La mañana era un velo gris sobre la ciudad, pero Justina no necesitaba sol para resplandecer. Salió del departamento con el pulso acelerado, no por las escaleras, sino por esa sensación pegajosa que le había quedado en la piel desde hacía semanas. Llevaba un conjunto deportivo que era pura contradicción: un pantalón de lycra negro de tiro alto que se adhería como una segunda piel a sus piernas torneadas por el crossfit, y un top corto de color vino que apenas le cubría el pecho, dejando al descubierto la franja de abdomen blanco y duro. Los pechos enormes, ésos que tanto llamaban la atención, se mecían ligeramente bajo la tela ajustada, hipnotizando a cualquiera que la viera pasar. El cabello negro azabache, cortado en ese bob desparejo que enmarcaba su rostro, se movía con el viento de la caminata, y sus ojos verde botella, profundos como un lago envenenado, miraban al frente sin ver. Sus pies, enfundados en zapatillas de running negras con suela gruesa, pisaban el cemento con una cadencia felina, las caderas anchas oscilando en un vaivén que era puro instinto, pura biología. Los hombres en la calle la miraban. Ella ni se daba cuenta. Tenía la cabeza en otro lado.
"No puedo sacármelo de la cabeza", pensaba, mordiéndose el labio inferior pintado de un rojo mate que ya empezaba a descascararse. "Ese sonido. Esos gemidos. Gabriela gritando como una puta". Justina no había vuelto a dormir bien. Cada noche, acostada en el colchón, cerraba los ojos y escuchaba otra vez los ecos. El cabezazo de la cabecera contra la pared. El jadeo ronco de Juan Camilo. Y los gemidos de Gabriela, ésos sobre todo, tan distintos a los que ella soltaba cuando estaba con Damián. No eran gemidos de actuación, de compromiso. Eran alaridos de placer genuino, profundo, animal.
"¿Cómo puede ser? ¿Cómo puede ese viejo hacerla gozar más que Damián a mí?". La pregunta le quemaba en el pecho como una brasa. Damián, su novio hermoso, de mandíbula cuadrada y abdominales de publicidad, nunca la había hecho sentir nada parecido. Un minuto, dos a lo sumo, y después el ronquido. Y ella ahí, con los pechos enormes esperando una caricia que nunca llegaba, con el sexo húmedo pero insatisfecho, fingiendo un orgasmo para no herirlo. En cambio Juan Camilo, ese adefesio con barriga cervecera y dientes amarillos, ese jubilado de mierda que olía a naftalina y a tabaco viejo, había durado más de una hora. Una hora. La cifra le daba vueltas en la cabeza como una burla.
"Sólo es un viejo", se repitió, apretando el paso al cruzar la avenida. "Un viejo asqueroso. No entiendo qué le ve Gabriela". Pero la frase, que debía ser un escudo, se volvía un anzuelo. Porque al imaginarlo, al recordar el brillo de sudor en la calva incipiente de Juan Camilo, al evocar el sonido de su respiración entrecortada, sentía un calor que le subía por los muslos y le humedecía la entrepierna. Se detuvo un segundo en la esquina, apretó los muslos con fuerza, y sintió la humedad inconfundible en la tela del pantalón. "No. No puede ser. Esto no está pasando". Siguió caminando, el rostro encendido de vergüenza y de algo más, de una excitación que no quería admitir.
Las semanas siguientes fueron un infierno lento. Las cosas con Damián no mejoraron. Seguían igual: encuentros fugaces, eyaculaciones precoces, disculpas murmuradas, y ella masturbándose en silencio en el baño después de que él se dormía. Y mientras tanto, la vida en el departamento se había convertido en una tortura programada. Juan Camilo venía cada dos o tres días, siempre a la misma hora, siempre con esa sonrisa torcida que a Justina le helaba la sangre y le encendía otra cosa. Entraba al departamento, la saludaba con una cortesía anticuada —"Buenas tardes, Justina, qué lindo top"— y después se encerraba con Gabriela en la habitación. La puerta se cerraba con un clic, y entonces empezaba la sinfonía. Los gemidos de Gabriela atravesaban las paredes de durlock como si no existieran. Justina se ponía los auriculares, subía el volumen de la música, pero era inútil. Los sonidos se filtraban, se metían en su cerebro, se alojaban en su útero. Y ella se quedaba sentada en el sillón, con los apuntes de la facultad en la falda, los ojos fijos en una página que no leía, sintiendo cómo su propio cuerpo la traicionaba.
