentro. Un mecanismo viejo, oxidado, que de repente empezó a moverse sin que ella pudiera frenarlo. 


—¿Cazar? —había preguntado con la voz chillando un poco. 


—Sí. Te explico cuando llegues. 


Y cortó. Como siempre. 


Ahora estaba ahí, con las manos sudando alrededor de la correa del bolsito negro, viendo a su padre apoyado contra el portal de la mansión. Vestía ropa de camuflaje —verde y marrón, manchas irregulares que se fundían con los árboles— y en la cadera derecha colgaba una pistola de paintball. El negro brillante del cañón, el cargador transparente que dejaba ver las bolas de pintura. 


"¿Qué van a cazar con eso?" se preguntó, y la pregunta quedó flotando en su cabeza como una burbuja de jabón antes de estallar. 


Rodolfo no sonrió cuando la vio. Apretó los labios —finos, igual que los de ella, aunque ella nunca lo había notado hasta ahora— y le hizo una seña con los dedos para que se acercara. Caminaba con la seguridad de alguien que sabe que el terreno le pertenece. No era atractivo. Nunca lo fue. Cara ancha, nariz grande, panza que empezaba a ganarle la batalla a los cierres. Pero había algo en la forma de moverse, en el silencio que dejaba atrás como un rastro, que hacía que Emily lo mirara distinto esta vez. 


Se acercó con pasos cortos. La falda le subía un poco con cada movimiento y sentía el aire fresco metiéndose entre sus muslos. 


—Hola, papá —dijo, y la palabra le sonó ajena, como si la hubiera ensayado en otro idioma. 


Rodolfo la miró de arriba abajo. No apurado. Degustando. Los ojos se le detuvieron en el borde de la falda, después en el hueco que dejaba el top sobre su vientre, después en sus nalgas. Emily sintió el peso de esa mirada como una mano invisible apoyándose donde no debería. "Soy su hija" pensó, pero el pensamiento no alcanzaba a cubrir el cosquilleo que le subía por la columna. 


—Estás linda —dijo él, y no era un halago. Era una constatación. Un dueño reconociendo su propiedad después de años de dejarla guardada. 


Rodolfo estiró un brazo y le rozó la mejilla con los nudillos. El gesto fue lento, casi tierno, pero los dedos le apretaron la mandíbula justo antes de soltarla. Dominio disfrazado de caricia. 


—Pasá —dijo, y giró hacia la puerta de madera oscura. 


Emily lo siguió. 


Adentro, la mansión no era lo que esperaba. Olía a cuero viejo, a cigarrillo, a sudor de varios cuerpos machos concentrado en los sillones de gamuza. Pero lo que la detuvo en seco fue la luz. Una luz amarilla, baja, de lámparas de caza que colgaban del techo como animales disecados. Y debajo de esa luz, en la sala principal, había hombres. 


Unos diez. Todos con la misma ropa de camuflaje que su padre. Todos con pistolas de paintball colgando de los cinturones. Algunos tomaban cerveza directamente de la botella. Otros reían con una risa ronca, húmeda. Pero ninguno la miraba a ella. 


Miraban las jaulas. 


Emily sintió que el piso se ablandaba bajo sus zapatos. Cuadradas. De metal pintado de negro. Con ruedas. Cada una medía un metro y medio de alto, y adentro, desnudas, había chicas. Jóvenes. De su edad. Algunas tenían el pelo revuelto sobre la cara, otras lo llevaban atado con cintas de colores. Todas estaban en cuclillas o arrodilladas porque paradas no entraban. Sus cuerpos brillaban bajo la luz amarilla, la piel marcada por el frío o la humedad o el miedo —pero no. Emily entrecerró los ojos. 


No parecían asustadas. 


Una de ellas, morocha, de tetas redondas y pezones oscuros, se reía con un hombre que se había agachado a su altura. Le hablaba bajito, y ella inclinaba la cabeza como una gata que acepta que le rasquen la nuca. Otra, rubia, con una cadera más ancha que la otra, estaba con los brazos envueltos alrededor de sus propias rodillas, pero sus ojos tenían un brillo que Emily no supo interpretar. No era miedo. Era espera. Era hambre. 


