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El placer no tiene edad: Sexo prohibido jovencitas y viejos — Parte 6

 


El viernes a la noche cayó sobre la ciudad como un manto de terciopelo oscuro. En el departamento, Gabriela se preparaba frente al espejo del baño con una meticulosidad casi ceremonial. Sabía lo que le esperaba. Juan Camilo le había organizado un trío con dos amigos suyos, dos maduros a los que no conocía pero que ya imaginaba: viejos, feos, arrugados. El paraíso. Se puso un vestido rojo, corto, de un satén líquido que se deslizaba sobre su cuerpo como un río de fuego. El escote era profundo, dejando adivinar la turgencia de los pechos pequeños y firmes; la espalda, completamente desnuda, se curvaba hasta la cintura fina como un tallo. Se soltó el cabello castaño claro, lacio hasta la cintura, y se pintó los labios carnosos de un rojo un tono más oscuro que el vestido. Las sandalias de taco fino le estilizaban aún más las piernas largas y torneadas. Se miró al espejo y sonrió. "Soy la puta más hermosa de este mundo", pensó, y el morbo le encendió un calor en la entrepierna. Salió del departamento sin hacer ruido, aunque Justina estaba en la habitación y seguro la escuchó. No importaba. Esta noche era suya. 


Al mismo tiempo, Juan Camilo se vestía en su pensión. No se puso nada especial: su pantalón de vestir gris, una camisa blanca arremangada hasta los codos, los zapatos gastados. Se peinó las canas hacia atrás, se echó un poco de colonia barata en el cuello y se miró al espejo. Estaba viejo, fofo, arrugado. Pero sus ojos grises brillaban con una vitalidad que no recordaba. Esa noche no iba a ver a Gabriela. Gabriela estaría con sus amigos, cumpliendo su fantasía. Él iba a ver a Justina. La otra. La de los pechos enormes y los ojos verde botella. La que se había ido de su pensión con las medias manchadas y las lágrimas en la cara. 


Gabriela llegó a la dirección indicada: una casa baja en un barrio tranquilo, con una fachada de ladrillo visto y una enredadera cubriendo la entrada. El aire olía a tierra mojada y a jazmines. Se detuvo frente a la puerta, alisó el vestido rojo con las palmas sudorosas y tocó el timbre. El pitido resonó adentro, y unos segundos después, la puerta se abrió. 


El hombre que apareció en el umbral era una aparición digna de sus fantasías. Gordo, con una panza que tensaba la remera de algodón gastada, los brazos flácidos llenos de pecas, la cara redonda surcada de arrugas profundas y una papada que le colgaba sobre el cuello de la camisa. La nariz era una batata rojiza, los dientes amarillos y desparejos, y el pelo, lo poco que le quedaba, era un halo canoso y desordenado alrededor de una calva brillante. Cuando la vio, sus ojillos grises se abrieron desmesurados, y una sonrisa obscena le partió la cara. 


— Vos tenés que ser Gabriela — dijo, la voz ronca y aguardentosa, arrastrando las palabras —. Juan Camilo no exageraba. Sos un sueño, nena. 


— Soy yo — respondió Gabriela, y su voz sonó dulce, inocente, la máscara de siempre. Pero por dentro, el morbo le explotaba en el pecho. Ese hombre era asqueroso. Perfecto. —. ¿Vos sos...? 


— Atilio. Atilio Romero, para servirte — extendió una mano gorda y sudorosa, y ella la estrechó sintiendo la piel áspera, las callosidades, el calor animal —. Pasá, pasá. El otro ya está adentro. Estamos los dos solitos, como te prometió Juan. 


