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El placer no tiene edad: Sexo prohibido jovencitas y viejos — Parte 5

 


El domingo amaneció con una luz pálida que se filtraba por las persianas del departamento, dibujando rayas de polvo en el aire quieto. Justina estaba sentada en el sillón de pana gastada, las piernas encogidas contra el pecho, los brazos rodeándolas como si intentara protegerse de algo que ya había sucedido, de algo que no podía deshacerse. Llevaba puesta una remera vieja de algodón, sin corpiño, y un short de dormir que apenas le cubría los muslos. El cabello negro, ese bob desparejo que siempre estaba impecable, ahora estaba revuelto, opaco, pegado a las sienes por el sudor de una noche sin dormir. Los ojos verde botella, normalmente felinos y seguros, estaban enrojecidos, hinchados, rodeados de un halo violáceo que delataba horas de llanto. En la mesa ratona, frente a ella, había un mate frío, una caja de pañuelos descartables vacía, y el celular con la pantalla apagada. No quería prenderlo. Sabía que Damián le había mandado mensajes. "Hola, hermosura", "¿Cómo va el finde?", "Te extraño". Mensajes de un novio que no sabía nada, que no merecía lo que ella había hecho. 


 Se pasó una mano temblorosa por la cara y sintió la piel tirante, las pestañas pegoteadas. "Lo engañé. Engañé a Damián con un viejo. Con el amante de mi amiga. Con un tipo de cincuenta y ocho años que huele a naftalina". La culpa era un ácido que le corroía el estómago, pero debajo del ácido había otra cosa, una brasa que no se apagaba. El recuerdo. El recuerdo de las manos callosas sobre sus pechos enormes, de la lengua áspera en su clítoris, de la cabeza enorme entrando despacio, llenándola por completo. El recuerdo de los dos orgasmos, uno detrás del otro, como olas que la habían arrastrado a un lugar donde no existía la culpa, donde no existía Damián, donde sólo existía el placer. 


 "¿Cómo puede ser? ¿Cómo puede ese viejo haberme hecho sentir así, cuando Damián en dos años nunca me hizo acabar?". La pregunta la atormentaba, le daba vueltas en la cabeza como una mosca zumbona. Se apretó las sienes con los dedos y soltó un sollozo entrecortado. No sabía quién era. La Justina que había entrado a la pensión el sábado a la noche, con el vestido negro y los tacos bajos, era una desconocida. Y la Justina que había salido, corriendo, con la bombacha en la cartera y el sexo empapado, era otra. O quizás era la misma, la verdadera, la que siempre había estado escondida detrás de la fachada de la novia perfecta, de la estudiante aplicada, de la amiga leal. 


 El ruido de la llave en la cerradura la sacó de su ensimismamiento. La puerta se abrió y Gabriela entró con una bolsa de ropa sucia y un tupper con comida casera. Estaba radiante, como siempre. Llevaba un vestido liviano de flores, corto, que dejaba al descubierto las piernas largas y torneadas, y unas sandalias de cuero. El cabello castaño claro caía lacio hasta la cintura, y los ojos verdes, ésos de un verde más claro que los de Justina, brillaban con una luz que no era inocente. Gabriela ya sabía todo. La noche anterior, Juan Camilo la había llamado. Una llamada de veinte minutos donde él, con la voz ronca y un dejo de orgullo mal disimulado, le había contado cada detalle. Cada gemido, cada temblor, cada súplica de Justina. Y Gabriela, tirada en la cama de su habitación de la infancia, con los padres durmiendo en el cuarto de al lado, había sonreído. No con celos. Con una satisfacción oscura, morbosa, casi maternal. Ahora Juan Camilo le presentaría a sus amigos. A esos amigos maduros, jubilados, canosos, que ella tanto ansiaba probar. La fantasía se expandía, se ramificaba, y ella estaba en el centro, como una araña tejiendo su red. 


 — ¿Qué te pasa, amiga? — preguntó al verla, dejando la bolsa en el suelo y acercándose al sillón. Su tono era de preocupación, pero sus ojos verdes la escrutaban con un brillo de complicidad. Una actuación perfecta. 


