El tiempo, ese implacable escultor de finales, fue benévolo con Juan Camilo. A partir de aquella noche en que dos diosas de rodillas le disputaron el favor de su boca, sus últimos años se deslizaron por un cauce de placeres que jamás habría osado imaginar. Gabriela y Justina se convirtieron en sus amantes, sus confidentes, sus putitas y sus reinas, según el día y la ocasión. Lo visitaban por separado o juntas, y el departamento de la pensión —ese sucucho de soltero con olor a humedad— se transformó en un santuario de espejos donde el cuerpo ajado del viejo se reflejaba junto a las pieles más tersas que habían pisado ese barrio. Nunca más volvió a fumar. No necesitaba cigarrillos: la juventud de ellas era su vicio, su droga, su medicina.
A Gabriela, fiel a su naturaleza insaciable, le organizaba encuentros con amigos nuevos. Viejos jubilados, gordos, flacos, canosos, feos. Cuanto más decadentes, mejor. Ella llegaba a esas citas con vestidos cortos y sonrisa de princesa, y se entregaba a las manos ásperas, a los alientos a vino, a las bocas desdentadas que la recorrían como una jauría reverente. Gozaba como nadie, gritaba como una puta, y volvía al departamento con las piernas temblorosas y una historia nueva que contar. Juan Camilo la escuchaba, le acariciaba el pelo castaño, y se sentía un padrino orgulloso de su creación.
Con Justina, en cambio, era distinto. Había una conexión que trascendía la carne, una intimidad hecha de miradas largas, de silencios cómodos, de manos entrelazadas después del orgasmo. Ella le llevaba comida casera, le zurcía las camisas gastadas, se quedaba a dormir acurrucada contra su pecho flaco. Damián fue un recuerdo que se desvaneció rápido: una tarde, Justina lo llamó por teléfono, le dijo "no te amo, nunca te amé", y cortó sin esperar respuesta. Fue su declaración de guerra, su renuncia a la normalidad. Lo amaba a él, a ese viejo de dientes amarillos y manos callosas, y no necesitaba que nadie lo entendiera.
Los años pasaron con la cadencia de un río manso. Juan Camilo envejeció con dignidad, rodeado de juventud y de placer. Cuando el corazón le dijo basta, una noche de invierno en que Justina dormía a su lado, se fue sin dolor, con una sonrisa en los labios agrietados. Las dos mujeres lloraron juntas, abrazadas en el velorio vacío, y sintieron que se les iba una parte del alma.
Lo recordaron siempre como lo que fue: el primer amor de ambas. El hombre que las había marcado para siempre, que les había enseñado que el deseo no entiende de edades, que el morbo puede ser una forma de la ternura, que la belleza a veces se esconde en los pliegues de una piel ajada.
Gabriela se casó a los veintiocho años con un hombre de cincuenta y cinco, un viudo calvo y risueño que la adoraba y que, por supuesto, tenía amigos. Justina se casó a los treinta con un hombre muy bello de cuarenta, alto, de mandíbula cuadrada y manos firmes, que la hacía gozar como nunca —y lo más importante—, que la miraba como Juan Camilo le había enseñado que merecía ser mirada. Tenía, además, un buen miembro. Muy buen miembro. Porque Justina, después de todo, también había aprendido lo que quería.
FIN.
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