Gabriela entró en la casa. El living era amplio, con muebles viejos de madera oscura, un televisor de tubo en una esquina y una mesa ratona llena de botellas de vino vacías. El olor a tabaco y a humedad lo impregnaba todo. Y ahí, de pie junto a la ventana, estaba el otro. Un hombre flaco, alto, de unos cincuenta y cinco años, con la cara alargada y los ojos hundidos. Tenía el pelo negro peinado hacia un costado, pero se notaba que era teñido, porque las raíces canosas asomaban. La nariz era fina y aguileña, la boca una línea fina sin labios, y la piel, curtida por el sol, estaba llena de manchas. Era feo, flaco como un espantapájaros, y cuando la vio, sus ojos se clavaron en ella con un deseo tan intenso que Gabriela sintió un escalofrío. 


— Hola — dijo él, la voz seca, casi un silbido —. Soy Osvaldo. Mucho gusto. 


— El gusto es mío — respondió Gabriela, y se quedó de pie en el centro del living, con los dos hombres flanqueándola. Uno gordo y uno flaco. Dos viejos feos que la miraban como dos lobos miran a una oveja. La oveja, sin embargo, no estaba asustada. Estaba excitada. Sentía el corazón golpearle en el pecho, la respiración acelerada, el calor húmedo entre los muslos. "Estoy a punto de cumplir mi fantasía más grande", pensó. "Un trío con dos maduros. Dos viejos asquerosos. Dios mío, estoy mojadísima". 


— Es más linda de lo que dijo Juan Camilo — dijo Atilio, pasándose la lengua por los labios gruesos, los ojillos grises devorándole el escote —. Mucho más linda. 


— Mucho más — asintió Osvaldo, y dio un paso hacia ella, sus dedos largos y huesudos rozándole el hombro desnudo —. Estamos de suerte, Atilio. 


— De mucha suerte — Gabriela sonrió, con esa sonrisa de niña buena que ya era pura farsa —. Porque yo también estoy de suerte. Esta noche... soy de ustedes. 


Atilio no esperó más. Su mano gorda y caliente se posó sobre la nalga derecha de Gabriela, apretando la carne firme a través del satén rojo. El gesto fue posesivo, bruto, y a ella le arrancó un jadeo. 


— Entonces, nena — gruñó Atilio, inclinándose hacia su oído, el aliento a vino y tabaco —, vamos a divertirnos. 


Mientras tanto, en el edificio de departamentos, Juan Camilo tocaba el timbre. Justina estaba en el sillón, envuelta en un conjunto de algodón gris, corto, de esos que se usan para estar en casa: un short suelto que apenas le cubría las nalgas, y una remera fina sin mangas que se adhería a los pechos enormes y dejaba ver la sombra de los pezones. El cabello negro azabache, revuelto, le caía sobre la cara de facciones afiladas, y los ojos verde botella, sin una gota de maquillaje, brillaban con el reflejo del televisor. No esperaba a nadie. Gabriela había salido hacía una hora, y ella se había quedado sola, enroscada en el sillón, mirando una serie que no le interesaba, con la cabeza en otro lado. En él. En Juan Camilo. 


El timbre sonó, y se sobresaltó. Miró la hora. Las diez y media. ¿Quién podía ser? Se levantó, fue hasta la puerta y miró por la mirilla. Y el corazón se le detuvo. Ahí estaba. Las canas desordenadas, la camisa blanca, los ojos grises. Juan Camilo. No lo había visto desde aquella noche, desde que huyó de su pensión con las medias manchadas y la vergüenza quemándole la piel. 


Abrió la puerta con manos temblorosas. La luz del pasillo enmarcó la silueta fofa de él, y Justina se quedó congelada, una mano apoyada en el marco, la otra apretando el picaporte. 


— Hola, Justina — dijo él, la voz ronca, tranquila, como si no hubiera pasado nada —. ¿Puedo pasar? 


— Gabriela no está — respondió ella, la voz un hilo, sin moverse, sin abrir del todo la puerta —. Salió. No sé adónde. 


— Ya sé. No vengo a ver a Gabriela — él apoyó una mano en el marco, justo al lado de la de ella, y sus ojos grises la miraron con una intensidad que le atravesó la ropa, la piel, los huesos —. Vengo a verte a vos. No me gustó cómo te fuiste la otra noche. Me quedé preocupado. 