—¿Qué es esto? —preguntó, y su voz salió ronca, rota por algún lado. 


Rodolfo no respondió de inmediato. Puso una mano en la parte baja de su espalda —justo donde empezaba el hueco antes de las nalgas— y la guió hacia un pasillo lateral. La presión era firme, ineludible. 


—Pasá a mi oficina —dijo—. Te explico. 


La oficina olía a whisky y a papel viejo. Había un escritorio enorme de madera, una silla giratoria de cuero, y detrás, una cabeza de ciervo disecada que miraba con ojos de vidrio hacia la nada. Rodolfo cerró la puerta y el ruido del picaporte fue como un disparo apagado. 


Emily se quedó parada en el medio de la alfombra, las manos apretando el bolsito contra el estómago. Las piernas las sentía flojas, como si los huesos se le hubieran vuelto gelatina. 


—Este es nuestro territorio de caza —dijo Rodolfo, y la voz era tan tranquila que Emily tuvo ganas de gritar. No lo hizo. Se quedó escuchando, la respiración atrapada en algún lugar del pecho—. Salimos a cazar chicas jóvenes. El que logra pintarla con la pistola y usa su cuerpo se queda con ella todo un mes. 


El silencio después de esas palabras fue tan denso que Emily escuchó su propia sangre moviéndose en los oídos. 


—¿Todo un mes? —repitió, y no era una pregunta. Era un eco. 


Rodolfo se acercó. Ahora estaban separados por menos de un metro. Emily podía olerlo —tabaco, cuero, algo más profundo que era suyo, algo macho y caliente— y su cuerpo no supo si quería acercarse o salir corriendo. 


—Quiero que participes —dijo él, y la voz le bajó un tono, se hizo más íntima—. Como una de las presas este fin de semana. 


—No —dijo Emily. 


Fue automático. La palabra saltó de su boca antes de que su cerebro terminara de procesar lo que había escuchado. 


Rodolfo sonrió. No era una sonrisa fea. Era una sonrisa de adulto que ya sabe la respuesta antes de hacer la pregunta. 


—Sos una mujer adulta —dijo, y cada palabra caía como una moneda sobre una mesa de mármol—. Te podés negar, claro. Pero tu madre no trabaja. ¿De qué piensan vivir, Emily? ¿Vos tenés una vida cara. Esa ropa. Ese bolsito. Esa forma de caminar como si el mundo te debiera algo. ¿Quién paga todo eso? 


Emily sintió que la alfombra se abría debajo de sus pies. 


—Usted —susurró. 


—Claro que yo. Y puedo dejar de pagar cuando quiera. Esta misma noche. Mañana. Ya no necesito mantener a nadie si no quiero. 


El chantaje flotó en el aire entre ellos, tan claro como el olor a whisky. Emily pensó en su madre, en la casa del barrio cerrado, en la tarjeta de crédito que usaba sin mirar los precios. Pensó en las clases de pilates, en las cenas afuera, en la ropa colgada en placards llenos. Todo eso tenía un color ahora. Un color verde camuflaje. 


—Son solo dos días —dijo Rodolfo, y su voz se hizo más suave—. Y soy tu padre. ¿Pensás que voy a dejar que algo malo te pase? Tengo un plan. Solo necesito que confíes en mí. 


Emily lo miró a los ojos. Eran marrones, oscuros, con pequeñas venitas rojas en el blanco. Por un segundo le pareció ver algo parecido al cariño. O tal vez solo era la luz amarilla de la lámpara del escritorio. 


—¿Y qué tengo que hacer? —preguntó, y odió la forma en que su voz sonó pequeña. 


—Primero, desnudarte. 


No fue una orden violenta. Rodolfo lo dijo como quien pide la hora. Pero Emily sintió el mandato hundirse en sus huesos. Se quedó quieta, los dedos aferrados al bolsito, mientras el tiempo se estiraba como un chicle derritiéndose al sol. 


Después respiró hondo. Y se desnudó. 