Esa tarde, después de otra sesión de una hora que la dejó con la bombacha empapada y el alma hecha un nudo, decidió ir a entrenar. Necesitaba despejar la mente, castigar el cuerpo, olvidarse de esa imagen maldita que ya no era sólo sonido: ahora, cuando cerraba los ojos, veía a Juan Camilo encima de ella. No de Gabriela. De ella. Las manos callosas apretándole los pechos enormes. La boca de dientes amarillos mordiéndole los pezones. Sacudió la cabeza con violencia, espantando la visión.
El entrenamiento fue brutal. Una hora de crossfit que la dejó empapada en sudor, los músculos ardiendo, el corazón bombeando a mil. Pero ni así. La imagen seguía ahí, agazapada, esperando. Salió del gimnasio ya de noche, con el cuerpo laxo y la mente en blanco, y caminó hacia el departamento. El aire fresco de la noche le secaba el sudor en la piel, y las piernas, aún temblorosas por el esfuerzo, la llevaban automáticamente.
Fue entonces cuando lo vio. La silueta inconfundible de la bicicleta oxidada, el cuadro verde agua descascarado, las ruedas que pedían la jubilación. Y sobre ella, el cuerpo fofo, la barriga cervecera, las canas desordenadas bajo el casco viejo. Juan Camilo pedaleaba despacio, volviendo quién sabe de dónde, con una bolsa del supermercado colgando del manubrio. Al verla, frenó. Apoyó un pie en el suelo, y sonrió. Esa sonrisa. Esa mezcla de inocencia y perversión.
— Justina — dijo, la voz ronca pero afable —. Qué casualidad. ¿Volviendo del gym?
— Sí — respondió ella, sintiendo un calor súbito en las mejillas —. Necesitaba moverme un poco.
— Hacés bien. El deporte es salud — él apoyó la bicicleta contra un árbol y dio un paso hacia ella. Sus ojos grises, cansados pero atentos, la recorrieron de arriba abajo sin disimulo, deteniéndose un segundo de más en los pechos enormes que el top vino apenas contenía. Justina sintió que la desnudaba con la mirada, y lo peor fue que no le molestó. Lo peor fue que le gustó.
— ¿Y Gabriela? — preguntó él, por decir algo, aunque era obvio que no venía con ella.
— Está en casa. Bueno, en el departamento. Mirando una serie.
— Ah, bien. ¿Y vos? ¿Todo bien? Te noto... no sé, un poco tensa.
La conversación derivó hacia lugares inesperados. Hablaron del gimnasio, de la facultad, de lo difícil que era concentrarse con el calor. La confianza entre ellos había crecido desde aquel primer encuentro, cuando Juan Camilo era apenas el viejo que arreglaba caños. Ahora, después de semanas de saludos, de charlas breves en el pasillo, de miradas cómplices, Justina ya no lo veía como un extraño. Lo veía como... ¿qué? El amante de su amiga. El viejo que le hacía perder la cabeza a Gabriela. El hombre que, sin quererlo, se había metido en sus fantasías más oscuras.
— Este finde va a ser un embole — dijo Justina de repente, sin pensar, como si necesitara llenar el silencio con algo —. Gabriela se va el sábado a lo de los viejos, y Damián tiene que estudiar para un final. O sea que me quedo sola, mirando el techo.
Apenas lo dijo, se arrepintió. ¿Por qué le contaba eso a él? ¿Por qué le daba esa información? Los ojos grises de Juan Camilo brillaron con una chispa. Una chispa de comprensión, de oportunidad.
— ¿Ah, sí? Qué casualidad. Yo también estoy solo el sábado — dijo, y su tono era casual, pero había algo debajo, una corriente subterránea —. Mirá, ya que los dos estamos en la misma, ¿por qué no venís a cenar a casa el sábado? Te hago un asado. Soy buen cocinero, eh. Mejor que plomero.