 — No sé... no sé por dónde empezar — Justina levantó la mirada, los ojos rojos, la voz quebrada. Y entonces, como un dique que se rompe, empezó a hablar. Le contó todo. La invitación a la pensión, la cena, el vino, el beso suave, la lengua recorriéndole el cuerpo, los dos orgasmos, la forma en que él le había dicho "precoz", la culpa que la había golpeado después, la huida, las lágrimas. Cada palabra era un puñal, pero también un alivio. Necesitaba confesarlo. Necesitaba que alguien la escuchara. 


 Gabriela la escuchó sin interrumpir, sentada en el brazo del sillón, una pierna cruzada sobre la otra. Cuando Justina terminó, con la voz rota y las mejillas surcadas de lágrimas frescas, Gabriela sonrió. Una sonrisa amplia, blanca, casi beatífica. 


 — ¿Y por qué llorás, boluda? — dijo, y su tono era tan natural, tan desprovisto de juicio, que Justina se quedó en blanco —. Te dije que coge espectacular. ¿O no te lo dije? 


 — Pero... tengo novio, Gabi. Y además... es un viejo. Es el viejo con el que vos... 


 — ¿Y? — Gabriela se encogió de hombros, restándole importancia con ese gesto que era tan suyo —. Damián es tu novio, sí, y es hermoso. Pero no te hace acabar. En cambio el viejo, con esa barriga y esos dientes amarillos, te hizo ver las estrellas. Eso es lo que importa. El placer. Lo demás son etiquetas. 


 — No puedo creer que no estés enojada — Justina la miraba con los ojos muy abiertos, incrédula —. Es tu... tu amante. Y yo me acosté con él. 


 — Ay, Justi. Juan Camilo no es mi marido. Es un tipo que me gusta, que me hace gozar, y que ahora te hizo gozar a vos también. No te estoy prestando un anillo de compromiso. Te estoy compartiendo una verga rica. 


 La crudeza de la frase golpeó a Justina como un cachetazo. Se quedó en silencio, procesando. Y entonces, sin saber muy bien por qué, soltó una risa. Una risa corta, histérica, que se mezcló con los mocos y las lágrimas. Gabriela se rió con ella, y de repente las dos estaban riendo, abrazadas en el sillón, como cuando eran chicas y se contaban secretos en la oscuridad de la habitación compartida. Justina se aferró al cuerpo delgado de su amiga, oliendo su perfume cítrico, sintiendo el roce de su cabello castaño. "No entiende nada", pensó Gabriela mientras le acariciaba la espalda. "Cree que esto está mal. Pero ya va a entender. La belleza no siempre va de la mano del placer". Porque Gabriela, a sus dieciocho años, ya había aprendido una verdad que su amiga todavía no podía digerir: los hombres lindos, los jóvenes, los de mandíbula cuadrada y abdominales marcados, no siempre saben tocar a una mujer. En cambio los viejos, los feos, los que ya no tienen nada que demostrar, ponen toda su vida en cada caricia. Y eso, eso no tiene precio. 


 El lunes comenzó con una normalidad forzada. Justina se encontró con Damián en la cafetería de la facultad. Él llegó con su sonrisa de publicidad, los abdominales marcándose bajo la remera ajustada, el pelo castaño peinado hacia atrás. La abrazó, le dio un beso, y ella sintió el sabor conocido de su boca, el aroma de su perfume juvenil. Pero algo había cambiado. Cuando Damián le pasó la mano por la cintura, ella no sintió el escalofrío de antes. Cuando la besó, no sintió el vértigo en el estómago. Sólo sintió... vacío. Un vacío que antes no existía, un espacio que ahora ocupaba el recuerdo de otras manos, más viejas, más ásperas, más sabias. 


 — ¿Estás bien? — preguntó Damián, notando su silencio —. Tenés cara de cansada. 


 — Dormí mal — mintió ella, y se obligó a sonreír —. Mucho estudio. 


 — Mi chica aplicada — él le pellizcó la mejilla y se fue a clase, ajeno a todo, ajeno al terremoto que acababa de sacudir la vida de su novia. 