Primero el top. Lo levantó por encima de su cabeza y sintió el aire frío del aire acondicionado mordiéndole los pechos. Sus pezones se endurecieron al toque —no podía evitarlo— y vio cómo los ojos de Rodolfo bajaban hacia ellos sin ningún apuro. Después la falda. La bajó hasta los tobillos y tuvo que inclinarse un poco, mostrando la curva de su espalda, la sombra entre sus nalgas apenas cubierta por la tanga negra. Por último, la tanga. Eso le costó más. Cerró los ojos y la deslizó pierna abajo, y cuando los volvió a abrir estaba completamente desnuda frente a su padre. 


Rodolfo no dijo nada. La miró como se mira una obra de arte en un museo: despacio, con atención a los detalles. La línea de su cuello, el hueco de sus clavículas, la cintura que se estrechaba antes de explotar en la curva perfecta de sus caderas. Pero donde sus ojos se quedaron fue en sus nalgas. Duras. Redondas. Paraditas como una manzana lista para ser mordida. 


—Bien —dijo él, y la palabra sonó a promesa. 


La llevó de vuelta a la sala. Emily caminó descalza sobre la madera fría, sintiendo las miradas de los hombres clavarse en su piel. Cuando llegó a las jaulas, su padre abrió una de las puertas metálicas y le hizo señas para que entrara. 


Era más pequeña de lo que parecía desde afuera. Adentro, Emily no podía pararse derecha sin que el techo de metal le rozara la cabeza. Las opciones eran dos: ponerse en cuclillas o arrodillarse en cuatro patas. Eligió la primera, abrazándose las rodillas contra el pecho. El metal frío le mordía las nalgas desnudas. 


Rodolfo cerró la puerta con un candado. El ruido fue definitivo. 


Los hombres se acercaron a mirarla. No todos. Algunos siguieron tomando cerveza, indiferentes. Pero otros sí, cuatro o cinco, formando un semicírculo frente a su jaula. Emily sintió sus ojos como dedos, como lenguas, como la promesa de algo que no estaba segura de entender. Uno de ellos, un rubio con cicatriz en la ceja, sonrió mostrando los dientes y lamió el borde de su botella de cerveza mientras la miraba. 


Ella apretó las rodillas con más fuerza. 


"Solo aguanta dos noches" se repitió. "Dos noches y esto termina." 


Las jaulas —diez en total— empezaron a moverse. Hombres con ropa de camuflaje las empujaban hacia atrás de la casa, y las ruedas chirriaban sobre las piedras del camino. Emily vio el sol naranja a punto de esconderse detrás de los árboles. Después, el monte. Extenso. Infinito. No se veía el final. 


En el límite del bosque, un anciano las esperaba. Vestía también de camuflaje pero su ropa parecía más vieja, más gastada, como si hubiera hecho esto cientos de veces. Tenía barba blanca y ojos de un azul tan claro que parecían transparentes. Cuando levantó la mano, todos los hombres se callaron. 


—Escuchen bien, ciervas —dijo, y su voz rasposa se escuchaba sin esfuerzo en el silencio del atardecer—. Esto es una cacería. Ustedes corren. Ellos las cazan. Si logran cruzar el bosque sin que nadie las marque con la pintura, son libres. Pueden irse. Nadie las va a buscar. 


Una pausa. El viento movió las hojas de los árboles y Emily sintió el frescor en sus pezones erectos. 


—Pero si son marcadas con la pintura —continuó el anciano, y ahora su voz se hizo más lenta, más grave— y penetradas... deben obedecer a ese cazador por un mes entero. Un mes haciendo lo que él les diga. ¿Todas de acuerdo? 


Desde las jaulas, las otras chicas respondieron a unísono: 


—Sí. 


La voz de ellas fue perfecta, ensayada, como si hubieran dicho esa palabra muchas veces antes. Emily las miró. La morocha que se reía con el hombre ahora tenía la cabeza gacha y una sonrisa chiquita en los labios. La rubia de la cadera torcida asintió con los ojos cerrados. 


—Sí —dijo Emily, y su voz sonó sola, rota. 


"Estoy loca" pensó. 


El anciano asintió. Sacó un cronómetro de su bolsillo. 


—Tienen treinta minutos de ventaja. 


Emily sintió una explosión de adrenalina en el pecho. "Treinta minutos. Corriendo. Sin ropa, pero corriendo. Ellos son viejos, pesados, no van a alcanzarme. Soy joven." 