La invitación flotó en el aire como una bomba a punto de estallar. Justina sintió que el estómago se le contraía. Debía decir que no. Debía decirle que ni loca, que ella no era como Gabriela, que tenía novio, que él era un viejo asqueroso. Las palabras se formaron en su lengua, pero no salieron. Había otra parte de ella, una parte que no conocía, que no quería conocer, que estaba gritando algo distinto. Una parte que recordaba los gemidos de Gabriela, la duración, el éxtasis. Esa parte ganó.
— Bueno — dijo, y su propia voz le sonó ajena, como si viniera de otra persona —. Dale. Pasame la dirección.
Juan Camilo asintió, sin mostrar sorpresa, sin mostrar triunfo. Sólo le dio la dirección, un edificio bajo a unas quince cuadras de ahí. Y antes de despedirse, se inclinó y le dio un beso en la mejilla. Un beso corto, seco, pero que a Justina le quemó la piel como un hierro candente. Sintió el roce de la barba de tres días y a jabón barato, y un escalofrío le recorrió la espina dorsal.
Esa noche, Gabriela estaba en la cama, tecleando en el celular, cuando le llegó el mensaje de Juan Camilo. Un mensaje escueto: "Tu amiga viene a cenar el sábado". Gabriela sonrió con una mezcla de celos y de morbo, y tecleó la respuesta con los dedos ágiles: "Espero que la hagas gemir como a mí, viejo sucio. Justi se lo merece". La respuesta de él no tardó: "Si lo logro, te presentaré a mis amigos, putita". Gabriela apretó los muslos bajo las sábanas y soltó una risa baja, oscura.
El sábado llegó con una lentitud de tortura china. Justina pasó el día entero en un estado de ansiedad flotante, mirando el reloj, cambiándose de ropa mentalmente, arrepintiéndose y volviendo a aceptar. Cuando empezó a caer la tarde, se metió en la ducha y se enjabonó con una dedicación ritual, depilándose, exfoliándose, dejando la piel suave como el raso. Al salir, se plantó frente al espejo del baño con el albornoz abierto y se miró. Los pechos enormes, blancos, con los pezones rosados y erectos por el frío. La cintura estrecha. Las caderas anchas. Las piernas fuertes. Era hermosa. Lo sabía. Pero nunca se había sentido tan vulnerable.
Eligió el atuendo con un cuidado que rayaba en la obsesión. Al final, se decidió por un vestido negro, corto, de un tejido liviano que se adhería a cada curva como un guante. El escote era profundo, pero no obsceno, dejando adivinar la turgencia de los pechos sin mostrarlos del todo. Las mangas eran largas, de gasa transparente, y la pollera terminaba a mitad del muslo, dejando al descubierto las piernas torneadas, enfundadas en unas medias de nylon color natural. Se puso unos tacos bajos, negros, de tira fina, que hacían un ruido seco al caminar. El cabello negro, recién secado, caía lacio enmarcando el rostro de facciones afiladas. Los labios, pintados de un rojo sangre que contrastaba con la palidez de la piel. Los ojos verde botella, delineados con un trazo felino. Se perfumó detrás de las orejas, en las muñecas, en el escote. Estaba deslumbrante. Y se sentía ridícula. "¿Qué estoy haciendo? Voy a cenar con un viejo. El amante de mi amiga. Un tipo de cincuenta y ocho años". Pero ya era tarde. Agarró la cartera y cerró la puerta.
La pensión donde vivía Juan Camilo quedaba en una calle arbolada y silenciosa, lejos del bullicio del centro. Era un edificio antiguo, de dos plantas, con una fachada de ladrillo visto cubierta por una enredadera. Al entrar, Justina notó la diferencia con el sucucho de soltero que había imaginado. El pasillo era amplio, los pisos de madera crujían, pero estaban limpios, y una luz cálida bañaba las paredes descascaradas dándoles un aire de nobleza venida a menos. Se notaba que él era el dueño: había plantas en los rincones, cuadros baratos pero bien colgados, y un aroma a madera vieja y a producto de limpieza que resultaba extrañamente acogedor.