— No tenías por qué. 


— Sí, tenía — insistió él, la voz más suave ahora, más íntima —. ¿Me dejás pasar? 


Justina lo miró. Esos ojos grises, cansados pero cálidos. Esa nariz grande, ganchuda. Esos dientes amarillos que tanto la habían excitado. El recuerdo de aquella noche le golpeó en el pecho: las manos callosas masajeándole los pechos, la lengua en el clítoris, la cabeza enorme entrando despacio, el orgasmo que le había arrancado el alma. Sintió que el calor le subía por los muslos, que la entrepierna se le humedecía. "No debería dejarlo pasar. Es el amante de Gabi. Es un viejo. Yo tengo novio". Pero ya estaba dando un paso atrás, ya estaba abriendo la puerta. 


— Pasá — susurró. 


Él entró. El living estaba en penumbras, apenas iluminado por la pantalla del televisor y la luz anaranjada de una lámpara de pie. Los apuntes de la facultad estaban desparramados sobre la mesa ratona, y el aire olía a sahumerio y a soledad. Justina se quedó de pie, los brazos cruzados bajo los pechos enormes, el short gris marcándole las caderas anchas. Él se sentó en el sillón, apoyó los codos en las rodillas y la miró. 


— ¿Cómo estás? — preguntó. 


— Bien. Ahí. 


— ¿Segura? Te fuiste muy raro aquella noche. Como si te hubiera pasado algo malo. 


— No fue malo — la frase salió antes de que pudiera frenarla, y las mejillas le ardieron —. Fue... fue demasiado bueno. Por eso me fui así. Porque no entendía nada. 


— ¿Y ahora? ¿Entendés algo? 


Silencio. Justina se mordió el labio inferior. El labio que él había besado con tanta ternura aquella noche. La ternura de un viejo feo que la había hecho gozar como nadie. Bajó la mirada, la clavó en el suelo, y sintió que las palabras se le atoraban en la garganta. 


— Entiendo que me gustó — dijo al fin, la voz temblando —. Entiendo que nunca la había pasado tan bien en mi vida. Con nadie. Ni con Damián, ni con ningún otro. Y eso me da vergüenza. Porque vos... vos sos... 


— Un viejo — completó él, sin un ápice de rencor, casi con una sonrisa —. Un viejo feo. Lo sé. No hace falta que me lo digas. 


— Pero no importa — Justina dio un paso hacia él, y después otro, y se quedó de pie justo delante del sillón, las piernas rozando las rodillas de él —. No importa porque me hiciste sentir cosas que ni sabía que existían. Y no quiero que te vayas. No esta noche. No sin antes... 


No terminó la frase. Él se levantó despacio, y su mano callosa se posó en la mejilla de ella, el pulgar áspero acariciándole el pómulo. Fue un gesto tierno, lento, que contrastaba con todo lo demás. Inclinó el rostro y la besó. Un beso suave, apenas un roce, que a Justina le desarmó las últimas defensas. Le devolvió el beso con hambre contenida, las manos subiendo al cuello de él, los dedos enredándose en las canas desordenadas. 


— Haceme gozar, viejito — susurró ella contra sus labios, la voz rota de deseo y de vergüenza —. Haceme gozar como la otra noche. 


Y sin esperar respuesta, empezó a desvestirlo. Le desabrochó la camisa blanca botón por botón, las manos torpes por la urgencia. La camisa cayó al suelo. Después fue el cinturón, el pantalón gris, el bóxer. El cuerpo flaco y fofo de él quedó expuesto, la barriga cervecera, los brazos flacos, el miembro ya erecto apuntando hacia ella con esa cabeza enorme que parecía un animal aparte. Él, mientras tanto, le quitó la remera fina, deslizándola por encima de la cabeza, y el short gris, que cayó al suelo sin resistencia. Justina se desabrochó el corpiño con un gesto rápido, y los pechos enormes, blancos, coronados por pezones rosados y erectos, quedaron al descubierto. La bombacha de algodón gris fue lo último en caer, y entonces estuvo desnuda frente a él. 


