El apartamento de Marian olía a estofado casero y a limón recién exprimido, aromas de hogar que contrastaban brutalmente con el nudo de angustia y culpa que Clara llevaba en el pecho. Había reunido a su hija y a sus dos nietas mayores, Valeria y Martina, para la conversación más difícil de su vida. Marian, una mujer de cuarenta y tantos años con una belleza cansada pero aún vibrante, se movía por la cocina con la energía de quien ha criado sola a tres hijas. Su cuerpo, curvilíneo y maternal, estaba marcado por los años de trabajo, pero conservaba una voluptuosidad llamativa, especialmente en su pecho, generoso y firme, que siempre había sido tanto un atributo como una carga para ella. Valeria, de veinte años, heredera de la esbeltez y los ojos claros de su abuela y su hermana menor, rebosaba la energía inquieta de la juventud. Martina, de veintitrés, más seria y con una inteligencia práctica que la hacía el pilar de la casa, observaba todo con una curiosidad cautelosa. —Sié...