Se detuvo frente a la puerta número cuatro. El corazón le golpeaba en el pecho como un pájaro enjaulado. Levantó la mano para tocar, pero se quedó un segundo en suspenso. "Todavía puedo irme. Todavía puedo decir que me sentí mal". Pero entonces la puerta se abrió, y Juan Camilo apareció en el umbral.
No llevaba la ropa deportiva de siempre. Se había puesto un pantalón de vestir gris, gastado pero limpio, y una camisa celeste que le quedaba un poco grande, arremangada hasta los codos. Se había peinado las canas hacia atrás, y la barba de tres días estaba recortada. Olía a colonia barata, a vino y a carne asada. Sus ojos grises la recorrieron, y esta vez no hubo disimulo: fue un barrido lento, admirativo, desde los tacos hasta los labios rojos.
— Justina — dijo, y su voz ronca sonó casi tierna —. Pasá. Estás... estás hermosa.
— Gracias — murmuró ella, sintiendo que el rubor le subía por el cuello. Entró, y la puerta se cerró detrás con un clic que sonó a definitivo.
El interior de la pensión era más amplio de lo que esperaba. Un living comedor con muebles viejos pero bien conservados, una mesa tendida con un mantel a cuadros, dos copas de vino, una vela encendida. La luz era tenue, dorada, y el aroma a carne horneada le llegaba desde la cocina, mezclado con el perfume de las velas. En un rincón, una radio antigua sonaba bajito, una milonga que no identificó.
— Sentate, sentate. Estás en tu casa — dijo él, señalando la silla. Ella se sentó, cruzando las piernas con ese gesto automático que todas las mujeres aprenden, y notó que él miraba, pero no de una manera desagradable. Era una mirada de apreciación. De admiración genuina.
La cena transcurrió en un clima de charla banal, casi forzada al principio. Hablaron del asado, del vino tinto que era un regalo de un vecino, de la facultad, de la vida en general. Juan Camilo contó anécdotas de su juventud, de cuando trabajaba en el campo, y Justina se sorprendió riendo de verdad, olvidando por momentos la situación, olvidando que estaba cenando con el amante de su amiga. Pero el vino aflojaba las lenguas, y cuando los platos quedaron vacíos y las copas medio llenas, él lo soltó.
— Gabriela me dijo que tu novio es precoz.
El tenedor de Justina se detuvo en el aire. El silencio se hizo espeso, como un líquido que lo inundaba todo. Las mejillas le ardieron, y bajó la mirada al plato vacío.
— Sí — tartamudeó, la voz un hilo —. Sí, es... bueno, tiene ese problema. Pero no es algo que yo... o sea, no es algo que me guste hablar.
— Claro, claro — Juan Camilo se sirvió más vino, con una calma exasperante —. No te lo digo para incomodarte. Te lo digo porque... bueno, una mujer como vos merece algo mejor. Alguien que sepa hacerte sentir bien. Que te haga gozar de verdad.
Las palabras eran cuchillos envueltos en terciopelo. Justina sentía que la cabeza le daba vueltas. El vino, la luz de las velas, la voz ronca de él, la cercanía de sus manos callosas sobre la mesa. "Esto está mal. Esto está muy mal. Él es el amante de mi amiga. Yo tengo novio". Pero la voz seguía hablando, y ella seguía escuchando.
— Gabriela me cuenta cosas — continuó él, dando un sorbo al vino —. De cómo la hago sentir. De los orgasmos que tiene. Y pienso... ¿por qué su amiga, que es igual de hermosa, se conforma con menos?
— Yo no... no es que me conforme... es que...
— Es que no sabés lo que te perdés — dijo él, y se puso de pie, lentamente, rodeando la mesa.
Justina sintió que el corazón se le salía del pecho. Lo vio acercarse, la figura fofa pero erguida, la camisa celeste arremangada, las manos grandes que se acercaban a su rostro. Cuando la tocó, no fue un zarpazo. Fue una caricia. Los dedos callosos se posaron en su mentón, inclinándole la cara hacia arriba, y los ojos grises se encontraron con los ojos verde botella.
— No voy a hacer nada que vos no quieras — susurró él, y su aliento olía a vino y a algo más, a esa mezcla de tabaco viejo y humanidad que a Justina ya no le parecía asquerosa —. Pero si querés... puedo mostrarte.