Las puertas de las jaulas se abrieron al mismo tiempo. 


Las chicas salieron disparadas como animales que por fin abren la trampa. Emily corrió. Descalza. Desnuda. Sus pies golpeaban la tierra húmeda y las hojas secas se clavaban entre sus dedos. No miró atrás. No miró a nadie. Escuchó las respiraciones de las otras, el crujido de ramas, los golpes de pies descalzos. Pero una a una las fue dejando atrás. 


Corrió como si el infierno la persiguiera. Como si la noche ya le mordiera los talones. Sus nalgas saltaban con cada zancada —era imposible no mirarlas, imposible no sentirlas moverse, duras y redondas, una obra de arte en movimiento— y el aire frío le lamía la espalda, los costados, los pechos que rebotaban libres. 


Después de veinte minutos, las otras ya no se escuchaban. Emily aminoró el paso solo un poco, el corazón latiéndole en la garganta, y sonrió. 


"Nadie va a alcanzarme" pensó. "Soy demasiado rápida." 


Pero cuando los treinta minutos se cumplieron, lo primero que escuchó fueron los perros. 


Ladridos. Profundos. Organizados. No eran dos o tres. Eran varios, una manada que venía desde atrás con una dirección precisa. Y después, las voces de los hombres. Risas. Gritos. 


Emily apretó el paso. Pero correr en el bosque era otra cosa. Las ramas le azotaban la cara, las raíces le torcían los tobillos, y sus pulmones ardían como si tuviera brasas adentro. El sol se fue del todo y la oscuridad cayó pesada, húmeda, llena de sonidos que no sabía nombrar. 


Escuchó el primer grito a lo lejos. 


Una chica. Un alarido que no era de dolor del todo —había algo más ahí, algo que Emily no quiso reconocer. Después otro grito. Una risa ronca de hombre. Y un gemido. Largo. Húmedo. Que se perdió entre los árboles. 


Emily siguió corriendo, pero más lenta. Las piernas ya no respondían. Los muslos le temblaban. Los pies sangraban por las piedras y las ramas rotas. 


Los perros se escuchaban más cerca. Mucho más cerca. 


Empezó a caminar. Después a tropezar. Se apoyó en un árbol, jadeando, y sintió las gotas de sudor resbalando entre sus tetas, por el hueco de su columna, hasta la grieta de sus nalgas. 


Entonces sintió el dolor. 


Agudo. Preciso. En la nalga derecha. 


Emily se llevó la mano y al mirarla tenía los dedos manchados de verde fluorescente. Pintura. La habían marcado. 


—Me hiciste caminar mucho, hija. 


La voz de Rodolfo salió de entre los árboles con una calma que daba más miedo que un grito. Emily levantó la vista. Su padre estaba a diez metros, con un perro a cada lado, jadeando, pero quietos. En una mano llevaba la pistola de paintball. En la otra, su ropa. La había doblado con cuidado, como si fuera a ponerla en un placard. 


—No... no puede ser —dijo Emily, y su voz era apenas un susurro. 


Rodolfo caminó hacia ella. No apurado. Disfrutando cada paso. Emily quiso correr, pero las piernas no le respondían. Se quedó apoyada en el árbol, sintiendo la corteza áspera contra la espalda, los pechos al aire, el miedo y otra cosa mezclándose en el fondo de su vientre. 


—Papá... —dijo, y era un ruego sin saber de qué. 


Él se acercó hasta quedar frente a ella. Levantó una mano y le tocó la mejilla con la misma suavidad que antes en la entrada. Pero esta vez sus dedos bajaron por el cuello, por el hueco de sus clavículas, hasta apoyarse en su pecho izquierdo. Emily sintió su corazón latiendo contra la palma de su padre. 


—Corriste bien —dijo él, y su voz era casi un susurro—. Pero esto es una cacería, hija. Y yo siempre gano. 


La giró con una mano firme en la cadera. Emily quedó de espaldas, las manos apoyadas en el árbol, las nalgas empujadas hacia atrás. El aire de la noche le entraba entre las piernas abiertas. Escuchó el ruido del cierre bajándose. La respiración de su padre haciéndose más pesada. 


—Por favor —dijo, y no sabía si estaba pidiendo que parara o que siguiera. 


