El vapor del baño envolvía el cuerpo de Gabriela como un sudario tibio. El agua caliente resbalaba por sus hombros, por la curva de sus pechos, por el vientre aún palpitante, arrastrando consigo los restos de saliva, de sudor, de sexo. Se quedó un rato bajo la ducha, con los ojos cerrados, sintiendo el latido fantasma entre las piernas, esa sensación de vacío pleno que sólo deja un cuerpo cuando se ha ido después de habitarlo por completo. Se enjabonó con movimientos lentos, casi litúrgicos, pasando la esponja por las marcas rojizas que él había dejado en sus caderas, en sus nalgas. Eran moretones incipientes, medallas de una batalla obscena. Sonrió. Salió del baño envuelta en una toalla, con el pelo castaño chorreando sobre los hombros desnudos. Caminó descalza hasta la habitación que compartía con Justina. Las sábanas de la cama de su amiga estaban revueltas, manchadas, un mapa de la infidelidad involuntaria. Las arrancó con un gesto rápido, las hizo un bollo y las ...