Ella no respondió con palabras. No podía. La garganta se le había cerrado, y el calor en la entrepierna se había vuelto insoportable. Pero sus ojos, ésos sí respondieron. Se humedecieron, se entregaron. Y cuando él inclinó el rostro y posó los labios sobre los suyos, ella no se resistió.
El beso fue suave, tierno, casi inmaterial al principio. Los labios de él, finos y agrietados, se apoyaron sobre los labios rojo sangre de ella con una delicadeza inesperada, como si estuviera besando una flor. No hubo lengua, no hubo urgencia. Sólo presión, calor, y un estremecimiento que a Justina le recorrió la columna vertebral como una descarga eléctrica. La mano derecha de él seguía en su mentón, sosteniéndole la cara, mientras la izquierda buscaba su mano y entrelazaba los dedos. Fue un gesto casi adolescente, de una ternura que contrastaba brutalmente con la situación, con el contexto, con la edad de ambos.
Justina cerró los ojos y se abandonó. "Esto está mal. Es el amante de Gabi. Es un viejo. Yo tengo novio". Pero su boca se movía ya al compás de la de él, sus dedos apretaban los dedos callosos, y un gemido diminuto, casi imperceptible, escapó de su garganta. Él profundizó el beso, pero sin violencia, sin esa desesperación que Damián ponía en cada contacto. La lengua de él entró en su boca con una lentitud experta, acariciando el paladar, rozando los dientes, enredándose con la suya. Al mismo tiempo, la mano que sostenía su mentón bajó por el cuello, por la clavícula, y se posó en su cintura, en la curva que el vestido negro ceñía. No le tocó los pechos, como habría hecho Damián. No. La mano se quedó ahí, en la cintura, apretando apenas, transmitiendo una posesión tranquila, segura.
Cuando se separaron, los dos estaban sin aliento. Justina abrió los ojos y lo vio ahí, inclinado sobre ella, las canas revueltas, la barba de tres días, los dientes amarillos. Y no sintió asco. Sintió deseo. Un deseo prohibido, oscuro, que le empapaba la entrepierna y le hacía temblar los muslos. "Dios mío", pensó, "Dios mío, ¿qué me está pasando?".
— ¿Vamos a la cama? — preguntó él, la voz un susurro ronco.
Y ella, sin fuerzas ya para luchar contra sí misma, asintió.
Justina asintió. El gesto fue apenas un movimiento de párpados, una rendición silenciosa que le costó todas las fuerzas que le quedaban. Juan Camilo la tomó de la mano, la misma mano que había entrelazado durante el beso, y la guió por el pasillo de la pensión. El piso de madera crujía bajo sus pies, los tacos bajos de ella resonaban con un ritmo irregular, como el latido de su corazón. La habitación estaba al fondo, una puerta de madera oscura que él abrió con una lentitud casi ceremonial. Adentro, la luz era todavía más tenue, apenas una lámpara de pie en un rincón que bañaba todo en un resplandor ámbar. La cama era de dos plazas, grande para el ambiente, con un acolchado de chenilla color bordó y almohadas mullidas. Las paredes tenían un empapelado viejo, de flores desvaídas, y una ventana alta dejaba entrar la claridad de la luna. Olía a madera, a colonia barata, a hombre solo.
Él se detuvo junto a la cama y se giró hacia ella. No dijo nada. Simplemente la miró, dejando que el silencio lo dijera todo. Sus manos callosas subieron hasta los hombros desnudos de Justina, apenas cubiertos por la gasa transparente de las mangas. Los dedos se deslizaron bajo la tela, despacio, acariciando la piel blanca, y empezaron a bajar el vestido. Fue un gesto pausado, reverencial, como quien desenvuelve un regalo que no se atreve a romper. La tela negra se deslizó por los brazos, por el torso, por las caderas anchas, y cayó al suelo formando un charco oscuro a los pies de ella. Justina se quedó en corpiño y bombacha, ambos de encaje negro, mínimos. Los pechos enormes, ésos que tanto llamaban la atención, pugnaban por liberarse del sostén, desbordando las copas. La piel blanca, lechosa, contrastaba con el negro del encaje y con el rojo sangre de sus labios. Se sintió expuesta, vulnerable, y un escalofrío le recorrió la espalda. Pero no se cubrió. No podía.