 Esa tarde, Gabriela fue al parque con la bicicleta blanca de montaña. Llevaba un conjunto deportivo nuevo, porque ella nunca repetía atuendo: un short de lycra color coral, tan corto que dejaba ver la curva inferior de los glúteos, y un top negro de tirantes finos que se le clavaban en los hombros desnudos. El cabello castaño, recogido en una cola de caballo alta, se hamacaba al ritmo del pedaleo. Las zapatillas, blancas con detalles coral, pisaban los pedales con una energía renovada. El sol de la tarde le doraba la piel canela, y el viento le secaba el sudor incipiente en la nuca. 


 Juan Camilo ya llevaba horas en el parque. Había llegado temprano, con una vitalidad que no sentía desde hacía décadas. El fin de semana había sido... revitalizante. Justina primero, después la llamada con Gabriela, después la promesa de presentarle a sus amigos. Se sentía como un general que planea una conquista. Pedaleaba por el sendero de tierra con su bicicleta oxidada, la bermuda de gabardina y la remera polo que ya empezaban a quedarle un poco más ajustadas. No por la barriga, que seguía ahí, redonda y cervecera. Sino porque la espalda se le había enderezado, el pecho se le había ensanchado de orgullo. Ya no extrañaba el cigarrillo. Ya no necesitaba nicotina. Su droga ahora era otra: el poder. El poder de hacer gozar a mujeres jóvenes, hermosas, inalcanzables. 


 Se cruzaron en la curva de los árboles, y apenas se vieron, frenaron. Gabriela apoyó un pie en el suelo, y Juan Camilo hizo lo mismo, dejando la bicicleta contra un tronco. Se acercaron sin prisa, con la familiaridad de dos viejos amigos, y se fundieron en un abrazo. No un abrazo de amantes. Un abrazo de cómplices. Él sintió el perfume cítrico de ella, la piel cálida bajo el top negro, los pechos pequeños aplastándose contra su pecho fofo. Ella sintió el olor a tabaco viejo que ya no le molestaba, las canas rozándole la mejilla, la barba de tres días pinchándole la sien. 


 — Hace tres días que no te veo — dijo ella, separándose apenas, los ojos verdes chispeando —. Parece un montón. 


 — Tres días son un montón — respondió él, la voz ronca pero alegre —. ¿Cómo está tu amiga? 


 — Destruida. Pero va a sanar. Ya va a entender que estar con vos no es algo malo — Gabriela se rió, y empezaron a caminar juntos, las bicicletas al lado —. Contame vos. ¿Conseguiste lo que me prometiste? 


 — Conseguí — Juan Camilo metió la mano en el bolsillo de la bermuda y sacó un papel arrugado, como si fuera un ticket de supermercado —. Dos amigos. Los dos jubilados, los dos con experiencia.  


 — ¿Dos? — Gabriela se detuvo en seco, los ojos muy abiertos —. ¿Dos al mismo tiempo? 


 — Sí. Un trío. Los dos juntos te van a hacer gozar como nunca — él la miró, y sus ojos grises tenían un brillo obsceno, perverso, pero también una chispa de orgullo, como un padre que le regala a su hija el juguete que siempre quiso —. El viernes a la noche. ¿Qué decís? 


 Gabriela no dijo nada al principio. Sintió un calor súbito entre las piernas, una excitación que le empapaba el short coral. "Un trío. Con dos viejos. Dos desconocidos, canosos, arrugados. Y yo en el medio, siendo el centro de todo. La putita joven que los vuelve locos". La fantasía la golpeó con tanta fuerza que tuvo que apoyarse en el manubrio de la bicicleta. Miró a su alrededor. El parque estaba casi vacío. La luz de la tarde se filtraba entre los árboles, dibujando sombras alargadas en el césped. A lo lejos, un ciclista pasaba por el sendero principal, pero no miraba hacia ellos. Había una zona de árboles más densos, un pequeño bosquecito donde las ramas bajas formaban una cortina de hojas. 


 — Vení — dijo, y sin esperar respuesta, lo tomó de la mano y lo arrastró hacia los árboles. 