La luz anaranjada de la lámpara le bañaba el cuerpo como un pincel de fuego. La piel blanca, lechosa, contrastaba con la melena negra y los ojos verde botella. Los pechos, gigantes y firmes, se alzaban desafiantes, los pezones como dos botones rosados pidiendo atención. La cintura estrecha se ensanchaba en las caderas anchas, y las piernas, fuertes y torneadas por el crossfit, se apoyaban en el suelo con la firmeza de una diosa. El vello del pubis, cuidadosamente recortado, guiaba la mirada hacia el sexo, ya brillante de humedad. 


— Sos hermosa — murmuró él, la voz quebrada de admiración, y sus manos callosas subieron lentamente, rozando las caderas, la cintura, hasta posarse sobre los pechos enormes con esa suavidad que a ella tanto la desarmaba —. La mujer más hermosa que vi en mi vida. 


Justina cerró los ojos, entregada a las caricias, y sintió que se derretía. 


Mientras tanto, en la casa del barrio tranquilo, Gabriela estaba en el centro del living, rodeada por Atilio y Osvaldo. Los dos maduros no esperaron mucho. Atilio, el gordo, se pegó a su espalda, y sus manazas sudorosas se posaron sobre los hombros desnudos de ella, bajando lentamente por los brazos, por la cintura, mientras su aliento a vino le calentaba la nuca. Osvaldo, el flaco, se paró enfrente y la miró con esos ojos hundidos y hambrientos, los dedos largos y huesudos subiendo por el escote del vestido rojo. 


— Qué vestido bonito — silbó Osvaldo, la voz seca como papel de lija —. Pero va a estar mejor en el suelo. 


— Sacáselo — gruñó Atilio desde atrás, las manos ya apretándole las caderas. 


Los dedos de Osvaldo encontraron el cierre del vestido, en el costado, y lo bajaron con una lentitud exasperante. La tela de satén rojo se fue deslizando por el cuerpo de Gabriela como una caricia líquida, dejando al descubierto los hombros, los pechos pequeños y firmes, el vientre plano, las caderas finas. El vestido cayó al suelo, y Gabriela quedó en corpiño y bombacha, ambos de encaje rojo, mínimos. Atilio, detrás, le mordió el cuello con suavidad, sus dientes amarillos rozando la piel canela, y sus manos gordas subieron a los pechos por encima del encaje. Osvaldo, delante, se arrodilló con un crujido de huesos y empezó a bajarle la bombacha con los dientes, mordiendo el elástico y tirando hacia abajo. La bombacha se deslizó por los muslos torneados, por las piernas largas, y Gabriela salió de ella con un paso grácil. 


— Todavía le falta esto — dijo Atilio, y sus dedos torpes desabrocharon el corpiño, que cayó al montón de ropa. Gabriela estaba completamente desnuda entre los dos hombres. La luz de una lámpara de pie le iluminaba el cuerpo perfecto: los pechos pequeños con los pezones oscuros y erectos, el vientre plano con el ombligo como una promesa, las piernas largas y torneadas, el sexo depilado brillando de humedad. Atilio la giró y la besó. Un beso baboso, torpe, su lengua gorda invadiéndole la boca con sabor a vino. Osvaldo, mientras, le lamía la espalda baja, bajando hacia las nalgas duras, mordisqueándolas. Gabriela gemía, el cuerpo arqueado, las manos enredadas en el pelo canoso de Atilio, el placer y el morbo mezclándose en un cóctel que le nublaba la razón. "Dos viejos", pensó, "dos viejos asquerosos. Esto es el paraíso". 