— Sos más hermosa de lo que imaginaba — murmuró él, la voz ronca, quebrada por una admiración genuina. Y sus manos volvieron a subir, esta vez por la espalda, buscando el broche del corpiño. Lo desabrochó con una habilidad que delataba años de práctica, y la prenda cedió, liberando los pechos. Eran dos montículos de carne firme y blanca, coronados por pezones rosados, grandes, que el aire fresco endureció al instante. Las manos callosas de él se posaron sobre ellos, pero no con la urgencia de Damián, no con ese pellizco torpe y ansioso. Fue una caricia suave, casi un rezo, las palmas abiertas rozando los pezones, los dedos apenas insinuándose. Justina soltó un gemido bajo, la cabeza echada hacia atrás, el cabello negro rozándole los omóplatos.
Él se inclinó y la besó de nuevo. Un beso profundo pero tranquilo, mientras sus manos seguían explorando. Le quitó la bombacha con la misma lentitud, deslizando el encaje por las caderas anchas, por los muslos torneados, hasta que la prenda quedó en el suelo junto al vestido. Justina estaba completamente desnuda frente a él, los pechos enormes subiendo y bajando con la respiración agitada, el sexo depilado brillando con la humedad que ya lo empapaba todo. Las medias de nylon seguían puestas, un detalle que la hacía sentir aún más obscena, aún más deseada. Él la contempló un segundo, sólo un segundo, y luego empezó a desnudarse a sí mismo. La camisa celeste voló por encima de su cabeza, el pantalón gris cayó al suelo, el bóxer se deslizó por las piernas flacas. El miembro ya estaba erecto, apuntando hacia ella, y Justina lo miró. No era largo, no era ancho, pero esa cabeza enorme, roja, brillante, parecía tener vida propia. La cabeza que había hecho gemir a Gabriela. La cabeza que ahora estaba a punto de entrar en ella.
— Acóstate — dijo él, la voz firme pero suave. Ella obedeció, recostándose sobre el acolchado de chenilla, las medias de nylon rozando la tela áspera. Él se acomodó sobre ella, apoyando el peso en los codos, y sus rostros quedaron a centímetros. Los ojos grises encontraron los verde botella, y hubo un instante de comunicación muda, de pacto. Entonces, él bajó la cabeza y empezó a recorrerle el cuerpo con la lengua.
Fue un recorrido lento, meticuloso. La lengua de él, áspera y cálida, bajó por el cuello, lamiendo el sudor incipiente, la sal de la piel blanca. Se detuvo en los pezones, primero uno, luego el otro, lamiéndolos, succionándolos con una suavidad que a Justina le arrancó gemidos cada vez más fuertes. No era la succión bestial de Damián, que parecía querer arrancarle el pezón de un mordisco. Era un juego de lengua experto, de labios que sabían cuándo apretar y cuándo soltar. Justina sintió que el útero le palpitaba, que el sexo se le contraía en espasmos anticipados. Nunca nadie le había dedicado tanto tiempo a sus pechos. Eran tan grandes que los hombres iban directo a ellos, los apretaban, los chupaban con desesperación, y después se olvidaban del resto. Pero Juan Camilo no. Él los veneraba, los adoraba, les dedicaba una atención que era casi una oración.
La lengua siguió bajando. Por el esternón, por el abdomen duro, por el ombligo. Justina se retorcía bajo él, las manos crispadas en el acolchado. Cuando llegó al pubis depilado, él abrió las piernas de ella con suavidad, las manos en los muslos torneados, las medias de nylon que crujían bajo sus dedos. Bajó la cabeza y apoyó la lengua en el clítoris.