 Él la siguió sin preguntar. Ya conocía esa mirada. Esa mezcla de urgencia y de desafío en los ojos verdes. Se internaron en el bosquecito, apartando ramas, hasta encontrar un claro escondido, un espacio de césped donde las copas de los árboles formaban un techo verde que los ocultaba de las miradas. El suelo estaba tapizado de hojas secas y ramitas que crujían bajo los pies. 


 Gabriela se dio vuelta, lo miró, y sin decir una palabra, se bajó el short coral y la bombacha hasta los tobillos. El movimiento fue rápido, decidido, casi violento. Las piernas largas y torneadas quedaron al descubierto, la piel canela brillando con el sudor del pedaleo. Se apoyó contra el tronco de un árbol, la espalda contra la corteza áspera, y lo miró desde abajo, con esa sumisión que era puro poder. 


 — Cógeme, viejito. 


 Juan Camilo no se hizo rogar. Se bajó la bermuda y el bóxer con la misma urgencia, liberando el miembro que ya empezaba a endurecerse, esa cabeza enorme que parecía tener vida propia. La agarró de las caderas, las manos callosas hundiéndose en la carne firme, y la penetró de una sola embestida. Hasta el fondo. 


 Gabriela soltó un gemido ronco, la cabeza echada hacia atrás contra la corteza. La cabeza enorme la llenó por completo, estirando las paredes internas, rozando ese punto que sólo él sabía encontrar. Él empezó a moverse con un ritmo salvaje, sin preliminares, sin suavidad. Era un polvo animal, primitivo, escondido detrás de los árboles como dos adolescentes calenturientos. El short coral y la bombacha seguían enredados en los tobillos de ella, y el top negro se le había subido un poco, dejando al descubierto los pezones color caramelo. 


 — Así, viejito, así... no pares... — jadeaba Gabriela, las uñas clavándose en la corteza del árbol. 


 Él le respondió con una nalgada. Una palmada seca en la nalga derecha que sonó como un latigazo en el silencio del bosquecito. La carne firme se enrojeció al instante, y ella gimió más fuerte. Otra nalgada, esta vez en la izquierda. Las manos callosas dejaron marcas en la piel canela, y cada golpe era respondido con un gemido, con una contracción de las paredes vaginales alrededor del miembro. 


 — Te gusta, ¿no, putita? — gruñó él, la voz ronca, el aliento entrecortado —. Te gusta que te coja un viejo en un parque, como una perra. 


 — Sí, me encanta... soy tu putita, viejito... tu putita sucia... 


 Las palabras obscenas flotaban en el aire, mezcladas con los jadeos, con el crujir de las hojas bajo sus pies, con el roce de la corteza contra la espalda de ella. Juan Camilo embestía cada vez más fuerte, más rápido, la pelvis chocando contra las nalgas de Gabriela con un sonido húmedo, obsceno. El sudor le perlaba la frente, le corría por las sienes canosas, le empapaba la remera polo. Ella también sudaba, el sudor brillándole en el cuello, en el vientre desnudo, en los muslos que temblaban. 


 De repente, él se salió de ella, la giró bruscamente, y la empujó hacia abajo. Gabriela cayó de rodillas sobre el césped, las hojas secas crujiendo bajo sus piernas desnudas. Él le agarró la cabeza con las dos manos, los dedos enredándose en el cabello castaño, y le metió el miembro en la boca. Hasta la garganta. Ella lo recibió con avidez, la lengua lamiendo la cabeza enorme, los labios sellándose alrededor del tronco. El sabor salado, el olor a sexo, el morbo de estar de rodillas en un parque público, chupándosela a un viejo mientras cualquiera podía verlos. Todo eso la excitaba aún más. 


 — Mirá cómo me la chupás... — gruñó él, empujando la cabeza de ella hacia su pelvis —. Esa boquita... esa boquita mágica... 