En el departamento, Juan Camilo alzó a Justina en brazos con una fuerza que desmentía su cuerpo fofo, y la llevó a la habitación. La acostó en la cama de ella, la de una plaza, la que estaba prolija y con un peluche. Pero esta noche, el peluche fue a parar al suelo, y las sábanas se arrugaron bajo el peso de los dos cuerpos. Él se recostó a su lado, apoyado en un codo, y se quedó un momento mirándola, admirando la piel blanca, los pechos enormes, los ojos verde botella que lo miraban con una mezcla de deseo y de algo más, algo más profundo que ni ella misma entendía. 


— Esta vez no me voy a ir corriendo — susurró Justina, la voz temblando —. Esta vez me quedo hasta el final. 


— No quiero que te vayas nunca — respondió él, la voz ronca, y se inclinó para besarla. 


El beso fue distinto a los anteriores. No fue suave, no fue tierno. Fue profundo, hambriento, las lenguas enredándose, los dientes chocando, el aliento de ambos mezclándose. Las manos de él bajaron al fin a los pechos enormes, y esta vez no hubo suavidad: los apretó con avidez, los amasó, los pellizcó, arrancándole gemidos a Justina. Ella le devolvió las caricias, las manos recorriendo la espalda flaca, las nalgas fofas, el miembro erecto que palpitaba contra su muslo. Él bajó la cabeza y se metió un pezón en la boca, chupándolo, mordiéndolo apenas, la lengua rodeándolo. Justina arqueó la espalda, un gemido ronco escapando de su garganta. 


— Metemelá — jadeó —. Por favor, metemelá. 


Él no se hizo rogar. Se acomodó entre sus piernas, abriéndoselas con suavidad pero con firmeza, y apoyó la cabeza enorme en la entrada húmeda. La miró a los ojos, buscando una confirmación, y ella asintió con la cabeza, los labios entreabiertos, los ojos verde botella nublados de deseo. Entonces empujó. La cabeza entró, y Justina sintió la misma llenura de la otra noche, esa presión inmensa que le cortaba la respiración. Él fue entrando despacio, milímetro a milímetro, las paredes internas de ella adaptándose a esa forma única, a ese glande descomunal que rozaba puntos que Damián jamás había tocado. 


— Dios... — gimió Justina, las manos aferradas a las sábanas —. Es tan grande... tan grande... 


— No es grande — sonrió él, la voz ronca —. Es cabezón nomás. 


Ella soltó una risa entrecortada, que se convirtió en gemido cuando él empezó a moverse. Las embestidas eran lentas al principio, un vaivén pausado que le permitía sentir cada centímetro. Pero poco a poco, el ritmo fue aumentando, las manos de él aferrándose a las caderas de ella, los dedos marcándose en la carne blanca. Justina le rodeó la cintura con las piernas, enganchando los tobillos en la espalda baja de él, atrayéndolo más adentro. Sus pechos enormes se hamacaban con cada embestida, los pezones rozando el pecho flaco y velludo de él. La cama crujía, el somier protestaba, y los gemidos de ambos llenaban la habitación. 


— Haceme sentir bien, viejito — susurró ella, las manos recorriendo las canas desordenadas, la cara arrugada —. Haceme sentir como nunca. 


Él respondió con una embestida más profunda, y Justina sintió que el mundo se desvanecía. 


En la otra casa, Gabriela estaba en cuatro patas sobre una alfombra raída, con Osvaldo detrás y Atilio delante. Osvaldo la penetraba con su miembro flaco y largo, un vaivén rápido y áspero que la hacía gemir. Atilio, delante, le agarraba la cabeza con las manos gordas y le metía el miembro en la boca, un miembro corto pero grueso, que apenas podía contener. El sudor les corría por los cuerpos, los olores se mezclaban, a tabaco, a vino, a sexo. Gabriela estaba en éxtasis. Los dos viejos la usaban, la poseían, y ella se sentía el centro de un ritual obsceno. Las nalgadas de Osvaldo le dejaban marcas rojas en las nalgas; los dedos de Atilio se enredaban en su pelo castaño. "Soy su puta", pensaba, y el pensamiento la excitaba aún más. "Soy la puta de estos dos viejos. La puta más feliz del mundo". 