Un alarido escapó de la garganta de Justina. La lengua de él se movía con una maestría que no podía creer, describiendo círculos lentos, alternando presión y suavidad, metiéndose apenas en la entrada para volver a subir. Las manos callosas le abrían los labios mayores, exponiéndola por completo, y la lengua seguía, incansable, experta. Justina sintió que el mundo se desvanecía, que sólo existía ese punto de placer, esa boca de dientes amarillos que la estaba llevando al borde del abismo. Las caderas se movían solas, empujando contra la cara de él, los muslos le temblaban, los gemidos se volvían gritos ahogados. Y entonces, el orgasmo la golpeó. Fue un tsunami que le sacudió todo el cuerpo, una explosión de calor que le arrancó un grito ronco, las manos aferrándose al cabello canoso de él, las piernas cerrándose alrededor de su cabeza. Él no se detuvo, siguió lamiendo, bebiéndose el orgasmo de ella, hasta que los espasmos fueron amainando y Justina cayó rendida sobre el acolchado, jadeando, el cuerpo laxo.
Juan Camilo se incorporó, limpiándose la boca con el dorso de la mano. Tenía los labios brillantes, los ojos grises chispeantes. Sonrió, una sonrisa torcida, y dijo:
— Precoz.
La palabra fue un latigazo. Justina abrió los ojos, confundida, todavía flotando en el orgasmo. Y entonces entendió. Él la estaba llamando precoz a ella. Igual que Gabriela llamaba precoz a Damián. Una risa entrecortada escapó de su garganta, mezcla de vergüenza y de placer. Pero él no le dio tiempo a responder. Se acomodó entre sus piernas, el miembro erecto rozando la entrada húmeda.
— Ahora voy despacio — susurró, y empujó.
La cabeza enorme entró, y Justina sintió que se le cortaba la respiración. No era dolor, era una presión inmensa, una llenura que nunca había sentido. Damián nunca la había penetrado así. Damián entraba rápido, eyaculaba rápido, y ella se quedaba con la sensación de vacío. Juan Camilo, en cambio, fue entrando milímetro a milímetro, dejando que las paredes internas de ella se adaptaran a esa cabeza descomunal, a ese tronco no muy largo pero sí grueso. Cuando estuvo completamente adentro, se detuvo. Justina sentía cada centímetro, cada vena, cada latido del miembro en su interior. Él apoyó la frente en la de ella y se quedó quieto, los ojos grises mirándola desde muy cerca.
— Ahora — murmuró —, vamos a jugar con estas bellezas.
Y sus manos, que hasta entonces habían estado quietas en la cintura de ella, subieron por fin a los pechos enormes. Pero no los apretó con desesperación. Los tomó entre las manos como quien sostiene dos frutas preciosas, y empezó a masajearlos despacio, los pulgares rodeando los pezones, los dedos hundiéndose en la carne blanca. Y al mismo tiempo, empezó a moverse. Las embestidas eran lentas, profundas, acompasadas con el masaje. Entraba y salía sin prisa, la cabeza enorme rozando un punto adentro que Justina ni siquiera sabía que existía. Un punto que le arrancaba gemidos involuntarios, las caderas de ella moviéndose solas para recibirlo. Las medias de nylon se deslizaban por el acolchado, los tacos bajos que todavía llevaba puestos se clavaban en el aire.
— Así, viejito... así... — susurró ella, sin creer lo que decía, sin creer que esas palabras salieran de su boca. "Viejito". Y el morbo de decirlo, de estar cogiendo con el amante de su amiga, en la cama de él, con los tacos puestos y las medias de nylon, la excitó aún más.
Él sonrió al oírlo, y en respuesta, aceleró el ritmo. Las embestidas se volvieron más salvajes, más profundas. Las manos dejaron los pechos y se aferraron a las caderas de ella, los dedos marcándose en la carne blanca. El somier crujía, el acolchado se arrugaba bajo los cuerpos sudorosos. Justina se sentía partida en dos, llena de ese miembro que la penetraba una y otra vez, tocando ese punto escondido que la hacía ver estrellas. Se aferró a la espalda flaca de él, clavándole las uñas, sintiendo los omóplatos salientes bajo la piel.
— Date la vuelta — gruñó él de repente, y sin esperar respuesta, se salió de ella y la giró. La puso en cuatro patas sobre la cama, las rodillas separadas, los pechos enormes colgando hacia el colchón. Las medias de nylon se engancharon un poco en el acolchado, pero a ella no le importó. Él se acomodó detrás, y de una sola embestida, la penetró hasta el fondo. Justina gritó, un grito ahogado contra la almohada, las manos crispadas en las sábanas. Esta posición era más profunda, más animal, la cabeza enorme tocando el cuello del útero, las embestidas ahora sí bestiales, rápidas, incesantes. Él le agarró las caderas con fuerza y empezó a moverse con un ritmo que no parecía de un hombre de cincuenta y ocho años. Las nalgas de ella rebotaban contra la pelvis de él, el sonido de la carne chocando llenaba la habitación.