 Ella lo miró desde abajo, los ojos verdes llenos de lágrimas de esfuerzo, los labios carnosos estirados alrededor del miembro. La saliva le chorreaba por el mentón, le caía sobre los pechos. Él empezó a embestir su boca, un vaivén rápido, profundo, la cabeza enorme golpeando el fondo de la garganta. Gabriela sentía la arcada, la falta de aire, pero no se detenía. Al contrario, una de sus manos bajó a su propio sexo, y empezó a frotarse el clítoris con desesperación, buscando el orgasmo. 


 — Quiero que te corras conmigo — jadeó él, al borde del abismo —. Ahora, putita, ahora... 


 Ella se frotaba cada vez más rápido, los dedos resbalando en la humedad de su sexo, mientras él seguía embistiendo su boca. Y entonces, al mismo tiempo, explotaron. Él eyaculó en el fondo de su garganta, un chorro caliente y copioso que ella tragó con avidez, sin desperdiciar una gota. Ella se corrió contra sus propios dedos, un orgasmo intenso que le sacudió todo el cuerpo, las rodillas clavadas en la tierra, los ojos apretados, los gemidos ahogados por el miembro que todavía la llenaba. 


 Él se salió despacio, el miembro todavía erecto, brillante de saliva y de semen. Gabriela cayó sentada sobre sus talones, jadeando, el short coral todavía enredado en los tobillos, las mejillas encendidas, los labios hinchados. Se limpió la boca con el dorso de la mano y sonrió, una sonrisa cansada, plena, feliz. 


 Quedaron así unos minutos, tirados sobre las hojas secas, recuperando el aire. El sol se filtraba entre las ramas, y a lo lejos, se escuchaba el rumor de alguna bicicleta pasando por el sendero principal. Pero nadie los había visto. Estaban a salvo en su escondite verde, dos cómplices que acababan de compartir otro secreto. 


 — Qué suerte que no nos agarraron — dijo Gabriela, incorporándose y subiéndose el short y la bombacha con movimientos torpes. 


 — La suerte es mía — respondió él, subiéndose la bermuda —. Cada vez que me cogés, me siento veinte años más joven. 


 Se rieron, y empezaron a salir del bosquecito, acomodándose la ropa, sacudiéndose las hojas del pelo. Ya en el sendero, Juan Camilo se detuvo y la miró con una expresión seria, cómplice. 


 — El viernes — dijo, la voz baja —, mientras vos estés gozando con mis amigos... yo voy a ir a visitar a Justina. 


 Gabriela lo miró. Los ojos verdes se encontraron con los grises, y hubo un destello de entendimiento. Un pacto tácito. 


 — Dejá la puerta abierta — continuó él —. Yo me encargo del resto. 


 Ella sonrió. Una sonrisa lenta, perversa, llena de anticipación. 


 — El viernes dejo la puerta abierta — dijo, y se subió a la bicicleta blanca —. Visitá a Justina. Hacela gozar de nuevo. Ella cree que no quiere, pero yo sé que sí. 


 — Y vos — dijo él, subiéndose a su bicicleta oxidada —, preparate para el trío.  Te van a hacer cosas que ni te imaginás. 


 — Me muero de ganas — Gabriela pedaleó hacia adelante, el short coral ciñéndose a sus glúteos, la cola de caballo hamacándose —. El viernes, entonces. 


 — El viernes. 


 Se separaron en el cruce de siempre, cada uno tomando un sendero distinto. Gabriela pedaleaba con el corazón acelerado, no por el ejercicio, sino por la anticipación. Dos maduritos al mismo tiempo. Un trío. La fantasía de su vida, a punto de cumplirse. Y mientras tanto, Justina, su amiga, la que tanto la había juzgado, recibiría a Juan Camilo en el departamento vacío. Y esta vez no habría culpa. Sólo placer. Porque Gabriela sabía que Justina, en el fondo, quería lo mismo que ella. Sólo necesitaba tiempo para aceptarlo. 


 Juan Camilo pedaleaba hacia la pensión, silbando una milonga, sintiendo el viento en las canas revueltas. El viernes iba a ser una noche memorable. Para Gabriela, para Justina, para él.  Porque la red se expandía, y él estaba en el centro, como una araña vieja pero astuta, tejiendo su tela de placer prohibido.

 


Continuara... 

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