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El placer no tiene edad: Sexo prohibido jovencitas y viejos — Parte 3

  El vapor del baño envolvía el cuerpo de Gabriela como un sudario tibio. El agua caliente resbalaba por sus hombros, por la curva de sus pechos, por el vientre aún palpitante, arrastrando consigo los restos de saliva, de sudor, de sexo. Se quedó un rato bajo la ducha, con los ojos cerrados, sintiendo el latido fantasma entre las piernas, esa sensación de vacío pleno que sólo deja un cuerpo cuando se ha ido después de habitarlo por completo. Se enjabonó con movimientos lentos, casi litúrgicos, pasando la esponja por las marcas rojizas que él había dejado en sus caderas, en sus nalgas. Eran moretones incipientes, medallas de una batalla obscena. Sonrió.   Salió del baño envuelta en una toalla, con el pelo castaño chorreando sobre los hombros desnudos. Caminó descalza hasta la habitación que compartía con Justina. Las sábanas de la cama de su amiga estaban revueltas, manchadas, un mapa de la infidelidad involuntaria. Las arrancó con un gesto rápido, las hizo un bollo y las ...

El placer no tiene edad: Sexo prohibido jovencitas y viejos — Parte 2

  La mañana en la facultad era un sopor de apuntes y voces monocordes. Gabriela había salido del departamento con el tiempo justo, envuelta en un perfume cítrico que se evaporaba con el calor de la calle. Llevaba un vestido corto, de jersey liviano color crema, que se ceñía al torso y a la cadera como si la tela tuviera memoria del cuerpo. Las mangas eran inexistentes, apenas un reborde sobre los hombros desnudos, y el escote en pico, profundo pero no obsceno, dejaba adivinar la sombra de los pechos pequeños y firmes sin necesidad de mostrar más. Se había puesto unas sandalias de tiras finas que realzaban los tobillos delicados y las piernas largas, bronceadas, tonificadas por el ciclismo. El cabello castaño claro caía suelto, lacio hasta la cintura, hamacándose con un ritmo hipnótico a cada paso que daba por los pasillos de la universidad. Los pibes se daban vuelta. Las chicas la envidiaban. Pero ella no miraba a nadie. Tenía la mirada perdida en una imagen que no estaba en los ca...

El placer no tiene edad: Sexo prohibido jovencitas y viejos — Parte 1

  El viento de la tarde no alcanzaba a disimular el calor pegajoso del asfalto. Juan Camilo Flores pedaleaba con una cadencia irregular, más por inercia que por convicción, sintiendo cómo el sillín de la bicicleta le castigaba los huesos de la pelvis. Hacía tres semanas que el médico, un muchacho con cara de recién egresado y modos de regaño filial, le había dado la sentencia: cero cigarrillos y actividad física diaria. La primera semana había intentado el gimnasio, un galpón de espejos y música electrónica donde las máquinas parecían instrumentos de tortura diseñados para humillar su cuerpo fofo. Después probó salir a correr, pero el espectáculo de su propia respiración asmática y el golpeteo de su barriga cervecera contra el cinturón de la bermuda le resultaron patéticos. La bicicleta había sido un hallazgo casi arqueológico, rescatada del fondo del lavadero. Un mastodonte de hierro con el caño curvado, óxido comiendo la pintura verde agua, y unas cubiertas agrietadas que pedían ...

Nacida para ser cazada — FINAL.

  El mes pasó como un río subterráneo: oscuro, constante, llevándose pedazos de Emily que ella ya no recordaba haber tenido.  Los días se llenaron de rutina. Las mañanas eran para entrenar a las otras cuatro. Lucía, la pelirroja, la amiga de la amiga, la morocha del tobillo torcido. Las cuatro estaban en la casa de Rodolfo, en habitaciones separadas, con collares de distintos colores, pero el mismo peso en el cuello.  —Ellas son tu responsabilidad ahora —le había dicho Rodolfo al llegar, con la misma naturalidad con la que otro padre le pediría a su hija que cuidara las plantas—. Que aprendan a obedecer.  Emily las entrenó.  No fue difícil. Las chicas ya habían aprendido en el cerro que resistirse dolía más que rendirse. Emily solo les enseñó los detalles: cómo arrodillarse sin hacer ruido, cómo bajar la mirada sin parecer desafiante, cómo usar la boca y las manos y el cuerpo para mantener contento a un hombre que podía ser generoso o cruel según el día.  "...