Una de sus manos se soltó de la sábana para bajar al clítoris, frotándoselo con desesperación mientras él seguía embistiendo. Los dos cuerpos sudaban, los olores se mezclaban, el perfume de ella, la colonia barata de él, el sexo, la transgresión. Justina sentía que se acercaba al abismo otra vez, que el placer se acumulaba en la base del vientre como una ola gigante. No podía creerlo. Nunca había tenido dos orgasmos en una noche. Con Damián, con suerte uno. Y éste, este segundo, iba a ser aún más fuerte.
Llegó como un terremoto. Una explosión que le sacudió cada fibra, que le hizo arquear la espalda, que le arrancó un grito ronco, gutural, el rostro aplastado contra la almohada, las lágrimas brotando sin control. Las paredes vaginales se contrajeron alrededor del miembro de él, apretándolo, ordeñándolo. Juan Camilo sintió el espasmo, sintió cómo ella se corría sobre su verga, y el placer ajeno le disparó el propio. Con un último envión, enterró el miembro hasta el fondo y eyaculó, un chorro caliente y copioso que se derramó dentro de ella. Gritó, un alarido ronco que se mezcló con el de Justina, y se derrumbó sobre la espalda sudorosa de ella, jadeando, el corazón galopándole en el pecho.
Quedaron así unos minutos, enredados, las respiraciones entrecortadas, los cuerpos pegajosos. Justina sentía el líquido tibio de él mezclado con el suyo, escurriéndose por los muslos, manchando las medias de nylon. Nunca se había sentido tan usada. Tan plena. Tan sucia y tan viva al mismo tiempo.
Él fue el primero en moverse. Se salió de ella con cuidado, y el vacío que dejó fue casi doloroso. Se tiró a un costado de la cama, recuperando el aire, pasándose una mano por las canas revueltas. Justina se quedó boca abajo, el rostro todavía hundido en la almohada, el cuerpo temblando.
Y entonces, la culpa. Cayó sobre ella como un balde de agua helada. Primero fue un susurro en la nuca, después un grito en el pecho. "¿Qué hice? Dios mío, ¿qué hice?". Las lágrimas, que antes eran de placer, se volvieron amargas. Se incorporó de golpe, buscando el vestido, los tacos, la bombacha. Las manos le temblaban, la respiración se le entrecortaba.
— Tengo que irme — dijo, la voz rota, sin mirarlo.
— Justina... — empezó él, incorporándose también, la voz ronca pero preocupada —. Esperá, no te vayas así.
— No, no, tengo que irme. Esto... esto no tendría que haber pasado.
Se vistió como pudo, el vestido negro arrugado, los tacos en la mano, la bombacha ni siquiera se la puso, la metió en la cartera. Él se levantó, se puso el pantalón, intentó acercarse, pero ella retrocedió.
— Por favor — dijo ella, la voz un hilo —. No me toques.
— Está bien — él alzó las manos, el gesto pacífico —. No te voy a tocar. Pero escuchame...
— No. No quiero escuchar nada.
Salió de la habitación casi corriendo, atravesó el living, la mesa con los restos de la cena, las copas de vino, la vela consumida. Abrió la puerta de calle con manos torpes y bajó las escaleras del edificio sin mirar atrás. El aire fresco de la noche le golpeó la cara, pero no le calmó el ardor de las mejillas, ni el temblor de las piernas. Caminó rápido, los tacos en la mano, los pies desnudos sobre la vereda fría, el sexo todavía húmedo, el líquido de él escurriéndosele por los muslos y empapándole las medias.
Y mientras caminaba, una frase le martillaba en la cabeza, una frase que la llenaba de vergüenza y, al mismo tiempo, de un placer residual que no podía negar:
"Soy una puta. Igual que Gabriela. Soy una puta".
No sabía si reír o llorar. Hizo las dos cosas.
Continuara...

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