Rodolfo apoyó una mano en su espalda baja, justo donde empezaba la curva de sus nalgas. La otra mano la usó para guiar su cuerpo. Emily sintió la presión en el ano —primero extraña, después ineludible— y cerró los ojos con fuerza. 


—¿Sos virgen ahí? —preguntó él, y había una nota de sorpresa en su voz. 


Ella asintió sin poder hablar. 


—Te va a gustar —dijo, y el susurro caliente le rozó la oreja. 


Entró despacio. Tanto que Emily sintió cada milímetro. Al principio fue solo la punta, y su cuerpo se cerró instintivamente. Era demasiado. No entraba. Pero Rodolfo no forzó. Apoyó la frente entre los omóplatos de su hija y esperó, respirando hondo, mientras ella sentía la invasión como algo que no podía nombrar. 


Después empujó un poco más. La mitad. Emily mordió la corteza del árbol para no gritar. Apretaba todo lo que podía, pero él seguía haciendo fuerza, una fuerza pareja, constante, y de repente entró todo. 


El aire se le escapó a Emily en un gemido que no supo controlar. 


Rodolfo se quedó quieto adentro de ella. Solo respirando. Los perros se habían sentado a mirar, las lenguas afuera. El bosque seguía lleno de gritos a lo lejos, pero acá el silencio era total. 


—Bien —dijo él, y después empezó a moverse. 


Primero despacio. Empujes largos y profundos que hacían que las nalgas de Emily se aplastaran contra su pelvis. Después más rápido. La mano en su espalda la mantenía quieta, inmovilizada contra el árbol. Emily sentía todo. La textura de la corteza en sus palmas. El aire frío en sus pezones. Y adentro, algo que no sabía si era dolor o placer o las dos cosas al mismo tiempo. 


Rodolfo se salió por completo. Solo un segundo. Y volvió a entrar con un movimiento más firme. 


Otra vez. Y otra. 


Cada embestida la clavaba contra el árbol y a Emily se le escapaba un sonido distinto —un gemido, un jadeo, a veces un grito ahogado. Sus nalgas se movían solas ahora, empujando hacia atrás para encontrarlo, y la vergüenza se mezclaba con un calor que le subía desde el vientre y no podía detener. 


El orgasmo la golpeó sin avisar. 


Fue un latigazo blanco que le nubló la vista y le tensó todo el cuerpo. Los dedos se le clavaron en el árbol. La boca se le abrió en un grito mudo. Y adentro, su cuerpo exprimió a su padre como si quisiera tragárselo entero. 


Rodolfo sintió ese apretón y perdió el control. La embistió más fuerte. Diez veces. Una furia contenida que se liberaba en cada golpe de pelvis contra nalgas. Emily ya no podía pensar. Solo sentía. Y cuando él se corrió adentro, caliente y espeso, ella dejó escapar un gemido bajo que sonó a rendición. 


Se quedaron así, pegados, respirando el mismo aire frío de la noche. 


Después él se retiró. Le bajó las manos del árbol, las tomó con una firmeza que no admitía resistencia, y las ató detrás de la espalda con algo que Emily reconoció como una correa de cuero. Después sintió el frío del metal en el cuello. Un collar. Y una cadena. 


Rodolfo tiró suavemente. Ella caminó detrás de él, desnuda, en cuatro patas porque él la llevaba baja, como a un animal domesticado. Los perros caminaban a los costados. La luna se asomaba entre los árboles. 


Emily miró su sombra alargándose en la tierra mojada. El collar brillaba débilmente. Su cuerpo aún temblaba, todavía caliente por dentro, y en algún lugar profundo, donde no quería mirar, una pregunta empezaba a formarse. 


"¿Por qué me gustó tanto?" 


La casa grande apareció entre los árboles. Rodolfo la guió hasta la entrada y ahí se detuvo. Le apretó una nalga con la mano libre, un apretón que sabía a posesión, a territorio marcado. 


—Este mes sos mía —dijo, y la voz ya no era la del padre que había conocido—. Vas a saber lo que es ser la presa de un macho. 


Tiró de la cadena y Emily entró arrastrándose a la mansión. 


Adentro, las luces amarillas la esperaban.

 


Continuara... 

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