De vuelta en el departamento, Juan Camilo y Justina habían cambiado de posición. Ahora ella estaba sobre él, las piernas abiertas, los pechos enormes hamacándose mientras cabalgaba con un ritmo instintivo. La cabeza enorme le rozaba el cuello del útero, y cada movimiento le arrancaba gemidos cada vez más fuertes. Él le agarraba las caderas, ayudándola, guiándola, los ojos grises clavados en ella con una devoción que iba más allá del sexo. 


— Sos hermosa, Justina — murmuraba —. La más hermosa. 


— Viejito... — jadeaba ella, las manos apoyadas en el pecho de él —. No pares... no pares... 


Él se incorporó un poco, rodeándole la cintura con los brazos, y la atrajo hacia sí. Quedaron sentados, ella sobre su regazo, los pechos enormes aplastados contra el pecho de él, los rostros a centímetros. Las embestidas eran ahora cortas pero profundas, la cabeza enorme presionando ese punto exacto que a Justina le arrancaba estrellas detrás de los párpados. 


— Miráme — ordenó él, la voz un susurro —. Quiero verte cuando termines. 


Ella obedeció, los ojos verde botella encontrando los grises, y el orgasmo le explotó en el vientre como una granada. Un grito ronco, gutural, escapó de su garganta, las uñas se le clavaron en los omóplatos de él, las piernas le temblaron. Fue un orgasmo más intenso que el de la otra noche, más profundo, más completo. Las paredes vaginales se contrajeron alrededor del miembro de él, y Juan Camilo sintió el espasmo, el calor, la humedad que lo empapaba. Pero no acabó. Aguantó, mordiéndose el labio, dejando que ella flotara en el placer, los ojos verdes enturbiados, la respiración entrecortada. 


— Te amo — susurró Justina sin pensar, la voz rota, las mejillas encendidas. 


Fueron dos palabras que lo cambiaron todo. Él se quedó quieto, el miembro todavía adentro de ella, y la miró. No dijo nada. No hacía falta. Simplemente la abrazó, la apretó contra su pecho flaco, y dejó que ella escondiera la cara en su cuello. 


Después, en la casa del barrio tranquilo, Gabriela se vestía con las piernas temblorosas, el cuerpo lleno de marcas, los labios hinchados. Los dos viejos estaban tirados en el sillón, agotados, fumando un cigarrillo. Atilio roncaba ya, la panza subiendo y bajando. Osvaldo la miró con sus ojos hundidos y le sonrió. 


— Cuando quieras volver, nena, ya sabés dónde estamos. 


— Voy a volver — dijo Gabriela, y la sonrisa que le dedicó era la de una gatita satisfecha. 


Salió a la noche fresca, el vestido rojo arrugado, el pelo revuelto, y caminó hacia el departamento con una lasitud feliz. Cuando llegó, la puerta estaba sin llave. Entró en silencio, los tacos en la mano, y fue hasta la habitación. Y ahí los vio. Juan Camilo estaba dormido en la cama de Justina, la cama de una plaza, con las sábanas revueltas. Justina dormía a su lado, la cabeza apoyada en el pecho flaco de él, los pechos enormes subiendo y bajando al ritmo de la respiración. La luz de la luna que entraba por la ventana les bañaba los cuerpos desnudos, y la escena tenía una ternura extraña, inesperada. 


Gabriela sonrió. No había celos en su pecho, sólo una complicidad oscura, un morbo que seguía creciendo. Se desnudó en silencio, se puso una remera vieja y se acostó en su propia cama, al lado, agotada, usada, feliz. "Somos sus putas", pensó antes de cerrar los ojos. "Las putas del viejo. Y esto recién empieza". 

 


Continuara... 

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